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Vázquez-Rial (1ra. parte): "A Aznar le ha pasado lo mismo que a López Murphy, no se ha sabido explicar"

Hace 20 años Horacio Vázquez-Rial se afincó en Barcelona, Catalunya, España, donde se doctoró en Geografía e Historia, y desarrolló una obra prolífica a partir de Segundas Personas, incursionando tanto en la ficción como en el ensayo. Es el autor de La Izquierda Reaccionaria – Síndrome y mitología (Ediciones B – 413 pag.), texto que permite abrir un debate tan apasionante como actual en la Argentina 2004. POR EDGAR MAINHARD

El rol de la izquierda en el inicio del siglo XXI es protagónico tanto en la Argentina 2004 (Néstor Kirchner, del Partido Justicialista la reivindica e intenta cogobernar con ella, aunque esa acción le provoce muchas críticas dentro de propio PJ) como en España (José Luis Rodríguez Zapatero, del Partido Socialista Obrero Español, está por iniciar su gobierno en España).

Ese concepto fue el inicio del intercambio epistolar con Vázquez-Rial, Usuario Registrado de www.urgente24, que parió a Edición i, y que derivó en la siguiente entrevista que antecede a una próxima presentación de la obra de Vázquez-Rial, quien estará de cuerpo presente, en la Argentina.

Acerca de su libro, hace reflexionar desde el inicio: "Lo importante no es estar enojado, sino estarlo por las cosas adecuadas" (Philip Roth, Me casé con un comunista).

Fue el comentario inicial en la entrevista a Vázquez-Rial, que continuó así:

-Frase de Ud.: "En la izquierda, el XX fue el siglo de la pereza mental, después del XVIII y el XIX, que lo habían sido de creación y elaboración"; y más adelante agrega: "Definitivamente, las izquierdas no quieren gobernar Estados. Quizá le baste con gobernar aparatos subvencionados, como sindicatos y ONGs (...)". ¿Hay alguna relación directa entre ambos conceptos?

-En el entendido de que se refiere a sindicatos y ONGs, le diré que sí, que veo una clara afinidad entre los dos tipos de organización: son organizadores del capitalismo, aunque en diferentes etapas de desarrollo del mismo. Los sindicatos sirvieron para canalizar en forma ordenada la protesta obrera.

Es cierto que las clases dominantes tardaron en comprender ese aspecto de la cuestión, y eso dio carácter a la etapa del sindicalismo combativo, anarquista y socialista: para cuando los comunistas entraron en esa batalla, la suerte del movimiento estaba echada.
En aquel período inicial, tanto obreros como patronos actuaban con la convicción de que las conquistas obreras eran avances hacia el control obrero de la producción y, en última instancia, hacia el socialismo. La historia ha demostrado que la idea de que el socialismo es algo inevitable, era falsa.

Los dirigentes fascistas, como Mussolini, o protofascistas, como Miguel Primo de Rivera, comprendieron que los sindicatos eran, en esencia, corporaciones. El ministro de Trabajo de Primo de Rivera, Eduardo Aunós, que posteriormente sería ministro de Justicia de Franco, teorizó sobre el aspecto corporativo de los sindicatos. Recordemos que con él colaboraba por entonces uno de los hombres de confianza de Cambó, a la sazón propietario de la CHADE: me refiero a José Figuerola, que tanta importancia tendría en el establecimiento del poder peronista.
En algunos casos en forma simultánea, en otros un poco más tarde, el carácter corporativo de los sindicatos fue garantizado por las mafias correspondientes, desde la AFL en los Estados Unidos –corrompida desde el interior inicialmente, y desde el exterior luego de su fusión con la CIO— hasta los sindicatos de la carne en la Argentina –tras el desmoronamiento de José Peter y el efímero dominio de Cipriano Reyes—.

Si hay una prueba de que los patronos temían al advenimiento del socialismo más de lo que los obreros lo deseaban, esa prueba está en el esfuerzo que le demandó a Juan Perón convencerlos de la conveniencia de emplear la organización sindical como instrumento de control político y económico. Acabaron por comprenderlo, pero ya era tarde: la mafia era autónoma y había que negociar con ella en todos los terrenos.

En cuanto a las ONGs, son organizadores del capitalismo en la época de la globalización. Asumen las tareas que el Estado, reestructurado de acuerdo con las necesidades del período, deja de lado.

En el caso europeo, el poder del Estado se reparte en instancias superiores –la UE y otras de menor entidad pero de alcance supranacional— e inferiores –autonomías, diputaciones provinciales, departamentos regionales, ayuntamientos—, pero quedan espacios de poder y de responsabilidad de los que ningún organismo oficial se hace cargo: las políticas vergonzantes de solidaridad con gobiernos con los que el trato oficial requiere vacuna previa, las ingerencias políticas solapadas, la intervención en la cultura y en la fabricación de opinión.
En USA, donde el Estado tiene un papel menor que en Europa desde hace mucho, las ONGs vienen funcionando desde el final de la Gran Guerra, aunque entonces no se las llamara así, y tienen una proyección enorme en el exterior, aunque haya casos de expropiación: véase el ejemplo de Amnesty Interncional, que fue creada como instrumento de la guerra fría, para denunciar la política soviética de derechos
humanos.

Las ONGs han generado una enorme burocracia que vive de ellas. Hace falta un estudio en profundidad de los mecanismos económicos por los que se sustentan estas organizaciones, pero es evidente, nadie lo oculta, que su principal sostén son las subvenciones, que invalidan en última instancia su carácter no gubernamental.

-Con todo, en el siglo XX la izquierda logró la adquisición de su más valioso activo presente: se apropió de la palabra ‘progresista’. ¿Ud. no considera importante semejante triunfo? Con la mera aplicación del sello de calidad ‘progresista’, la izquierda ha logrado avanzar más allá de su dificultad para gobernar. ¿Cómo es que la derecha se dejó robar?

--Las derechas –prefiero decirlo en plural— no es que se hayan dejado robar: al menos desde los inicios de la Guerra Fría, la palabra "progresista" fue identificada con lo que las derechas consideraban, contra toda evidencia, filosovietismo. Las izquierdas fueron objetivamente más progresistas que las derechas. El problema es, a mi modo de ver, que las izquierdas institucionalizadas de hoy, es decir, la socialdemocracia de obediencia alemana y el funcionariado comunista postsoviético, se disfrace con el nombre con que se disfrace, se han apropiado del término y, con él, se han apropiado de un pasado que no les corresponde. Cuando la socialdemocracia alemana, así como la mayor parte de los sindicatos y los diputados socialistas de la entonces llamada "extrema izquierda", votaron los créditos de guerra que permitieron la masacre de 1914-1918, perdieron el derecho a ser llamados progresistas. Y lo mismo cabe decir de los socialistas franceses, que perpetraron su crimen sobre el cadáver de Jean Jaurès. En ambos casos, todo hay que decirlo, con el apoyo entusiasta de las masas obreras. A partir de ahí, la historia se da vuelta. En primer lugar, la historia misma de la guerra, cuyo desarrollo impone la participación de los verdaderos progresistas.

El presidente Wilson, el entonces socialista Mussolini y el republicano Manuel Azaña, este último sin éxito, defienden la entrada en la contienda de sus respectivos países, del lado aliado. Si hasta 1914 la posición progresista implicaba el compromiso con la paz, una vez desatado el conflicto por obra de los progresistas institucionales, la situación se invierte y la defensa del progreso sólo puede hacerse en términos militares. La paz sin condiciones del principio se convierte en un reclamo reaccionario, y la revolución rusa, "pan, paz y trabajo", cuenta con el apoyo de Alemania, que hace pasar a Lenin por su territorio para que se ponga al frente, porque esa paz puede implicar la derrota aliada. Ahí, la cuestión se hace aún más compleja: lo que tal vez resulte progresista a largo plazo para Rusia, resulta reaccionario en el día a día de la contienda, a la vista de las pretensiones alemanas, de las que los políticos occidentales eran conscientes desde 1870 y que jamás fueron abandonadas. Los pacifistas aplaudieron el armisticio, pero buena parte de los célebres puntos de Wilson fueron ignorados por los representantes británicos y franceses, que le hicieron a Alemania el enorme favor, de consecuencias visibles hoy mismo, de negarle la independencia a Serbia.

Por otra parte, las derechas han expropiado a las izquierdas otras ideas y otras consignas, tan importantes como el término "progresista". ¿Por qué han permitido las izquierdas, por ejemplo, que la fórmula "derecho a la vida" haya pasado a ser patrimonio vaticano? Los dirigentes de las izquierdas institucionales no han sabido explicar que el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo es eso, un derecho, y no un deber diabólico y rojo. O no les ha interesado explicarlo porque la imprecisión, el ruido político, basta para ocupar un lugar de poder.

-El Partido Comunista chino ¿se incluye entre las izquierdas que no quieren gobernar Estados? Entre los inversionistas de todo el mundo, China provoca frenesí. Además, su proceso de crecimiento continuado ha logrado apropiarse de buena parte del mercado de microprocesadores que antes tenía Singapur; las nuevas inversiones de Taiwán son en China; cada año tiene 650.000 científicos nuevos ¿y no habrá uno bueno entre tantos? The Economist y Financial Times ponderan el proceso chino más allá de los enormes problemas ambientales y sociales que provoca un crecimiento tan abrupto. ¿Cuál es su opinión?

-El PC Chino, igual que antaño el soviético, no ha sido ni es de izquierdas. El proyecto maoísta, como el estalinista, ha sido siempre un proyecto de desarrollo capitalista autárquico, destinado a una incorporación ventajosa en el mercado mundial.

En ese aspecto, han triunfado, como también triunfó Franco, aunque el Estado autárquico español haya sido desde los años ‘60 más abierto que el ruso y el chino, debido a razones geopolíticas, culturales y de modelo de dominio: extremo occidental de Europa, catolicismo, sindicalismo vertical y más autoritarismo que totalitarismo.

-Otra frase suya: "Sin embargo, sea que se esté en ella o se sea ella, la izquierda real es algo". ¿Cómo es, para Ud., la izquierda argentina?

-El peronismo acabó con la izquierda tradicional en los años ‘40. Anarquistas y anarcosindicalistas venían perdiendo puntos desde principios de siglo, pero yo creo que alcanzaron su techo en el plano mundial en los inicios de la guerra civil española, y el asesinato de Durruti liquidó sus posibilidades organizativas.

Los comunistas argentinos fueron desplazados de la dirección de los sindicatos en los que llevaban la voz cantante, sin demasiado esfuerzo: lo que Perón hizo con José Peter, liberándolo de la cárcel y dejándolo hablar, fue la prueba de que no sintonizaban con un proletariado al que no le importaba en los más mínimo la suerte de los aliados, y que tal vez, en su fuero íntimo, simpatizara masivamente con el eje (a propósito de esto, sobran teorías): en todo caso, prefirieron la dirección mafiosa que les proponía el coronel del pueblo. Los socialistas habían perdido parte de su credibilidad por sus implicaciones en movimientos golpistas, y acabaron de perderla cuando Perón convenció a la mayoría de que estaban al servicio de USA, vista su manifiesta amistad con Braden y su papel en la Unión Democrática.

Por otra parte, corre la leyenda de que el viejo y experimentado proletariado europeo fue sustituido en el período 1945-1955 por otro, ingenuo y casi genéticamente peronista, procedente del interior del país. Y si digo leyenda es porque ni los trabajadores europeos eran tan experimentados, salvo los cuadros que habían emigrado para salvar la vida y continuar su lucha por la causa de clase, ni los inmigrantes eran en su mayoría de origen obrero, sino campesino, ni los obreros nacidos en las provincias argentinas eran tan ingenuos ni habían nacido peronistas.

Perón integró a todos, europeos y nativos con y sin sangre indígena, en un movimiento policlasista, enormemente difícil de caracterizar porque en su interior convivían, y conviven, ideologías diversas. El modelo previo era el radicalismo, pero en la Unión Democrática se manifestaba el mismo problema: la mezcla de visiones y una concepción del otro, del enemigo, sustentada antes en la estética que en la razón.

Con dos grandes movimientos nacionales policlasistas, esencialmente populistas ambos, con líderes históricos de cuyos discursos, lo menos que se puede decir es que fueron siempre contradictorios, y que ocuparon alternativamente el espacio de las izquierdas y el de las derechas, poca respiración les quedaba a socialdemócratas, socialistas y comunistas, aunque no más ni menos que la que les quedaba a posibles democristianos y a conservadores liberales.

En ese destino de minoría eterna sobrevivió hasta hoy un número indeterminado de hombres y mujeres de buena voluntad, bregando en los intersticios de las estructuras peronista y radical, o militando en partidos minúsculos que hicieron la gloria de unos pocos, y la fortuna de otros pocos, poseedores de una sigla que en algún momento le fue de utilidad al poder de turno. Pero aun los que no intentaron desarrollar un programa propio en el marco de los partidos institucionales, se sintieron en la obligación de elegir a uno de ellos cuando de gobernar se trataba: en 1973, el ERP, el más notorio de los grupos minoritarios de la izquierda, si no por otra cosa, por su opción de lucha armada, a la hora de las elecciones ordenó a sus militantes y simpatizantes votar al peronismo.

-¿La izquierda argentina cogobierna hoy día? Me refiero a la izquierda real, no a las Madres de Plaza de Mayo que resultan un grupo de presión relativamente pequeño y con decreciente capacidad de movilización y sin representación política. De hecho, Miguel Bonasso tiene más votos, gracias a su apoyo a Néstor Kirchner, que Hebe de Bonafini. ¿Ud. cree que el peronismo tolera a la izquierda en un cogobierno o todo es una ilusión?

-La izquierda real en la Argentina, es decir, las gentes con un pensamiento y un proyecto de progreso, apoyan en su mayoría a Kirchner, y algunos hasta ocupan cargos en su gobierno, pero eso no significa que cogobiernen. De hecho, y de esto Kirchner es consciente, tendrían más poder si se situaran en la oposición: más poder no significa mejores cargos ni más influencia directa en el manejo de la cosa pública, sino más peso real, más espacio de maniobra y cierta capacidad de forzar al gobierno a negociar puntualmente.

Pero a ellos les conviene, y desean, en un país moralmente devastado, estar cerca de las decisiones. Y creo que nos conviene a todos, que funcionan como factores de control, como garantes de un grado de limpieza sin el cual sería imposible seguir adelante. A Kirchner también le conviene que estén ahí: es un juego de control mutuo, o, al menos, así se lo percibe.

Por otra parte, creo que Kirchner está convencido de que él mismo es un representante de la izquierda dentro del peronismo, y tal vez no ande del todo desencaminado: es la izquierda que el peronismo puede tolerar en su interior. Una izquierda inepta, y hasta ocasionalmente corrupta, que se cree sagaz y hasta ocasionalmente revolucionaria, de la cual es modelo el entorno camporista del ‘73.

Esa izquierda interior del peronismo vocifera un discurso lleno de los lugares comunes de la izquierda reaccionaria general, desde las consignas antimperialistas fundadas en la doctrina del imperialismo en un solo país –qué tranquilos viven los empresarios europeos mientras los países que padecen sus negocios se entretienen en señalar a los Estados Unidos como única causa de sus males— hasta el apoyo explícito a Castro y a Chávez, pasando por las baladronadas sobre el propósito de no pagar la deuda externa.

A la vez, claro está, que se elude la derogación de la consolidación y el sinceramiento de esa deuda, que forma parte de la lucha contra la corrupción del menemismo, explicando el papel de Cavallo en sucesivos gobiernos, desde la dictadura, y reduciendo las cantidades en forma drástica: Kirchner parece, pero no es.

Y tampoco he sabido de reclamos en este sentido procedentes de la izquierda formal y autodeclarada, como es el caso de Bonasso. Nadie dice que habría que pagar la deuda, comprometerse formalmente a ello y fijar plazos, en la medida en que la deuda es real: para ello habría que desglosar, por poner sólo un ejemplo, las deudas que la consolidación transfirió al Estado y que son las de una empresa filial con su casa matriz en el extranjero, y hay más de una.

Claro, si eso no se quiere hacer, o políticamente no se puede hacer, habrá que callarse la boca al respecto y asumir, con más razón todavía, el pago. Y no ponerse la boina del Che para decir con aire trágico que "la decisión está tomada" y quitársela al día siguiente, en presencia de Anne Krueger, con el gesto compungido de un campesino medieval ante su señor.

Eso ni siquiera se puede encuadrar en términos políticos: es simplemente patético. La izquierda interior del peronismo no es izquierda, es peronismo. Y la que se queda fuera no existe. ¿Cómo hablar de cogobierno?

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