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La noche cuando Roger Waters pidió por Julio López (y un 'palito' para La Nación)

Es excelente que un medio de comunicación permita a sus periodistas trabajar en libertad. Pero alguien debería corroborar algunas informaciones para que ciertas parcialidades no afecten la credibilidad del medio.

CIUDAD DE BUENOS AIRES (Urgente24). Curiosa la obsesión del comentarista de 'La Nación', Sebastián Ramos, acerca de cómo antes Roger Waters le temía a las masas, y por eso se distanciaba de ellas y hasta las agredía, y ahora canta y juega con ellas permitiendo que miles de personas le expresen su admiración por su obra.
En buena hora que el cambio ocurrió. Hubiese resultado trágico que Waters no hubiese descodificado que sólo se trataba de agradecer y festejar, y que un enfermo pudo matar a John Lennon pero no es el estándar.
Todos podemos equivocarnos pero es maravilloso tener la oportunidad de rectificarnos, y es bueno que Waters lo demuestre porque, inclusive, su show en River Plate fue aún más potente que aquel 'In the flesh' que ofreció en el estadio de Vélez Sarfield hace algunos años.
Waters es un artista comprometido con su tiempo, y por lo tanto es politizado porque política no es lo que algunos energúmenos dicen que hacen en la Argentina para ocultar que solamente se dedican a robar. La política debe intentar cambiar el presente y ayudar a construir un mundo mejor.
El arte de Waters apunta a eso y por eso no sorprendió que en el enorme cerdo volador que desplegó casi en el final de la 1ra. parte del show, estuviese escrito el reclamo por la aparición de Julio López, a quien muchos ya han olvidado.
Luego, Waters compuso y ejecuta una música compleja, que exige de buenos músicos y cantantes, y esto también es positivo en estos días de tanto 'shalalá', éxitos perecederos y abuso de 'Gran Hermano'.
Hubo tiempos cuando se valoraba si un músico era una buena 'viola' y si el 'batero' conocía su oficio o era un mercachifle. En estos tiempos del falso rock contemporáneo, la música ha perdido notablemente a favor de la vocalización, y esto no estaría mal (al fin de cuentas el canto gregoriano es una demostración del uso excelso de la voz humana) si no fuese que abundan cantantes de letras burdas y melodías mal entonadas. Generación playback.
Entonces, si Waters ya no escupe a los fans cuando se siente intimidado, no es la noticia. La clave es que miles de personas pudieron reencontrarse con el arte en dos encuentros multitudinarios que, además, elevan el estándar para este tipo de espectáculos.
Ocurre que, artista multidisciplinario, Waters se preocupa por integrar el sonido (cuadrafónico), la iluminación y el impacto visual de los videos que acompañan sus temas musicales.
Al joven Ramos también le preocupa "¿Por qué y para qué volver sobre sus pasos y armar un espectáculo íntegramente compuesto por temas de Pink Floyd, con un capítulo dedicado a interpretar, de principio a fin y tal cual se grabó en 1973, 'The Dark Side of the Moon'?"
En una revista que edita S.A. La Nación, la empresa en la que trabaja Ramos, el propio Waters explicó que la idea de ese show nació durante el Gran Premio de Francia de la Fórmula 1, y que inicialmente se lo ofrecieron a David Gilmour y los otros integrantes de 'Pink Floyd' (y propietarios de la marca registrada). Ellos rechazaron y luego se lo ofrecieron a Waters, y a él le interesó.
Por supuesto que sería estupendo que hubiese tocado Pink Floyd en River Plate, pero eso es imposible por motivos que van más allá de esta nota, pero ¿acaso eso impide deleitarse con el creador de esa música tan sólo porque durante años fue antipático?
Es obvio que el resultado obliga a cuestionarse seriamente qué sería de Gilmour, Nick Mason y Richard Wright sin 'El Lado Oscuro de la Luna', 'The Wall' y aún 'The Final Cut'. También provoca preguntas de qué sería de Roger Waters si la crisis de Syd Barret, el fundador del grupo, no le hubiese provocado asumir un rol más activo en la composición de letra y música. Por lo tanto Waters, además de enorme creador, debe agradecer su fortuna porque pudo componer un arte inolvidable, no tuvo que ir a ninguna guerra como su padre (Eric Fletcher Waters, quien murió en la batalla de Anzio, Italia); pudo escapar de su madre rígida, casi castradora; y miles de personas entonan sus temas. Probablemente alguna vez reflexionó sobre esa obviedad y se produjo el cambio que tanto preocupa a Ramos.
Y si no fue así, ¿qué importa si se puede disfrutarlo?
La puesta en escena de Mark Fisher, quien montaba los conciertos de Pink Floyd, fue impecable.
Ramos dice que a Waters le cuesta recrear a Pink Floyd sin Gilmour y el resto. Esto es muy relativo. Como dueño de sus temas musicales, puede hacerlos y deshacerlos sin pedirle permiso a Ramos, quien en todo caso podría preguntarse porqué 'Pink Floyd' rechazó hacer esta gira.
En verdad todas estas peleas de egos son inútiles y provocan malos entendidos y reproches que sólo engordan las cuentas bancarias de los abogados. Pero permítase a un creador llevar su arte según lo siente él sin necesidad de preguntarse por qué, dónde, cómo, cuándo, para qué.
Un párrafo de Ramos llama la atención: "Con la luna de su lado, Waters logró el efecto deseado y la segunda parte de su espectáculo fue arrolladora y dio sobradas muestras de por qué, a pesar de todo, aun vale la pena revisitar esta obra cumbre del rock universal".
¿A pesar de todo? ¿Quién es uno para juzgar al prójimo, especialmente desconoce la intimidad de lo ocurido? (En el caso de Ramos ni siquiera lee la 'Rolling Stone' que edita la empresa en la que trabaja).
Desde el punto de vista de Ramos, sólo Ludwing van Beethoven podría interpretar a Beethoven; sólo Wolfgang Amadeus Mozart podría interpretar a Mozart.
En definitiva, un concierto impecable. Por momentos, inolvidable. Los temas fueron interpretados por quien los imaginó y los compuso. El resto, carece de sentido.

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