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"Necesitamos que USA y Europa nos dejen en paz"

Una de las más conocidas feministas y disidentes políticas del mundo árabe, psiquiatra de profesión, Nawal El Saadawi, explicó que la mayor amenaza para un futuro Egipto democrático es la intromisión de las potencias extranjeras.

CIUDAD DE BUENOS AIRES (Urgente24). Nawal El Saadawi nació en Kafr Tahla, Egipto. Su padre fue funcionario del Ministerio de Educación y su madre provenía de una familia tradicionalista de clase alta.

 
Ella permitió, aunque contrario a las normas, que Nawal ingresara en la Facultad de Medicina de la Universidad de El Cairo, en 1949. Al graduarse, trabajó como médica en la universidad y 2 años en el Centro de Salud Rural de Tahla, donde tomó conocimiento del sufrimiento y carencias de la mujer rural. Desde entonces Nawal se inició en la narrativa de sus experiencias: “No hay nada que pueda vencer a la muerte más que la escritura.”
 
Más tarde estudió en la Universidad de Columbia, New York, USA, donde obtuvo su maestría en Salud Pública en 1966. Entonces ella se casó con un estudiante de medicina pero el matrimonio fue un fracaso. Nawal tuvo que ir a la Justicia para obtener el divorcio, debido a las normas restrictivas para el divorcio de la mujer en el Islam, y lo consiguió. 
 
Volvió a casarse pero su 2do. marido no aceptaba que ella escribiera, por lo que otra vez terminó en divorcio. En 1964 Nawal se casó con su actual marido Sherif Hetata, médico y novelista, que ha traducido varios de los libros de Saadawi al inglés. 
 
En 1972 logró éxito internacional con su libro Women and Sex, que trata sobre sexo, religión y el trauma de la ablación del clítoris. Su madre había insistido en circuncidarla a los 6 años. Aunque esa práctica estuvo prohibida por un tiempo, volvió a legalizarse en los años '90.
 
En los años '70 ella comenzó a criticar abiertamente el sistema patriarcal y a abordar otros temas tabú como el aborto, el abuso de menores y las diversas formas de opresión a la mujer. Saadawi denunció el patriarcado de las religiones y argumentó la teoría de que en la antigüedad Egipto era un matriarcado.
 
Por eso ella perdió su puesto como vicesecretaria general de la Asociación Médica Egipcia y le cerraron la revista médica Health que fundó y de la que era directora: “Todo en nuestro país está en manos del Estado... por leyes conocidas u ocultas, por la tradición o por el miedo establecido y enraizado en la autoridad gobernante”.
 
En 1981, ella fue a prisión luego de criticar al gobierno del partido único de Anwar Sadat, fue arrestada y encarcelada. Fue liberada 2 meses después, luego del asesinato de Sadat.
 
En 1982, fundó la Asociación para la Solidaridad con la Mujer Árabe, la 1ra. organización legal feminista independiente, y que se opuso a la 1ra. Guerra del Golfo en 1991 por lo que fue prohibida por las autoridades egipcias, al igual que su publicación, la revista Noon de la que era directora.
 
Más tarde, su novela La caída del Imam (1987 ) fue prohibida, y ella ingresó a una lista negra de condenados a muerte por grupos fundamentalistas, y se exilió con su marido en USA, donde dio cátedra en Duke University y Washington State University en Seattle. 
 
En 1996 regresó a Egipto, donde en 2004 otra vez se prohibió su novela La caída del Imam. Ese año su nueva novela Al Riwaya, también fue prohibida en Egipto.
 
En diciembre de 2004 ella fue candidata presidencial en Egipto, como un símbolo, sabiendo que nunca se le daría la oportunidad de acceder al gobierno: “No quiero nada. No espero nada. No le temo a nada. Por lo tanto, soy libre. Durante nuestra vida, son los deseos, las esperanzas, los miedos los que nos esclavizan.”
 
Ella fue entrevistada por Ana Mangas para Foreign Policy en Español:
 
-En este periodo de transición, el país está en manos de un Gobierno militar. ¿Cree que el Ejército apoya de verdad la democracia?
 
-El Ejército egipcio respaldó la revolución porque había millones de personas en la plaza Tahrir, unidas contra el régimen de Mubarak, pero puede dejar de hacerlo si la contrarrevolución (iniciada desde fuera y desde dentro) adquiere más poder que la revolución; es un largo combate, pero los millones que constituyen el Egipto unido vencerán.
 
-¿Los Hermanos Musulmanes pueden llegar a gobernar el país?
 
-Los grupos fanáticos islamistas son minoritarios en el país. Quienes los han fomentado son Sadat, Mubarak, Estados Unidos, Israel... No pueden ganar, porque los millones de egipcios que han hecho la revolución son laicos y tolerantes.
 
-¿Qué deparará el futuro Egipto democrático a las mujeres?
 
-Las mujeres egipcias revolucionarias están hoy agrupadas en la Unión de Mujeres Egipcias, que estuvo prohibida durante los regímenes de Sadat y Mubarak. La fuerza política de las mujeres y los hombres progresistas, todos unidos, es lo que determinará el futuro del nuevo Egipto.
 
-Usted se presentó a las presidenciales de 2005 como candidata independiente. ¿Lo volverá hacer?
 
-Me presenté contra Mubarak como acto simbólico, para desafiar su poder absoluto y animar a las mujeres a competir con los hombres en todos los terrenos, incluido el político. Ahora tengo 80 años y veo a muchas mujeres que están a la altura de ese reto. Yo soy novelista, no política, y nunca quise ser presidenta ni ocupar ningún otro cargo.
 
-¿Cuáles son los principales desafíos del Egipto postmubarak?
 
-Las principales amenazas contra la revolución egipcia proceden de las potencias neocolonialistas y sus aliados en el régimen, que permanecen en el poder tras la desaparición de Mubarak, pero la revolución vencerá porque estamos unidos y somos conscientes de sus intenciones.
 
-¿Qué opina de la intervención en Libia?
 
-La resolución de la ONU y la intervención militar de Estados Unidos y la Unión Europea en Libia constituyen una nueva guerra colonial por el petróleo de este país, no para salvar al pueblo de las agresiones de su dictador, exactamente igual que la guerra en Irak fue por el crudo y no por la supuesta democracia, ni para salvar a los iraquíes de su dictador.

La mentira de las potencias coloniales es evidente: ¿por qué no intervinieron militarmente esas potencias contra Israel cuando estaba matando a la gente en Gaza y Palestina la semana pasada y durante años? ¿Por qué protegen a otros dictadores, en Arabia Saudí y otros países, contra la voluntad de su pueblo? El doble rasero de las potencias coloniales y neocoloniales, con su ONU, está muy claro, y debemos denunciarlo y condenarlo.

La revolución libia debe ser la que fuerce a su dictador a dimitir, igual que lo han hecho las revoluciones en Egipto y Túnez. La libertad tiene un precio.
 
-En este momento histórico que está viviendo la región, ¿qué actitud o papel esperan las sociedades árabes de Occidente?
 
-Las potencias neocoloniales europeas y americanas pueden matarnos a todos, en Egipto y en la región árabe, para quedarse con el petróleo y apoyar a Israel contra Palestina. Animaron a los grupos islamistas fanáticos a matar comunistas en Afganistán, y ahora están matando Afganistán para matar fanáticos islamistas. El hijo mata al padre y el padre mata al hijo, una historia muy habitual que se repite en los sistemas de clase y patriarcales, tanto antiguos como modernos.

Necesitamos que EE UU y Europa nos dejen en paz, no necesitamos ninguna ayuda, necesitamos comercio justo, no ayuda. Necesitamos que haya igualdad entre países, clases, sexos, razas...

El virus de la revolución va a llegar a todas partes, en Occidente y en Oriente. Es posible otro mundo mejor, pero además es necesario.
 
5 mitos sobre la revolución
 
Blake Hounshell escribió el siguiente análisis sobre Egipto y la teoría del dominó en la autocracia árabe.
 
Mito Nº1: Facebook derrotó a Mubarak
 
No. Hay un chiste que ha estado circulando en Egipto en las últimas semanas y que dice algo así: Hosni Mubarak se encuentra con Anwar el Sadat y Gamal Abdel Nasser, también presidentes egipcios, en el más allá. Mubarak le pregunta a Nasser cómo ha acabado allí. “Veneno”, dice Nasser. Mubarak se dirige entonces a Sadat. “¿Cómo acabaste tú aquí”, pregunta. “La bala de un asesino”, dice Sadat. “¿Y tú?”. A lo que Mubarak contesta: “Facebook”.
 
No hay duda de que la comunicación a través de las redes sociales ha sido un factor crítico en el derrocamiento de Mubarak. Grupos como el Movimiento Juvenil 6 de Abril y la página de Facebook We Are All Khaled Said [Todos somos Khaled Said], que fueron los primeros en convocar las protestas del 25 de enero que provocaron el levantamiento, tuvieron un importante y arriesgado papel en la ruptura de la barrera del miedo que había hecho quedarse a los egipcios en sus casas.
 
Pero la explosión popular que condujo al derrocamiento de Mubarak no fue una simple cuestión de hacer llamamientos a protestar desde Facebook; fue el producto de años de rabia y frustración reprimida ante la corrupción y el abuso de poder que se habían convertido en los sellos distintivos del régimen egipcio. Los organizadores midieron cuidadosamente sus mensajes para conseguir atraer a las masas y eligieron una fecha —una festividad nacional destinada a celebrar el papel de la policía, odiada de manera generalizada— que tendría un amplio eco.

Al margen de Internet, intentaron introducirse en redes existentes a nivel local y crear las suyas, como el millón de personas que firmó una petición exigiendo cambios políticos fundamentales. Una vez que las fuerzas de seguridad abandonaron la escena, los manifestantes tuvieron cuidado de mostrar su respeto por el Ejército, formando cadenas humanas en torno a los vehículos militares para evitar cualquier incidente que pudiera estropear el estribillo de que “el Ejército y el pueblo son una misma mano. Y, como un líder clave de las protestas, Wael Ghonim, declaró a 60 Minutes el domingo 13 de febrero, se vieron enormemente beneficiados por la propia “estupidez” del régimen. El corte de Internet motivado por el pánico, su recurso a tácticas de eficacia comprobada, como la contratación de matones para que llevaran a cabo el trabajo sucio, y el no haber sido capaces de ofrecer ningún camino alternativo coherente para el cambio.

 
 
Mito Nº2: Obama merece reconocimiento por la revolución
 
Sí, pero sólo un poquito. Es cierto que en los primeros días de la revolución, el equipo de Barack Obama se mostró lento a la hora de posicionarse en su totalidad del lado de quienes protestaban, empezando por las declaraciones de la secretaria de Estado de Estados Unidos, Hillary Clinton, de que Egipto era “estable” y siguiendo con la negativa del vicepresidente, Joseph Biden, a llamar “dictador” a Mubarak y con las afirmaciones de Frank Wisner, el enviado de la Casa Blanca —más tarde desautorizado—, quien dijo que era “crucial” que el líder egipcio se mantuviera en el poder.
 
Cuando la gente de Obama no andaba confundiendo sus argumentos, se dedicaba a ofrecer malos consejos, como en el caso del Departamento de Estado, que debilitó la posición de los manifestantes al animarles a entablar un “diálogo” con el recién nombrado vicepresidente, Omar Suleimán. Pero éste, un hombre de Mubarak encargado del trabajo sucio del presidente, a quien Clinton acogió como inverosímil agente de la transformación democrática, por supuesto no tenía ninguna intención de llevar a cabo unas negociaciones o un diálogo genuinos. En su lugar, organizó un debate unidireccional con la oposición leal —una colección de infortunados partidos con escaso o ningún apoyo en la calle— mientras se negaba a tratar con los representantes de los movimientos juveniles de la plaza Tahrir. Luego emitió una declaración muy poco sincera ofreciendo solo reformas simbólicas y culpando a los “elementos extranjeros” por la sublevación. Después, manifestó que los egipcios carecían de una “cultura democrática”.
 
Por otro lado, los funcionarios estadounidenses de manera sistemática, y con creciente impaciencia, condenaban el uso de la fuerza contra los manifestantes y animaban al Ejército egipcio a hacer todo lo que estuviera en su poder para evitar el derramamiento de sangre. En un momento dado, la Casa Blanca incluso dio a entender que Estados Unidos estaba revisando su paquete de ayudas militares por valor de 1.300 millones de dólares (unos 960 millones de euros).

El presidente Barack Obama, mientras tanto, resistía fuertes presiones por parte de aliados como Israel y Arabia Saudí, que le animaban a respaldar a Mubarak hasta el final, mientras rechazaba los consejos de expertos que exigían que hiciera un llamamiento público y claro al dictador para que abandonara el poder —un paso que habría seguido el juego a la estrategia del régimen de dibujar a los manifestantes como agentes extranjeros—. En su conjunto, lo mejor que podemos decir del equipo de Obama es que no la fastidió demasiado. Hasta que se hizo obvio para todos que el autócrata iba a caer, Washington pareció estar nadando todavía entre dos aguas, intentando buscar un equilibrio entre sus lazos estratégicos con el Gobierno y su genuino deseo de ver colmadas las aspiraciones del pueblo egipcio. Al final, esas posiciones demostraron ser imposibles de conciliar.

 
 
Mito Nº3: Los Hermanos Musulmanes gobernarán Egipto

No. Aunque el movimiento islamista es sin ninguna duda el partido de oposición política más organizado de Egipto por el momento, éste ha manifestado explícita y en repetidas ocasiones que no busca la presidencia. Por ahora, los Hermanos Musulmanes han  ofrecido todo su apoyo al responsable retirado de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, Mohamed el Baradei, un liberal secular que jugó un papel fundamental como catalizador de las protestas. No está claro si el propio el Baradei busca ser el próximo mandatario, aunque ha dicho que se presentaría como candidato si se lo piden.
 
Y en cuanto a los miembros del partido en sí mismos, no representan más de un 20% de la población egipcia. Y ahora que la masa pública ha sido movilizada y revitalizada por llamamientos a favor de la libertad y la buena gobernanza —no del islam— el movimiento se arriesga a ser empujado a los márgenes de la vida política. Los egipcios son un pueblo religioso, pero la mayoría muestra pocos deseos de ser dirigidos por decretos coránicos.
 
No cabe duda de que los Hermanos Musulmanes pueden hacer salir a la calle a mucha gente, en especial en bastiones como Alejandría o en las ciudades del Delta del Nilo. Pero hay que destacar que el grupo no respaldó de manera oficial la ronda inicial de protestas. (Un líder de la Hermandad, Essam el Erian, incluso dijo que “en ese día todos deberíamos estar celebrando juntos” en lugar de protestando contra la policía).

Es cierto que su facción más joven sí jugó un papel importante en la defensa de las barricadas en la plaza Tahrir, mientras que sus redes en el exterior fueron cruciales aportando suministros para sostener las marchas. Pero no está claro lo leales que pueden ser a una cúpula dirigente más mayor que no fue capaz de enfrentarse directamente a Mubarak durante décadas. Una amplia coalición secular de juventudes que sepa venderse como la verdadera guardiana de la revolución, tendría un enorme atractivo en las urnas, incluso para los seguidores jóvenes de la Hermandad, según me confirmaron muchos egipcios.

 
 
Mito Nº4: La revolución ha terminado

Quizá. La mayor parte de los revolucionarios que ocuparon la plaza Tahrir durante las últimas tres semanas se han marchado a sus casas, y líderes políticos clave —como el liberal Ayman Nour— dicen que sus principales demandas han sido satisfechas. Mubarak, su Parlamento amañado y su Constitución anti democrática ya no están, y Egipto parece estar floreciendo bajo el gobierno militar de transición, mientras los medios de comunicación estatales dan la bienvenida a la revolución y los egipcios de a pie comienzan a debatir sobre política por primera vez. El Ejército ha prometido traspasar el poder a un gobierno civil y elegido en las urnas en un plazo de seis meses.
 
No obstante, la caída del autócrata representa sólo el hundimiento parcial de su régimen. Muchas figuras destacadas han abandonado el odiado Partido Democrático Nacional, que vio incendiada su sede el 28 de enero, pero su inmensa maquinaria electoral todavía existe.

Cientos de mini Mubaraks —duros mandatarios provinciales y corruptos funcionarios locales— controlan las provincias. El ministro del Interior, aunque muy disminuido, sigue en funcionamiento, al igual que el temido aparato estatal de seguridad del que era presidente. Su último Gobierno, liderado por un ex general de las Fuerzas Aéreas con estrechos vínculos con él, no ha sido reemplazado, y no está claro el papel que asumirá Omar Suleimán de ahora en adelante.

 
Hasta el momento no existen garantías de que el mubarakismo sin Mubarak no vaya a regresar —todo lo que tenemos es la palabra de una junta que no ha sido elegida por votación y que está liderada por generales colocados en su puesto por el propio ex dirigente—. El Ejército egipcio ha pasado a ocuparse de las huelgas ilegales, que se han extendido por todo el país durante los últimos días, en los que miles de trabajadores públicos —incluyendo, aunque parezca increíble, a oficiales de policía que pretenden conseguir sueldos más altos— han aprovechado el momento para hacer valer sus propias exigencias. Si la huelga va a más, habrá que tener cuidado: Egipto podría dirigirse a un prolongado periodo de inestabilidad en vez de a uno de consolidación democrática. Lo que está pasando en Túnez, donde las sucesivas oleadas de protestas han conducido a una espiral de recriminaciones y dimisiones de alto nivel, podría muy bien suceder a continuación en El Cairo.
 
Otro peligro es que si no se mejoran con rapidez las vidas de los más pobres del país, un 40% aproximado de los cuales vive, según algunas informaciones, con menos de 2 dólares al día, podría producirse una reacción violenta. La revolución puede haber triunfado, pero ha herido en profundidad la economía egipcia, que depende fuertemente del turismo y es vulnerable a las fluctuaciones en el precio de los productos básicos, como el trigo.
 
Y no olvidemos que los organizadores de las protestas han convocado concentraciones semanales todos los viernes hasta que todas sus demandas —incluyendo la liberación de todos los detenidos políticos y la instalación de un gobierno provisional de unidad nacional— sean satisfechas. Como me dijo uno de ellos: “Sabemos cómo encontrar la plaza Tahrir”.
 
 
Mito Nº5: El país X es el siguiente

Es demasiado pronto para decirlo. A medida que se producen manifestaciones en Argelia, Bahrein, Jordania, Libia y Yemen, es fácil imaginar que las protestas populares puedan barrer toda la región expulsando a los autócratas desde Rabat a Riad. Con claridad, lo que ha pasado en Egipto, el corazón palpitante del mundo árabe, no se quedará allí.
 
No obstante, los revolucionarios de El Cairo tenían unas pocas ventajas especiales. Junto a su enorme aparato mediático estatal, entre los mayores  del mundo, el país podía presumir de contar con periódicos independientes y una sólida, aunque asediada, sociedad civil que había aprendido mucho en sus años de trabajo contra el régimen (varios de los organizadores clave de las protestas, como Ahmed Maher y Zyad el Elaimy, eran veteranos de Kefaya, uno de los primeros movimientos anti gubernamentales).

Los reporteros y expertos egipcios eran a menudo hostigados, pero podían escribir lo que quisieran siempre y cuando no cruzaran ciertas líneas rojas, como tratar la salud del presidente o ahondar demasiado en acuerdos empresariales corruptos. Internet era controlada, pero no directamente censurada.

Cientos de periodistas extranjeros tenían experiencia y contactos en Egipto y podían difundir información sobre lo que estaba pasando. Y dados los estrechos lazos entre el Pentágono y el Ejército egipcio, Estados Unidos contaba con una influencia que podía haber ayudado a evitar una represión mucho peor.

Otros movimientos de protesta no tendrán tanta suerte.

Los líderes de oposición en otros países árabes tendrán que encontrar sus propios caminos a la victoria basados en su situación local; fijar solo una fecha y hacer un llamamiento a la gente para que se eche a las calles no funcionará. Y ahora se enfrentan a gobernantes aterrorizados que ven con claridad que necesitan adaptarse, aunque ninguno de ellos renunciará a un ápice de poder real. Algunos, como los monarcas de Bahrein y Kuwait, intentarán desactivar cualquier efecto Túnez repartiendo montones de dinero, mientras otros, como el rey Abdalá II de Jordania, están despidiendo a sus gobiernos y prometiendo reformas políticas una vez más. Los peores del lote, como Muamar el Gadafi, de Libia, y Bashar Assad, de Siria, optarán por una mayor represión.

 
El cambio está llegando al final al mundo árabe. La única pregunta es cuán rápido y doloroso va a ser.

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