Lo que ni quiere ni puede ocultar es que, como a cualquier padre, se le cae literalmente la baba cuando se refiere a su hijo Mariano. "El día que nació fue muy especial. Nos fuimos por razones médicas a Barcelona y en los primeros momentos asistí al parto, pero luego me pasé a la habitación de al lado porque sentí, ¡no sé!, que las fuerzas empezaban a flaquear. Ahora tiene cuatro años y medio y está fenomenal".
Es un padrazo en toda regla que en ocasiones se ve obligado a desarrollar grandes dosis de paciencia, algo por cierto innato en él, para amortiguar la bendita inocencia infantil. Sin ir más lejos, el mismo día que fue nombrado candidato de su partido a la Moncloa, cuando estaban en casa viendo cómo daban las televisiones la noticia, de repente el pequeño, al oír que le llamaban "sucesor", se fue directamente al aparato y comenzó a zarandearlo diciendo: "¡Mi papá es Mariano, se llama Mariano, no se llama sucesor". La cosa terminó en rabieta y sólo las pacientes explicaciones de su progenitor consiguieron calmar el temporal.
Pero si de temporales se trata, nadie como él para calmar tempestades deportivas y desplegar ese galleguismo ejerciente con el que se le identifica. Cuando le preguntas por una de sus grandes aficiones, el fútbol, y le insistes para que haga una confesión en toda regla de cuál es su equipo preferido, opta por una salida salomónica y, sólo ante la insistencia, se moja: "Veo los partidos de todos siempre que puedo, pero si se trata de priorizar, soy del Pontevedra, del Depor, del Celta y del Madrid". Claro que, ¡para que no falte de nada!, su hijo desde el mismo día que nació es socio del Barça y sus vecinos, con quienes suele ver los partidos, también: "A mi hijo nada más nacer le regalaron el carné de socio del Barça y eso sigue mandando. Luego tengo un sobrino que es también forofo del equipo catalán, hasta el punto de que le conseguí la primera camiseta de Figo y cuando éste se pasó al Madrid la tiró por la ventana. Normalmente veo los partidos en casa de mis vecinos, que igualmente son del Barça, por lo que no se puede poner en duda mi deportividad".
Su pasión por el deporte es tal que recuerda con auténtico placer su experiencia, siendo ministro de Administraciones Públicas, como comentarista de la Vuelta Ciclista a España y el Tour de Francia: "Lo pasé estupendamente. En el Tour hice los comentarios desde el estudio, pero en la Vuelta a España, la etapa de los Lagos de Covadonga la retransmitimos desde el coche de José María García..., y además tuvimos muchísima audiencia". Si se pudieran hacer paralelismos entre las aficiones deportivas y las políticas, uno podría conocer, leyendo entre líneas, su carácter. Del deporte rey le gusta que es duro y competitivo, pero sobre todo la soledad del ciclista en los momentos decisivos. "A los ciclistas de raza los conoces en los momentos difíciles, de gran soledad, de gran responsabilidad en los que arriesgan a tope y se lo juegan todo. Ocurre con todos los grandes hombres en cualquier faceta de la vida".
Y si el deporte le fascina, aunque lo practica poco ("Elvira y yo solemos dar un paseo diario de una hora, más o menos", señala lacónicamente), hasta que comenzó su impresionante carrera política, era un adicto a los viajes y, sobre todo, al Caribe. Durante 13 años consecutivos pasó en distintos países caribeños el fin de año: "He estado en Cuba, República Dominicana, Costa Rica, Venezuela, México, Brasil..., pero ya no lo hago. Lo he cambiado por La Rioja, Ciudad Real, Burgos...".
Aun así, en medio de la vorágine, cuando puede tomarse un respiro le encanta jugar una partidita al "tute cabrón" en la localidad toledana de Argés. "He pasado muy buenos ratos en Argés, el pueblo de Paco Villar, jugando al tute y comiendo migas con chorizo, que allí se cocinan de maravilla". Aunque dice que no tiene mal perder, reconoce abiertamente que le gusta ganar: "Me gusta, pero si pierdo soy un señor educado". Y si de gustos gastronómicos se trata, no le hace ascos a casi nada, siempre que sean comidas sencillas y regadas por un buen vino. "Me gustan los huevos fritos, los callos, el cocido gallego..., pero si pudiera elegir me quedaría con las empanadillas, las patatas rellenas y el puré de lentejas que hacía mi madre..., esos manjares tan ricos ya no existen".
Cuando se refiere a sus padres, se muestra orgulloso no sólo de sus orígenes, sino también de la herencia recibida. "Soy una persona muy familiar que ha tenido la gran suerte de tener unos padres magníficos. Mi padre, que ahora es juez jubilado, es la persona que más ha influido en mi formación, mis ideas y mi vida. Le estoy profundamente agradecido". Y hablar de sus progenitores es hablar, inevitablemente, de su tierra: "El lugar donde me encuentro como en la gloria, donde de verdad me siento relajado es cualquier punto de la ría de Arosa y Pontevedra: en La Toja, Cambados, Sansenxo. Aunque también he de reconocer que en el sótano de mi casa de Madrid, donde tengo instalada una butaca y una mesa de despacho, desconecto bastante".
La falta de tiempo le priva de otros placeres como la música –"puestos a elegir, prefiero la de los 60"– o la lectura –"me gustan el ensayo y la novela histórica"–, aunque de niño hizo sus pinitos en el mundo de la canción: "Cuando tenía ?? años gané un concurso de radio con una canción de los Brincos que se llamaba Mejor. El premio eran dos entradas para el cine, pero cuando fui a ver la película no me dejaron entrar porque era para mayores de 14. Desde entonces no he vuelto a cantar en mi vida".
Y si lo suyo no es la canción, tampoco es lo que se dice un bailarín de primera: "A mí en Pontevedra me pilló la etapa del comienzo de las discotecas, íbamos a una que se llamaba Daniel, pero a mí eso de dar saltos me gusta lo justo. Era más bien de ese modelo de codo y barra". Y claro, como es lógico, en alguna ocasión, terminó con una copa de más: "He bebido alguna vez de más cuando era joven, pero me sentí tan mal que tuve cuidado de no repetir la experiencia". Sin embargo, no era lo que se dice un ligón, y ahora tampoco es ni mucho menos un hombre coqueto al que le importe demasiado su estética.
"No soy coqueto en absoluto. De hecho, la ropa me la compra mi mujer. Antes de conocerla me la compraba yo y por eso ahora voy mucho mejor vestido".
Fumador empedernido de puros –"tengo debilidad por los habanos"–, reconoce sin tapujos que con las cuestiones importantes de la vida ni mucho menos se fuma un puro. "Me saca de quicio ese tipo de persona correveidile, el filtrador, el que no tiene palabra, el que hace daño sin necesidad. Lo que ocurre es que no soy un hombre temperamental que manifieste abiertamente mis cabreos".
A pesar de todo, tiene una justa fama de tener un gran sentido del humor y, aunque ahora es muy prudente a la hora de contar los chistes que antaño relataba con maestría, reconoce que en más de una ocasión le han servido para rebajar la tensión en momentos de conflicto. "Hay que tener sentido del humor, paciencia, espíritu deportivo y sentido de la indiferencia ante determinadas críticas que oyes cuando te dedicas a esto, porque si no, no se aguanta".
No vacila Rajoy al decir qué haría si tuviera el poder necesario para cambiar el curso, a veces inevitable, de las cosas: "Si sólo con desearlo pudiera eliminar ciertas cosas, elegiría dos: el terrorismo y la pobreza. Claro que me gustaría acabar con la injusticia, las desigualdades, la discriminación, en fin... hay tanto por hacer". De momento, su misión tiene fecha fija: el 14-M, y sea cual sea su destino –líder de la oposición o inquilino de La Moncloa– detrás se esconde un hombre de convicciones y palabra, de carne y hueso con sus ilusiones y esperanzas, alegrías y tristezas, como cualquier hijo de vecino. Salvo que en sus manos puede estar el destino de este país llamado España. Ni le asusta el reto ni elude su responsabilidad. ¿Será ése el secreto de su éxito?