Obviamente, la reacciones corporales y sensoriales dependerán de cada persona, asimismo de la frecuencia con la que tenía encuentros apasionados en la cama.
Por ejemplo, si una persona está habituada a tener sexo cada día, es normal que si esa actividad desaparece de repente, reaccione de una manera determinada ante el cambio de una costumbre habitual.
En primer lugar, destacaremos que el hecho de no tener ninguna sesión de sexo durante un tiempo puede afectar negativamente a nuestra autoestima, así lo afirma la sexóloga Rosa Sanz. Hecho que, al igual que el mal humor, es más frecuente en mujeres que en hombres, tal cual reseña un estudio Norberto Litvinoff.
El hecho de querer tener relaciones sexuales, pero no poder practicarlas puede causarnos mal de humor y no sentirnos a gusto con nosotros mismos. Esto nos puede llevar a períodos de estrés, vinculados con la obesidad, ya que la falta de sexo puede llevarnos a no preocuparnos tanto por nosotros; descuidamos nuestra imagen, comemos peor y hacemos menos ejercicio.
Además, los orgasmos nos producen endorfinas y oxitocina, y éstas nos ayudan a rebajar el estrés o a dormir mejor. Sí, sabemos que se puede disfrutar del sexo en solitario, pero el conflicto se genera en la necesidad que tenemos de sentirnos deseados.
Digamos pues, que la abstinencia no deseada de la actividad sexual influye directamente en nuestra calidad de vida. Existen investigaciones que relacionan una vida sexual satisfactoria con una mayor longevidad o que incluso apuntan que las relaciones sexuales frecuentes (dos veces por semana o más) están asociadas con una menor incidencia de eventos coronarios fatales, así como con una mayor delgadez.