Basado principalmente en un estudio sobre Europa occidental en los siglos 19 y 20, Daniel Ziblatt ofrece convincentemente una respuesta sorprendente y perturbadora: la variable más crucial en la predicción del éxito de una transición democrática es la auto-confianza de las elites incumbentes. Si sienten que les será posible competir bajo las condiciones democráticas, aceptarán la democracia. Si no lo sienten, no la aceptarán."
Frum explica que en un país, los que no son ricos siempre son más que los ricos (mayoría sobre minoría). La democracia tiene la caracterísitca de permitir que la mayoría corra del poder a la minoría -un prospecto profundamente amenazante para la minoría-. Si la minoría posee riqueza y poder, pueden responder a este prospecto resistiéndose a la democracia antes de que llegue -o saboteandola después-.
Casos de estudio: Gran Bretaña y Alemania
Ziblatt centra su investigación en dos países: Gran Bretaña y Alemania, y luego aplica sus conclusiones a toda Europa occidental.
En Gran Bretaña, a diferencia de Alemania, fue posible la formación de partidos políticos conservadores fuertes. Los conservadores británicos consiguieron construir una organización partidaria robusta que atrajo los votos de personas de clases media y baja atraídos por valores nacionalistas y religiosos. También fue esto posible en Suecia, Noruega, Dinamarca, Bélgica y Holanda. En esos países, "una vez que la democracia había sido extendida, nunca más fue seriamente cuestionada por las elites, aún cuando les cobraban impuestos altísimos", explica Frum.
"Pero definitivamente esta no es la historia del resto de Europa, más específicamente de Alemania. Tampoco es la de Italia, España, Portugal, Grecia y otros. Ni la de América Latina y el mundo árabe", explica Frum. En el caso alemán, refleja Solomon, tras la unificación del país en 1870, todos los hombres tenían la posibilidad del sufrafgio, pero eso importaba poco. El Partido Conservador Alemán, la voz del semi-autoritario káiser, se aferraba al poder a través de un esquema elaborado de manipulación electoral y sistemas de votacion diferenciado que otorgaba demasiado valor a la voz de las elites. Eso permitió a los conservadores manejar el país hasta la Primera Guerra Mundial sin mucho mandato popular. Su "poder en el Reichstag contrastaba con su impotencia organizacional", explica Solomon.
"Construir un partido político que gane votos es un trabajo duro, que otorga muy pocas garantías de éxitos futuros -explica Frum-. Las elites incumbentes pre-democracia, precisamente porque eran incumbentes, eligieron otras opciones que parecían más fáciles de ejecutar y aparentemente más probables de tener éxito, que competir democráticamente:
-Construir instituciones específicas para proteger sus intereses
-La manipulación electoral y la corrupción
-La represión directa."
La Alemania imperial recurrió a los tres, explica Frum. "Las elites de la Alemania imperial controlaban el Estado sin la necesidad de ganar elecciones -y eso les enseñó a no confiar en toda la empresa electoral. Debido a que no necesitaban ganar elecciones, no construyeron partidos fuertes. Y la ausencia de partidos fuertes, controlados por políticos que buscaban ganar el máximo número de votos, dejó a la derecha alemana de antes de 1914 y después de 1918, expuesta a 'grupos deinterés externos' que 'rápidamente y fácilmente se llevaron puestos los partidos débiles e institucionalmente porosos", explica Frum.
"Mientras que los políticos pragmáticos al frente del Partido Conservador británico podían contenter a los activistas motivados ideológicamente, los Conservadores alemanes sucumbieron a ellos. Los exitosos Conservadores británicos podían mirar a los gobiernos laboristas como desagradables pero en última instancia, intervalos temporarios. Los Conservadores de la Alemania imperial experimentaron la pérdida de control del Estado tras 1918 como una catástrofe irrecuperable con la que no se podían reconciliar."