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La gran apuesta de Sica: ir de paritarias a mesas sectoriales

El año que viene el saldo del comercio exterior dará US$4.500 millones de superávit, un poco gracias a la mayor exportación agrícola y de carnes, ya sin las sequías de la anterior campaña, otro tanto a la repercusión de la mejor performance económica brasileña, pero fundamentalmente al parate importador, donde la devaluación hizo subir los costos de lo que se trae de afuera y la recesión frenó la demanda, en el marco de un intercambio de bienes y servicios 1% más bajo que el de 2017. La consultora Abeceb, que fundó el ministro de la Producción, Dante Sica, difundió un ránking que elabora con los costos laborales de 25 países, según el cual el 110% que de diciembre a octubre se había elevado la paridad de la moneda sirvió para mejorar la competitividad en un 50% respecto de los otros países de la región y acercó un poco a la Argentina a los posicionados al tope de la eficiencia manufacturera, como Indonesia, México, Tailandia y China. La salvedad es que a esa relación se llega con el dólar a $37/38 y los salarios en general convenidos con 15 a 25% de aumento, muchos en trámite de actuación arriba del 40% que el bono compensatorio dejó para definir después. O sea que, para mantener la competitividad alcanzada en este renglón y que ayude a incrementar exportaciones o sustituir importaciones futuras, Sica debería lograr que los productores internacionalizados dolaricen esa relación y lo traten en la respectiva mesa sectorial de transformación productiva, antes de someterla a paritarias y al arbitrio de la política cambiaria. La agobiante presión impositiva y la parálisis de la infraestructura por el ajuste fiscal y los cuadernos son, a los efectos de esta estrategia, como entrar a la cancha perdiendo 2 a 0.

La consultora Abeceb, fundada por el hoy superpoderoso ministro de la Producción, que abarca al agro, la industria, la energía, los servicios y el trabajo, Dante Sica, había salido en apoyo de la acérrima defensa de su ex jefe a mantener, en términos reales, el nivel de la paridad con el dólar alcanzada por nuestra moneda, desde que a octubre llevaba devaluado 110% respecto de diciembre de 2017.

Puso de relieve en un reciente reporte que, en consecuencia, Argentina (al igual que Brasil) bajó a la mitad el costo laboral en un año, comparado con los otros países de la región, pero que además haya escalado 10 puestos hasta ubicarse 15° entre 25 países representativos del Ranking de Costo Laboral Unitario Global de Manufacturas (CLU) que elabora la entidad.  

Para la estrategia de Sica, el avance alcanzado en la competitividad es un punto de partida, y de algún modo lo expresa el director de la Unidad de Competitividad de su ex firma, Alberto Schuster, cuando advierte que “de todas formas, tanto Argentina como Brasil siguen siendo países con una estructura de costos elevada y, a la vez, poco productivos, aun cuando los costos laborales hayan disminuido 50% en dólares respecto al promedio del año pasado”.

Desde este precario equilibrio que excluye las actualizaciones paritarias que se negocian, la perspectiva de balanza comercial estimada por institutos privados como Ecolatina, entre exportación de cosecha e incidencia de una mejor performance brasileña, apuntaría a US$4.500 millones el año que viene.  

De tal modo que ese saldo positivo, luego de los US$8.300 millones en rojo de 2017 que descenderán a la mitad este año, encierra un condicionante no menor: que el intercambio de bienes y servicios, en realidad, caerá 1%, y que se debe principalmente a la reducción de las importaciones causada por la recesión, ya que el 80% provienen de la demanda de bienes de capital para la producción, insumos para la industria, piezas y partes y energía, según pondera el titular de DNI, Marcelo Elizondo.

Sica tiene por delante el desafío de administrar, a partir de este piso, los vasos comunicantes entre competitividad para reinsertar a la Argentina en el comercio exterior y consumo interno.

En estos momentos, en la Secretaría de Trabajo que le deja Jorge Triaca, se acumularon expedientes de las paritarias con denuncias de actualización de unos 80 gremios que habían cerrado con los topes de 15 y 25% que la inflación aplanó durante el año.

Una parte de ellos contiene preacuerdos entre sindicatos y cámaras empresarias que llevan los incrementos salariales del 40% en adelante, pero que quedaron supeditados a la negociación de pago del bono de compensación de los $5.000 decretado por impulso del Ministerio de la Producción, ya que está en discusión si será a cuenta o hacia atrás.

El pelotón del 40%, que iniciaron Camioneros, Sanidad, la Asociación Bancaria, los petroleros y judiciales, se seguirá conformando en breve con la Unión Obrera de la Construcción (Uocra), los gastronómicos, los encargados de edificios (Suterh) y Obras Sanitarias, que son los que ya tienen casi todo abrochado.

De estos 9, sólo 2 (petroleros y logística) repercuten directamente en los costos de balanza comercial. Los 7 restantes pegan sobre lo que sería el mercado interno y la posibilidad de cada sector de trasladar a los precios en pesos.

Para convenios pendientes, como los multitudinarios de empleados de Comercio, que tiene más de un millón de afiliados, y los millones dependientes de los Estados, la entrada al club del 40 es altamente improbable (por la recesión, en el primer caso y por el ajuste fiscal, en el otro).

En otras tradicionales representaciones gremiales que tampoco están cerca de arribar a buen puerto, como la Unión Obrera Metalúrgica, el Sindicato de Mecánicos (SMATA) y la Asociación Obrera Textil, las alternativas son tan dispares, que inspiran a la cartera de Sica a imaginarlas dentro de un desdoblamiento de las negociaciones salariales entre convenciones colectivas y, por aparte, mesas sectoriales tripartitas de Transformación Productiva, como las que se llevan a cabo con los petroleros en Vaca Muerta, las automotrices, las fábricas de maquinaria agrícola, las metalmecánicas en Tierra del Fuego y madera y muebles.

Transformación de los convenios

El ejercicio que se viene desarrollando en esos encuentros consiste en aplicar lo que la  inflación no da lugar a ver en paritarias: que el salario se referencie con la productividad, o sea, que incluya las condiciones de trabajo y flexibilice conceptos vigentes en otras épocas, que principalmente la tecnología y las costumbres han modificado por generaciones desde que se establecieron como conquistas.

La tendencia del comercio registrado de incorporar inmigrantes de buen nivel educativo, como venezolanos o colombianos documentados, responde a que su condición los hace flexibles para adaptarse a los requerimientos patronales sin anteponer reglamentaciones contenidas en aquellos convenios que vienen de largo, ni acudir a los delegados, como sucede en general con los nativos.   

Pero por otro lado, otro de los escollos más difíciles de sortear para acercar posiciones en la práctica lo ha estado constituyendo la presión impositiva, ya que se ensaña con los más expuestos al ojo fiscal: no sólo saca de competencia a las empresas respecto del mercado internacional, sino que a los propios trabajadores les aumenta desproporcionadamente la participación contributiva en ganancias y bienes personales de cualquiera mejora.

Prueba de ello es ni el bono de compensación se salva de tributar para una parte significativa del padrón receptor.

Sica podrá opinar, y por ahora con mucha fuerza, en cuestiones de la producción de los lados empresarial y laboral del mostrador, pero para saber de paridad cambiaria se requiere preguntarle a Guido Sandleris y de impuestos, a Nicolás Dujovne, los dos grandes ausentes en las mesas sectoriales.

Pero le sirve de mucho a su cruzada el Ranking de Costo Laboral Unitario Global de Manufacturas, difundido por su ex Abeceb, porque se enfoca en los sectores industriales dedicados a la transformación de materias primas en productos manufacturados, elaborados o terminados para su distribución y consumo, sin incluir agricultura, minería, petróleo y gas no industrializado y construcción.

Al comparar los 25 países de la muestra, Taiwán aparece como el más competitivo en costos manufactureros, seguido por Indonesia, México, Tailandia y China.

Los puestos finales son ocupados por Francia, Brasil, Italia, Suiza y, por último, Australia.

Argentina, que en 2017 figuraba como el de más alto costo laboral unitario y el menos competitivo, escaló varios puestos luego de la devaluación pero habrá que ver a partir de ahora cuál será la nueva relación que se vaya estableciendo entre tipo de cambio y costos salariales.

Advierte la consultora que “el camino hacia una economía competitiva e integrada al mundo es largo y debe superar los problemas estructurales que tiene el país”.

Y que, entre ellos, se debe avanzar en la modernización de la regulación laboral que “es una de las prioridades para reducir costos ineficientes, mejorar la productividad y atacar la elevadísima tasa de informalidad que actualmente deja a más de un 30% de los trabajadores en una situación de vulnerabilidad”, según subrayó Schuster.

En esta etapa de ajuste fiscal y de procesos judiciales por corrupción en la obra pública, subsisten otras cuestiones pendientes, como la infraestructura que quedó casi paralizada, lo mismo que el abastecimiento de insumos energéticos a costos competitivos y tasas de interés, así como la conformación de un mercado de capitales y una estructura impositiva razonables que permitan profundizar la política comercial de integración al mundo.

La prédica del equipo de Sica que quedó fuera del gobierno es que, estructuralmente, existe una correlación entre la competitividad de un país y su nivel de productividad.

Y apoya en los datos del ránking del costo laboral unitario la afirmación de que un país es más productivo que otro cuando, mediante la combinación de factores de capital, trabajo y eficiencia en el uso de esos factores, obtiene un mayor producto por unidad de trabajo.

 

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