"Ambas reacciones -las rebajas de las tasas de interés y una política de endeudamiento público- han reducido notablemente el margen de maniobra para el futuro accionar político", estima el profesor Michael Huether, del banco Deka de Fráncfort.
Los economistas del Deutsche Bank cifran el déficit presupuestario de Estados Unidos para 2002 en más de 200.000 millones de dólares, y para 2003 auguran un monto aún mayor. A ello se agrega un gigantesco déficit de la cuenta corriente estadounidense, de entre 400.000 y 500.000 millones de dólares anuales.
Sin embargo, el impacto mundial de los atentados terroristas no ha desencadenado la nueva crisis económica, sino que sólo la ha agudizado. Ya desde hace más de un año, tanto el crecimiento económico como las cotizaciones en las bolsas de valores mostraban una tendencia a la baja.
"El 11 de septiembre no hizo más que acelerar el estallido de la burbuja en los mercados financieros", opina el economista jefe del grupo Allianz-Dresdner, Klaus Friedrich. Sin embargo, el masivo desplome adicional de las cotizaciones tras los atentados quedó superado pocos meses después.
En los primeros meses de 2002 volvieron a imponerse las esperanzas coyunturales y los pronósticos positivos. Pero el siguiente atentado ya estaba en camino. "Lo que no pudo lograr Bin Laden con su red terrorista global, lo podrían 'lograr' unos cuantos ejecutivos y directores financieros enloquecidos y megalómanos: ellos parecen haber puesto en marcha el mecanismo autodestructor del sistema económico capitalista", comentó el periódico bursátil alemán "Boersen Zeitung". La serie de fraudes contables ha desatado una crisis de confianza extremadamente grave, especialmente en Estados Unidos.
Y nuevamente se puso en marcha la espiral descendente: las caídas en las bolsas repercuten negativamente en la coyuntura, y cada informe coyuntural negativo hace caer, a su vez, las cotizaciones. Por eso, en todo el mundo los ojos están puestos en el comportamiento de los consumidores estadounidenses, cuyo nivel de bienestar depende mucho más de los altibajos de las bolsas que en el caso de los consumidores europeos.
No hay que olvidar que el Producto Interno Bruto (PIB) de Estados Unidos supone más del 20 por ciento de la producción económica total del mundo. A su vez, el consumo privado determina las dos terceras partes del PIB estadounidense. Una falla en el motor coyuntural que representa Estados Unidos frenaría toda la economía mundial.
Y justamente en esta situación se encuentran bloqueadas las palancas de maniobra fundamentales de la economía. En Japón, país sumido en la crisis, la tasa líder ya está en cero. El banco central de Estados Unidos, por su parte, quizá haya ido demasiado lejos con la reducción de los tipos al 1,75 por ciento. Otra rebaja de los intereses implica el peligro de una trampa deflacionaria como la de Japón: los tipos están en su nivel mínimo, los precios caen y, aun así, los consumidores no consumen más.
En Europa, con una depreciación monetaria de alrededor de un dos por ciento, el BCE está obsesionado con todos los riesgos de la inflación y no se mueve. Los últimos cartuchos de la rebaja de los tipos y el aumento del gasto público ya se han quemado. Además, el Pacto de Estabilidad de la Unión Europea obliga a los países de la zona euro a reducir el consumo público.
Ante este telón de fondo inestable a ambos lados del Atlántico, se aguarda con extremo nerviosismo la llegada del 11 de septiembre de 2002. El fantasma del terrorismo alienta el temor a nuevos atentados, que podrían hundir a la economía mundial en una profunda recesión