La próxima guerra: Los gigantes débiles y los pigmeos poderosos
WASHINGTON DC (
En este año, el 9no. del primer gran conflicto entre naciones y redes, las Fuerzas Armadas estadounidenses –como ocurre a menudo con los ejércitos– no han sabido adaptarse como debían a las distintas circunstancias y han descubierto a las malas que sus enemigos, muchas veces, les llevan la delantera.
El Ejército de USA se debatió como pudo durante años en Iraq y luego demostró que era incapaz de comprender, ni en Iraq ni en Afganistán, que los viejos refuerzos de tropas terrestres no ofrecen soluciones duraderas para unos conflictos nuevos contra adversarios organizados en redes.
Es lo que ha sucedido casi siempre. Con todo lo que se juegan y los peligros que afrontan, es inevitable que los ejércitos se resistan a cambiar.
En 1915, durante la 1ra. Guerra Mundial, las tropas del frente occidental luchaban prácticamente de la misma manera que las de Waterloo en 1815, atacando en formación cerrada, pese a la aparición de la ametralladora y la artillería explosiva.
Año tras año, millones de soldados tuvieron una muerte sangrienta por ganar unos pocos metros de fango revuelto. No es extraño que el historiador Alan Clark titulara su estudio del alto mando durante el conflicto, The Donkeys [Los asnos].
Ni siquiera la siguiente generación de militares acabó de comprender del todo las implicaciones del envejecimiento de los carros de combate, los aviones y las ondas de radio que los conectaban.
Igual que sus predecesores no habían captado el carácter letal de la potencia de fuego, sus sucesores no supieron ver el ascenso de las maniobras mecanizadas, salvo los alemanes, que entendieron que era posible la guerra relámpago y, gracias a ello, obtuvieron victorias magníficas en los primeros tiempos.
Habrían seguido ganando si no hubiera sido por malas decisiones estratégicas del mando supremo, como invadir Rusia y declarar la guerra a Estados Unidos.
Al final, los nazis perdieron, más que por el enfrentamiento directo, porque no pudieron con todos.
Lo siguiente que no supo interpretarse fueron las armas nucleares, sobre todo por parte de un Ejército estadounidense que, al principio, pensó que podían utilizarse como cualquier otra.
Pero resultó que su única utilidad era disuasoria. Sorprendentemente, fue el adalid de la Guerra Fría, Ronald Reagan, quien mejor comprendió ese enfoque cuando dijo: "Una guerra nuclear no puede ganarse, y nunca hay que llevarla a cabo".
Lo cual nos trae a la guerra en la era de la información. Los avances tecnológicos de los dos últimos decenios –de un alcance trascendental y comparable al comienzo de la Revolución Industrial hace dos siglos– coincidieron con un nuevo momento de inestabilidad política mundial tras la guerra fría.
Sin embargo, casi todos los ejércitos emprenden esta era con la opinión generalizada de que las nuevas herramientas tecnológicas serán un simple refuerzo para continuar con las prácticas actuales.
En el caso de Washington, las autoridades siguen convencidas de que su estrategia de impacto y pavor y la doctrina Powell de la fuerza abrumadora se ven reforzadas al añadir grandes cantidades de armas inteligentes, aviones controlados a distancia y comunicaciones mundiales casi instantáneas.
El defensor más entusiasta de la táctica de impacto y pavor es quizá el Consejero de Seguridad Nacional, James Jones, un general cuyo círculo de colaboradores incluye a los que inventaron el concepto en los 90. Su idea esencial es: "Cuanto más grande sea el martillo, mejor será el resultado".
Nada más lejos de la realidad, como demuestran los resultados en Iraq y en Afganistán. Quince años después de que mi colega David Ronfeldt y yo acuñáramos el término "netwar" [guerra en red] para describir la nueva forma de conflictos basados en redes que estaba surgiendo en el mundo, USA sigue sin ponerse al día. Las pruebas de los diez últimos años muestran que los ejercicios masivos de fuerza no han servido más que para matar a inocentes y enfurecer a los supervivientes.
Las organizaciones reticulares, como Al Qaeda, han probado que es muy fácil eludir esos ataques y continúan asestando contragolpes violentos.
Y el Ejército de Estados Unidos, que ha utilizado estos nuevos instrumentos de guerra de formas muy tradicionales, ha sufrido traspiés económicos y graves heridas psicológicas.
Por ejemplo, el verdadero coste de la guerra de Iraq, según el análisis del premio Nobel Joseph Stiglitz y de Linda Bilmes, ha sido de unos tres billones de dólares, y hasta las cifras oficiales hablan de aproximadamente US$ 1 billón en gastos.
En cuanto al capital humano, las tropas están exhaustas después de los despliegues repetidos y prolongados ante unos enemigos que, si se pusieran en fila, no ocuparían una sola división de los marines. Estados Unidos ha estado a punto de dejarse fuera de combate a sí mismo desde el 11-S.
Cuando los ejércitos no saben estar a la altura del cambio, los países salen perdiendo. En la Primera Guerra Mundial, la ignorancia de lo que representaba la producción en masa desembocó no sólo en unas matanzas sin sentido, sino en el final de unos grandes imperios y la bancarrota de otros.
La incapacidad de entender las implicaciones de la mecanización al comienzo de la Segunda Guerra Mundial puso vastas franjas de territorio en manos de las potencias del Eje y estuvo a punto de darles la victoria.
El hecho de no comprender el verdadero significado de las armas nucleares condujo a una carrera suicida de armamento y colocó al mundo borde del apocalipsis durante la crisis de los misiles cubanos.
Todavía hoy abundan las señales de ignorancia. Por ejemplo, en una era de misiles supersónicos antinavíos, la Marina estadounidense ha gastado miles de millones de dólares en buques de guerra de superficie cuyas superestructuras de aluminio probablemente arderían hasta el fondo si los alcanzara un solo misil. Pero la doctrina oficial lo exige.
Mientras tanto, el Ejército ha gastado decenas de miles de millones de dólares en sus futuros sistemas de combate, un batiburrillo de armas, vehículos y dispositivos de comunicación nuevos que sus propios impulsores consideran casi impracticables para las operaciones militares que las fuerzas de tierra van a tener que llevar a cabo en los próximos años.
os océanos de información que los sistemas generarían a diario obstruirían los circuitos de mando de tal forma que la más sencilla de las operaciones resultaría dificilísima de realizar.
Y la fuerza aérea, más allá de su conocida afición a los bombardeos masivos, sigue enamorada de los aviones de combate muy avanzados y muy caros, a pesar de no haber perdido más que un solo avión frente al enemigo en casi 40 años.
Aunque el costosísimo F-22 no ha dado buenos resultados y su producción, que supuso una inversión enorme, se ha interrumpido, la idea no se ha abandonado, ni mucho menos. Al contrario, se va a producir el F-35, más avanzado y con un coste de cientos de miles de millones de dólares. Todo ello, teniendo en cuenta que, en la actualidad, lo que posee Washington es ya mucho mejor que lo que tiene cualquier otro país, y va a seguir siéndolo durante décadas.
Estos hechos sugieren que Estados Unidos está gastando enormes cantidades de dinero en cosas que hacen que sus ciudadanos estén menos seguros, no sólo contra los insurgentes irregulares, sino también contra países que sean astutos y construyan distintos tipos de ejércitos.
Y el problema no se limita a las armas y otros artículos de alta tecnología. Lo más necesario es un conocimiento profundo del trabajo en red, la conexión vaga pero dinámica entre personas que crea y favorece un nuevo tipo de inteligencia, poder y propósito colectivos, para bien y para mal.
Los movimientos de la sociedad civil en todo el mundo han aprendido a trabajar así y, de esa forma, han hecho mucho más por impulsar la causa de la libertad que los controvertidos esfuerzos del Ejército estadounidense para llevar la democracia a Iraq y a Afganistán a punta de pistola.
En cuanto a la sociedad incivil, los terroristas y los criminales internacionales han adoptado la conectividad para coordinar sus actividades en el ámbito mundial de una forma que era imposible en el pasado.
Antes de Internet, no podría haber existido una red terrorista que actuase de forma cohesionada en más de 60 países. Hoy nos aguarda un mundo lleno de Umar Farouk Abdulmutallab, y no todos van a fracasar.
Pero los principios del trabajo en red no tienen por qué ayudar sólo a los malos. Si se adoptan por completo, pueden permitir un nuevo tipo de ejército, e incluso un nuevo tipo de guerra. Los conflictos del futuro deben y pueden ser menos costosos y menos destructivos, con unas fuerzas armadas más capacitadas para proteger a los inocentes e impedir las agresiones o defenderse contra ellas.
Es posible que ya no haya grandes batallas de ejércitos de carros de combate en las estepas, pero la guerra moderna se ha vuelto muy compleja y cambiante. No obstante, hay una forma de reducir esa complejidad a tres simples reglas que pueden ahorrar enormes cantidades de sangre y de dinero en la era de las guerras en red.
