Precisamente, hay algo de Lousteau en el 'raje' anticipado de Malcorra: le han dicho al Presidente que ella contrató a muchos radicales porteños, simpatizantes de Enrique Nosiglia, el hombre detrás de Lousteau. Y ahora esos contratos entrarán en revisión porque Macri cree que él no tiene por qué mantener a la gente de Nosiglia/Lousteau, un binomio que no aceptó la miserable oferta del PRO y decidió competir en Ciudad de Buenos Aires. La ferocidad de Macri ante quienes lo desafían ya la probó alguna vez Gabriela Michetti, hasta que la rehabilitaron temporariamente por necesidad.
Ya que estamos en el capítulo del malhumor, hay que mencionar que Malcorra estaba harta de Fulvio Pompeo: el asesor de Peña se involucra en todos los nombramientos del área exterior, sin ser funcionario de la Cancillería.
Todos saben que Pompeo no existe por sí mismo. Él es un personaje al que no le da para canciller pero representa a Marcos Peña, y eso vale muchísimo en el gobierno de Cambiemos (bah, del PRO). La Administración Macri cree de verdad en el poder delegado, una confianza que intentará demostrar en las urnas de Provincia de Buenos Aires en octubre: pedirá a los electores que sufraguen por alguien que carece de caudal propio sino que representa el poder de María Eugenia Vidal.
Ahí aparece una complicación para el esquema: Vidal puede llegar a tener vida propia, y por eso es necesario que su victoria sea la de Macri, tal como la de Elisa Carrió en Ciudad de Buenos Aires. Es el motivo del 50% del trabajo de Jaime Durán Barba. El otro 50% es la imagen del Presidente. Por ahora, le resulta difícil: Vidal goza de autonomía que no la tiene Marcos Peña, otro que no existe por sí mismo sino porque él es Macri.
Curioso el Presidente: se asemeja demasiado a Néstor Kirchner tanto en esa idea de
* no tener plan económico (Néstor respetó el de Roberto Lavagna, hasta que lo expulsó, y luego siguió con su famosa 'libretita de almacenero'; Cristina ni siguiera tenía un anotador. Tampoco Macri), y
* no tener ministros con capacidad de decisión propia.
En días de Néstor, había subsecretarios con más poder que sus ministros porque él los llamaba directamente y les pedía información o les daba instrucciones, sin importarle los ministros. En días de Mauricio, los ministros tampoco importan porque para eso están Marcos Peña, Mario Quintana y Gustavo Lopetegui, o alguno de los asesores de ese esquema.
Por ejemplo, Pompeo para la política exterior. Él propuso a Jorge Látigo Faurie.
Es un esquema de gestión bien diferente al de Carlos Menem o el de Raúl Alfonsín, quienes tuvieron ministros con gran poder. Mauricio y Néstor padecen complejos y desconfianzas similares. CFK tampoco fue diferente, tal vez sólo la discípula que superó al maestro.
Una lástima para la Argentina esta decisión de sus líderes de concentrar todo en la mediocridad, de impedir los espíritus brillantes, de prohibir el debate interno, de descreer de la sinergia y de suponer que un debate o una elección primaria es un golpe de Estado o, peor aún, una anarquía. Demasiado frágil todo. La democracia sigue en transición, y parece que por tiempo indefinido.
Para el final, y volviendo a Malcorra: el pez por la boca muere. ¿Cuál era la urgencia de anticiparle a Macri con tantos meses de anticipación que pensaba retirarse? Una bebé. Ahora se entiende cómo fue que perdió la competencia por la Secretaría General de Naciones Unidas.