La meta es ambiciosa: desde ahora hasta el 2014, terminar con la miseria absoluta de Brasil, cambiando la vida de 16,2 millones de personas.
Esto ocurre cuando crece el debate sobre el retorno de la inflación, que molesta mucho al voluntarismo de los militantes del PT, quienes denuncian: "Quedamos presos de la vieja agenda: gastos públicos descontrolados, factores de inestabilidad y límites del crecimiento".
Grave problema el del PT: estabilizar la economía no supone renunciar a la agenda social. Es más: estabilizar la economía es el marco adecuado para afrontar esa agenda. Sin embargo, ellos insisten, aunque hay perdido la mayoría de los debates importantes dentro del Ejecutivo brasileño desde el inicio del gobierno del PT...
Pero es muy importante que un programa totalmente nuevo está en gestación. El Brasil sin Miseria fue prometido por Dilma en la campaña como uno de sus principales compromisos. En medio de tantas cosas sin pie ni cabeza que estaban prometidas, es hasta comprensible que pasara desapercibido.
Después de la elección, una de las tareas en las cuales ella más se empeñó fue la concreción del programa.
En el momento de elegir un slogan, Dilma optó por la frase “País rico es País sin pobreza”, a diferencia del slogan elegido por Lula, “ Brasil: un país de todos”.
La idea es simple de anunciar, pero concretarla es complicado. Como dijeron en entrevista reciente sus responsables directas, la ministra de Desarrollo Social y la secretaria extraordinaria para la Erradicación de la Pobreza, la premisa del programa es que para erradicar la pobreza es necesario dirigir hacia los segmentos más vulnerables de la población acciones que aseguren:
1) el complemento de renta.
2) la ampliación del acceso a servicios sociales básicos.
3) la mejora de la “inclusión productiva”.
Sin la experiencia adquirida en estos últimos años, sería impensable un programa como este, que exige la integración de varios órganos del gobierno federal, la articulación con estado y municipios y la capacidad de administrar acciones en gran escala.
Además de eso, es más complejo porque implica diseñar soluciones específicas para cada segmento, para la comunidad y hasta para la familia, en vez de destinarles un beneficio estándar por más relevante que sea.
Con él, debieran desaparezcan 2 elementos que disgustan en el debate político del Partido dos Trabalhadores en el poder:
> la reivindicación de paternidad del subsidio familiar que Fernando Enrique y algunos líderes tucanos (el opositor PSDB) repiten todo el tiempo; y
> los preconceptos en relación a los planes de género, típicos de clases medias para quienes la renta es una herramienta que subordina a los favorecidos y perpetua la pobreza.
Hay un paso de ahí a decir que Luiz Inácio Lula da Silva es producto del subsidio familiar. Inaceptable para el PT que reivindica que quien inventó el subsidio familia-escuela creado en el gobierno FHC (Fernando Henrique Cardoso) tiene su origen en un plan que nació dentro de una administración petista, la del Distrito Federal, cuando Cristovam Buarque fue gobernador.
Es correcto el apunte de Coimbra acerca de que el mecanismo introducido en Campinas en la época en que el tucano Magalhães Teixeira era alcalde no tenía mucho que ver con el desempeño o la frecuencia escolar, pre requisitos del subsidio escuela de Buarque.
El partido gobernante afirma que el Brasil sin Miseria responde a su concepción innovadora y que quien mejoró el subsidio familiar tiene credibilidad para proponerse un desafío de tal envergadura.
Pero lo que es realmente importante es la perspectiva que se abre acerca de enfrentar la miseria, una deuda que Brasil se encuentra muy lejos de haber saldado.