Cualquier parecido con la teoría que hizo exitoso a 6, 7, 8, no es pura coincidencia. El programa que recuperó legitimidad para el gobierno de los Kirchner, a través de la puesta maniquea de noticias y personajes carentes de todo rigor periodístico, es un patético caso de lobotomización de audiencias en democracia, nunca antes visto antes en la Argentina.
Diego Gvirtz –o Néstor Kirchner, o vaya a saber quién- debe haber leído ese tratado de la propaganda nazi, escrito mucho años antes de que Adolf Hitler llegara al poder. Allí, Goebbels expuso los fundamentos propagandísticos del odio, en su caso a los judíos y la socialdemocracia, tomando el ejemplo del marxismo, -más precisamente de Vladimir I. Lenin, a quien mucho admiraba- “que venció gracias a su discurso propagandístico”.
Lucha por Berlín es a la propaganda, lo que El Príncipe es a la política. O sea, un compendio impecablemente cínico y utilitario para la toma del poder, en cualquier tiempo y lugar.
Se sabe que 6, 7, 8 surgió después de que Gvirtz intentó llegar en reiteradas oportunidades a Kirchner buscando respaldo oficial para comprar un canal de televisión por aire. Poco se conoce de las condiciones de kirchnerización del productor televisivo, que a partir de noviembre de 2008, cuando puso al aire el programa en cuestión, explicó a sus amigos que “esto va a en serio, es a matar o morir, o ganan ellos –se supone que Clarín, el campo, en fin, la sinarquía, ahora también Techint y la industria brasileña- o ganamos nosotros, y yo voy a trabajar para que ganemos nosotros”.
Hay que reconocerle al dueto Kirchner/Gvirtz que desde 1983 nadie había llegado tan lejos en materia de comunicación. Ni más ni menos que a Alemania, 1927. Cuando todavía no existían Internet ni las redes sociales, pero tampoco la difusión del cine, la radio, la televisión, las facilidades tecnológicas para producir cada vez más medios y a menor costo.
Sin embargo, el formato que estupidizó a los alemanes, tanto que llevaron al nacionalsocialismo al gobierno en elecciones limpísimas, sigue alcanzando éxitos. El programa de Gvirtz lleva más de dos años infantilizando miles y miles de personas que mansamente se entregan a ese discurso simplón e ignorante, peleado con cualquier pensamiento crítico, que no resiste el tamiz de la realidad. Goebbels no lo hubiera hecho mejor.
Pero alguien tuvo la mala idea de hacerse el demócrata, e invitaron a Beatriz Sarlo al piso. La Operación Tolerancia les salió tan mal, que hasta la tribuna del programa la aplaudió efusivamente, cuando en tono burlón le dijo al titular de AFSCA “quedate tranquilo Mariotto, que no voy a votar a Macri”. ¿Sarlo aplaudida en 6, 7, 8? Sí. ¿Cristina lo hizo?
Como lo sabe muy bien Fidel Castro, la tolerancia democrática no es un camino sustentable para un gobierno que necesitó del autoritarismo para consolidarse. Con esa sola presencia, en apenas un programa, Sarlo hizo trastabillar al núcleo duro del kirchnerismo, su relato ahistórico, donde los únicos cómplices de la dictadura militar son los enemigos actuales del Gobierno. No parece probable que los responsables políticos de la comunicación K repitan semejante muestra de civismo.