> El volumen II contiene Decir mi nombre, de Delfina Korn; y Perfectamente legal, de Lucas Videla, que son dos historias gemelas. En ellas, los protagonistas, aunque diametralmente opuestos (una adolescente punk nacida en Vicente López y un estudiante de Derecho que veranea en Punta del Este) narran cómo una historia de amor los coloca, de golpe y porrazo, en la dura realidad de ser adultos.
> El volumen III, de próxima aparición, reunirá 3 diarios: Diario de las plantas, de Cecilia Perkins; El cuaderno amarillo, de Leonel Livchitz; y Orden, de Damiana Díaz-Reck.
“Decir mi nombre”, de Delfina Korn
Dentro del volumen II, que se concentra en experiencias del primer amor, aparece “Decir mi nombre”, la primera novela de Delfina Korn.
Al principio, la novela parece la historia de una chica enamorada, pero de inmediato se descubre que es algo más: una ventana que se abre para mostrar al lector el mundo de una adolescente que, hacia al final de la novela, vivirá el primer día de adulta de su vida. Así que es una novela de aprendizaje.
Al terminar de leerla no podemos dejar de preguntarnos ¿cuál es la fuerza que, minuto a minuto, transforma nuestra vida y nos hace llegar a lugares inesperados, muchas veces queridos, muchas veces de locura o hastío, con más o menos participación de nuestros deseos manifiestos? ¿Es posible achacar nuestro destino a la influencia terrible de un amor no correspondido? Es un texto muy intenso, y al mismo tiempo se lee en un par de viajes de subte.
En esta novela se cumple lo más interesante del género, que es tener la capacidad de agrupar aventuras, escenas y personajes de verdad memorables, con gran sentido del humor, y por momentos tan intensos que desplazan a la narradora. El cruce de voces es de un efecto totalmente real: un primo drogadicto, una excéntrica mejor amiga con prontuarios policiales, la abuela de origen alemán que domina a todos con gritos y regalos, y algunos personajes siniestros del bajo, que llegaron a la literatura argentina para quedarse, en el sentido de que comparten cartel con lo mejor de la tradición arltiana. La novela logra recapturar el ritmo de ver y escuchar, y de ser vista y escuchada que es propio de una chica de 17 años.
Las primeras páginas comienzan con grandes gestos de escritura: cartas, diarios íntimos y poemas de una casi niña, que opta, al final, por la contemplación pensativa, frente al espejo, de su transformación, de su metamorfosis en una joven mujer. Por eso es, claramente, una novela de aprendizaje, donde se muestra la endeble, delicada supervivencia que se juega al atravesar esa barrera que coloca a una niña en la vida adulta. Hacia la mitad de la novela, la protagonista observa su cara en el espejo de un ascensor: detesta su nariz, reniega un poco de su religión y detesta decir su nombre. Y al final, esa mirada vuelve, se interroga frente al espejo y nos hace vibrar de nuevo con la incógnita que tan bien se describe a lo largo del libro: ¿qué se despliega al decir nuestro nombre? ¿Quiénes somos realmente?
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