De todos modos, y tanto privatizando como más tardes reestatizando, han transcurrido más de 3 décadas y otra vez se debate acerca de la muerte del peronismo, la disputa por sellos de goma y representaciones institucionales.
En días de Menem -y el abogado exministro de Trabajo, Rodolfo Díaz, podrá dar cuenta de ello-, se intentó modernizar las ideas tradicionales del peronismo, acumulando mesas redondas, coloquios y seminarios que propiciaba el Consejo Nacional del Partido Justicialista, y todo resultó un fracaso. Velozmente todo se concentró en reelección sí vs. reelección no, y resultó casi lógico porque el peronismo es precisamente eso, una cuestión fáctica sobre el ejercicio del poder, y el resto es discutible.
Por diferentes motivos, muchos de ellos consecuencia de errores propios, desde que 'los Eduardo' (Menem, Bauzá y Duhalde) derrocaron a Cafiero del Consejo Nacional del PJ, Carlos Menem fue clausurando el sello de goma aunque lo dotó de sede nueva, en la calle Matheu. Allí intentó hacer pie, progresivamente, Eduardo Duhalde, en especial después de escapársele la tortuga (el Pacto de Olivos).
Hasta que Néstor Kirchner le arrebató el PJ bonaerense, Duhalde creía en las cuestiones 'orgánicas' (un concepto muy sindical, del léxico de Lorenzo Miguel), mientras que Menem se refugió en la idea del "movimiento" que trasciende al partido, un concepto que le explicaron provenía de Juan Perón.
En 2003, Duhalde descubrió que, pese a todo lo que había batallado dentro del Consejo Nacional del PJ, Menem todavía podía ganar un comicio partidario. Con problemas con el carisma, Duhalde nunca logró el reconocimiento que esperaba: siempre será el senador nacional a cargo que ingresó al Ejecutivo por la ventana, y el peronista que tuvo que dividir al peronismo para derrotar a Menem, aceptando pagar otro costo no menor que fue el invento de Kirchner. La oportunidad fue el Congreso de Lanús, cuando nacieron los 3 peronismos: el de Menem, el de Duhalde que luego se lo quedó Néstor, y el de los hermanos Rodríguez Saá.
Ya en el poder, Néstor y Cristina Kirchner -quienes con su minúscula línea interna partidaria La Corriente habían amenazado con irse Elisa Carrió- intentaron imitar a Álvarez y considerar al peronismo como una etapa superada. Al igual que Álvarez, lo hicieron por despecho.
Sin embargo, los intentos fallaron en las convocatorias a Parque Norte que organizó Cristina, y luego Néstor fue informado por las encuestas que sin el peronismo no ganarían los comicios 2005.
Entonces, ellos, con disgusto, revisaron la estrategia. Pero, para darle una impronta propia, promovieron un pastiche, una suerte de 'kitsch' llamado Frente para la Victoria, adaptación nacional del Frente para la Victoria Santacruceña que los Kirchner utilizaron en Santa Cruz para incorporar a José Ramón Granero, el vicegobernador desarrollista que había traicionado al gobernador peronista, Ricardo Jaime Del Val, y permitió así el arribo de Néstor a la Gobernación.
La mayoría del peronismo aceptó la decisión de los Kirchner, ingresaron al pastiche, a cambio de los beneficios que concede el poder fáctico, y así permanecieron durante años. Sin duda que, si funcionara el nuevo experimento de Cristina (Frente de Unidad Ciudadana), nada cambiará porque el peronismo fue/es/será diferente al Partido Justicialista.
En el peronismo, quien puede garantizar el triunfo, y en especial si lo consigue, tiene privilegios y atribuciones amplias a cambio de que invite a todos o casi todos al banquete. Resulta muy interesante que el concepto sorprenda a unos y escandalice a otros. Más llamativo es que provoque elucubraciones acerca del final del peronismo, que soportó la convivencia en el mismo espacio de José López Rega y Mario Eduardo Firmenich.
Peronistas se declararon Augusto Timoteo Vandor y Raimundo Ongaro, José Ignacio Rucci y Casildo Herreras, Rodolfo Galimberti y Jorge Triaca (padre), Carlos Corach y Aníbal Fernández, Rodolfo Walsh y Ángel Federico Robledo, Gustavo Menéndez y Raúl Othacehé.
Las únicas dudas siempre estuvieron acerca de Cristina Fernández de Kirchner, aunque la secunda una organización llamada La Cámpora y hoy día desespera por el voto peronista del Gran Buenos Aires; y de Sergio Massa, quien cargará con el estigma hasta que no defina con más precisión de qué trata su Frente Renovador.
Por lo tanto, CFK puede dejarle el PJ a Florencio Randazzo, y volverlo a tomar si ella prospera en su iniciativa, para armar toda una épica al respecto. No sorprendería a ningún peronista, en el marco de partidos políticos sin representación ni contenido.
No hubo reforma política, no existieron las reorganizaciones partidarias, y en el propio PRO se hicieron esfuerzos desesperados para impedir la realización de una elección de normalización en su estructura en la Provincia de Entre Ríos, ¿por qué se le pediría al PJ/peronismo que resuelvan su entuerto?
Siempre fue muy imprecisa la definición de peronismo, y probablemente esa es su fortaleza: así, cualquiera puede ser peronista. Y deberían reflexionar los del PRO cuando, para controlar la zona Sur de Ciudad de Buenos Aires tuvieron que incorporar y concederle amplias atribuciones a Cristian Ritondo, hoy ministro de Seguridad bonaerense que quiere volver a ser legislador.
Es ridículo que se escandalice el PRO (el resto de Cambiemos no interesa. La UCR no es el radicalismo y Elisa Carrió es sólo ella, la Coalición Cívica-ARI carece de relevancia en la estructura de gobierno), denunciando el "populismo" peronista cuando nació de un club de fútbol que afirma ser el más popular (Boca Juniors) y expulsó a su cofundador, Ricardo López Murphy, porque no entendía cómo ganar una elección.
No se trata de ver la paja en el ojo ajeno sino de comenzar a pagar las deudas que acumula esta democracia. La reorganización de los partidos políticos es una de tantas. Mientras no se concrete algo de todo lo prometido, este debate es irrelevante.