Así como la brecha de género en el acceso al mercado de trabajo es mucho mayor en América Latina que en los países desarrollados, ya que la tasa de participación laboral de los varones es 79% mientras que la de las mujeres es de 56%, hay profesiones, como la medicina, en que la prevalencia de mujeres recibidas sobre los hombres, en una proporción de 2 cada 3) crea desafíos difíciles de resolver, ya que esa característica determina que sea fuerte el arraigo por “quedarse en el lugar donde estudiaron” , lo cual las organizaciones y sistemas provinciales de salud colaboran en agravar todos los síntomas de esta endogamia local.
Esto lo alerta el profesor de Salud Pública de la Facultad de Ciencias Médicas en la Universidad Nacional del Litoral, Carlos Vassallo, en una revista digital especializada: “El déficit de médicos en las localidades más alejadas de los grandes centros urbanos del país es grave y tenderá a empeorar, debido a la feminización de la profesión (dos de cada tres nuevos médicos son mujeres), a las pirámides de edad envejecida en aquellas especialidades más tradicionales como obstetricia, ginecología y traumatología y al aumento de la oferta pública para cubrir centros de salud y hospitales”, diagnostica.
Otra cuestión aún no resuelta que plantea la modernidad es que la globalización produce permanentes cambios de radicación de las compañías, entre países o regiones, en las que los talentos femeninos son mucho más difíciles de trasladar de un lado al otro, porque significaría cambiar de colegios a los hijos y, sobre todo, solucionar cuestiones de tenencia cuando son divorciadas o conseguirles ocupación a la pareja.
En el caso de los hombres, convertirse en nómades resulta menos complicado, o más normal, porque mudan a la familia como una unidad o, si deben hacerlo solos, es suficiente con definir el régimen de alimentos y visitas.
Los avances de la tecnología van forjando una cultura móvil que resquebraja los cimientos de los hogares de la tradicional familia tipo, más bien estáticos y territorialmente arraigados. Virtualiza el sistema de relaciones y profundiza la inequidad femenina para la participación en el mercado de trabajo.
Basado en información publicada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y el INdEC (Instituto Nacional de Estadísticas y Censos), sobre población entre 15 y 64 años de edad, el Instituto para el Desarrollo Social Argentino (Idesa) subraya la propensión de que la mujer tenga que depender económicamente de un tercero. Lo fundamenta en que si sólo la mitad de las mujeres en edad activa tienen una ocupación es porque generalmente la inactividad laboral se origina en la deserción educativa temprana, antes de terminar la secundaria; luego, se consolida cuando no se trabaja durante la juventud y se tienen hijos a edad temprana. Y finalmente, se "solidifica" pasados los 30 años de edad. De modo que, “con bajos niveles de educación y sin experiencia laboral, las probabilidades de conseguir un empleo de calidad son muy remotas”.
También una causa o efecto del desequilibrio apuntado es que haya aumentado la brecha salarial para el empleo no registrado, en donde el porcentaje de mujeres en esas condiciones es mayor inclusive que el de varones, según un reciente informe sobre el panorama salarial de las mujeres en la Argentina realizado por las economistas Mercedes D’Alessandro y Magalí Brosio, quienes señalan que las políticas de empleo implementadas en la última década hicieron disminuir relativamente poco desde 2003 hasta la actualidad la diferencia en las remuneraciones para el empleo registrado.
“En provincias como Misiones, Salta y Chubut la situación se agrava dramáticamente: las mujeres ganan alrededor de un 65% menos que un varón”, afirman las autoras de Las mujeres ganamos menos que los hombres en todo el planeta (y tu mamá, también). Algo similar sucede si nos enfocamos en los trabajadores con estudios secundarios incompletos. Dentro de este segmento -que ya se caracteriza por salarios bajos-, las mujeres reciben en promedio remuneraciones 47% menores que sus pares varones, indican.
Los datos muestran que la participación de las mujeres en el mercado laboral disminuye -por ejemplo‐ a medida que aumenta la cantidad de hijos/as. En Argentina, según el INDEC, las mujeres destinan casi el doble de tiempo que los varones a las tareas domésticas no remuneradas. A su vez, “casi el 90% de las mujeres realizamos estas labores mientras que de los hombres la participación apenas supera el 50%”.
Un argumento también esgrimido para justificar esa posición es que las mujeres “eligen” trabajos peor remunerados, “sin siquiera preguntarse acerca de la segregación laboral, que nos excluye de participar en ciertos sectores económicos que se perciben como más masculinos, limitando nuestras decisiones (fenómeno es conocido como ‘paredes de cristal’)”.
Se indignan D’Alessandro y Brosio ante tal argumentación de quienes no analizan la brecha salarial de género de forma crítica: “Quienes mantienen esta postura parecen olvidar o desestimar que las mujeres partimos de una inequitativa distribución del trabajo doméstico no remunerado, que tiene un gran peso en el por qué muchas veces terminamos dedicando menos horas al trabajo fuera del hogar”, replican.
La OIT (Organización Internacional del Trabajo) aclara que las diferencias en características observables de cada trabajador o trabajadora (factores como educación, experiencia laboral, sector económico, región, intensidad laboral y ocupación) sólo explican un 46,3% de la brecha de ingresos entre mujeres y varones (brecha explicable). ¿Cómo se llamaría entonces al 53,7% restante?
Machismo feminista
No siempre es el machismo del hombre el que determina relegar a la mujer en la cobertura de los puestos de trabajo.
Madeline E. Hellman, una psicóloga que se dedica desde hace muchos años a analizar el papel de la mujer en el trabajo, advierte sobre la existencia de estudios que demuestran que, cuando se encuentra en posición de evaluar los méritos de una persona en el trabajo, las mujeres tienden a devaluar el aporte de otras mujeres.
Cita un ejemplo hipotético para poner de relieve una situación sutil pero cotidiana: “Alicia y Roberto han cumplido con el plazo, el plan de marketing está terminado. Trabajaron juntos muy bien, en colaboración, definieron el mercado objetivo, el programa de lanzamiento del nuevo producto y los diferentes roles y responsabilidades que habría que asignar. Ambos están satisfechos". Y también lo estaba el comité ejecutivo que, desde ese momento en adelante, se refirió al trabajo como "el plan de Roberto".
El problema es común: la mujer no obtiene crédito cuando le corresponde. En estudios que realizó Heilman con la psicóloga y profesora Michelle C. Haynes, descubren que las mujeres que trabajan en colaboración con hombres son repetidamente vistas como menos competentes que sus compañeros varones.
Además, cuando el proyecto conjunto tiene éxito, a las mujeres se las ve como cumpliendo un rol menos influyente en ese éxito, mientras se supone que fueron los varones los que asumieron el liderazgo.
La conciencia sobre los temas de género va ganando espacios cada vez mayores en la sociedad, pero de ahí que se haga algo realmente por cambiar la cultura hay un largo trecho. Ernst & Young, que tiene muchos clientes importantes diseminados por el mundo, ha puesto en práctica una experiencia, a partir de dar una vuelta de tuerca al método Reverse mentoring, o capacitación al revés, y lo aplica al tema de género.
En su versión, empleadas, mujeres, jóvenes y de categorías iniciales en el entramado de una organización son las encargadas de capacitar a sus jefes masculinos en la conducta que se espera de ellos en el siglo 21. Como la caridad bien entendida, empezó por casa: Adrian Edwards, uno de los socios gerentes de E&Y que ronda los 50 años, recibió clases de una hora a la semana de una mujer casi 20 años más joven que él. La firma aplicó este proceso revolucionario de capacitación al revés a todo el equipo de la alta gerencia poniéndolo a cargo de jóvenes voluntarias con mucho potencial para que los asesoraran en una nueva manera de comportarse.
Las "clases" versan sobre el tema de la familia que espera en casa, el uso de lenguaje grosero y obsceno, el uso exagerado del pronombre masculino, la tendencia inconsciente a contratar a personas que se les parezcan y la costumbre de estirar las horas cuando realmente no hay necesidad.
Las investigadoras de CIPPEC aclaran que las mujeres siguen siendo mayoritariamente las responsables principales de la organización del hogar y el cuidado de niños. Según la última encuesta de trabajo no remunerado (INdEC, del año 2013), el 89% de las mujeres realizan trabajo no remunerado en el hogar, porcentaje que disminuye a 58% para los varones.
Asimismo, el tiempo que las mujeres destinan a estas actividades casi duplica el que le dedican los varones: 6,4 horas. vs. 3,4 horas, respectivamente.
Incluso cuando las mujeres “cuidan” de forma remunerada, se ocupan en el sector del empleo doméstico que, a pesar de las mejoras en su formalización, sigue evidenciando condiciones más precarias de trabajo que otros sectores ocupacionales.
Más importante aún es que, según la Encuesta Permanente de Hogares, a datos del 3er. trimestre de 2012, un 19,6% de las mujeres ocupadas se inserta en este sector, casi todas provenientes de hogares de bajos ingresos.
En el otro extremo de la pirámide, quienes se insertan en sectores más formales enfrentan mayores restricciones para ocupar puestos de decisión. Si bien la participación de las mujeres en estos puestos mejoró en los últimos 20 años, todavía está lejos de lograrse la equidad. Apenas 3 de cada 10 puestos de trabajo en los cargos de jefatura y dirección en el país son ocupados por mujeres.
Es llamativo notar que la mayoría de esas mujeres tiene hijos mayores de 6 años, lo que muestra que existiría cierta dificultad para compatibilizar la tenencia de niños pequeños con una inserción en puestos de gran responsabilidad.
Entre todas las veces que el papa Francisco abordó la temática, se ajusta mejor a este análisis lo que dijo en ocasión del seminario internacional de estudios promovido en Roma por el Pontificio Consejo para los Laicos, titulado Mujeres y Trabajo, cuyo objetivo fue indagar causas y consecuencias de la actual dicotomía entre exigencias familiares y organización del trabajo: “Es necesario afirmar el papel insustituible de la mujer en la familia y en la educación de los hijos, así como el aporte esencial de las mujeres trabajadoras en la edificación de estructuras económicas y políticas ricas en humanidad”.
En el cónclave se analizaron y consideraron caminos para salir del out-out en el que se encuentran hoy muchísimas mujeres, y se propusieron soluciones innovadoras hacia un y-y que permita conjugar compromisos de trabajo y familiares. Se consideraron propuestas para una mayor valoración del trabajo femenino, de modo que se superen las discriminaciones de que son todavía objeto las trabajadoras – como la penalización de la maternidad y la desigualdad de salario-. Se reflexionó además sobre cómo destacar el insustituible servicio que sólo el genio femenino sabe ofrecer al género humano, para el crecimiento de cada persona y la construcción de la sociedad.
Sobreexigencia educativa
Otro de los ejemplos que suelen esgrimirse en las denuncias sobre discriminación es que se exige a las mujeres acreditar mayores niveles de formación para insertarse en un empleo. El 30% de las mujeres que trabajan tiene educación superior, contra un 15% de los varones.
Las mujeres permanecen más tiempo en el sistema educativo, pero aun cuando ellas tienen mayores credenciales educativas, la brecha salarial sigue siendo importante.
El salario promedio de los varones según el Ministerio de Trabajo es 31% mayor que el de las mujeres. Si se tiene en cuenta el nivel educativo, la máxima brecha salarial se encuentra entre los asalariados que han completado la primaria (30%), mientras entre quienes tienen educación superior o universitaria completa esta brecha se reduce al 18,6%.
La conclusión a la que llegan Gimena de León y Olivia de Achaval, investigadora asociada y analista del Programa de Protección Social de CIPPEC, es que, a pesar de los avances logrados en la última década en términos de inclusión social, la mejora en la inserción laboral de las mujeres es un desafío pendiente que requiere la intervención de políticas que aborden el tema desde sus múltiples dimensiones.
Una mayor y mejor participación de las mujeres en el empleo remunerado exige un Estado presente que invierta en cuidados y que posicione el empleo femenino como prioridad, acompañando este objetivo con políticas activas que amplíen el horizonte de posibilidades de desarrollo para las mujeres.