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El largo ocaso de Isabelita

María Estela Martínez de Perón ni siquiera es recordada con su nombre real. Para la mayoría sigue siendo 'Isabelita', una mujer ubicada en un lugar y en un tiempo para el que no estaba preparada sólo por ser la viuda de Juan Perón. Pero el fundador del peronismo o no supo o no quiso o no pudo preparar su legado. Su 3ra. mujer caminó directamente hacia el llamado 'Proceso de Reorganización Nacional', el golpe de Estado cívico-militar que llevó a la gran tragedia de los '70/'80. Hoy día, 'Isabelita' tiene 84 años y vive encerrada. Apenas sale de casa. Ni siquiera para ir a la parroquia como acostumbraba en el pasado. Los que se cruzan con ella saben que es la viuda de Perón, la gran desconocida. Una web de Madrid la recordó por estos días. Aquí el contenido:
por MAYKA PANIAGUA
 
MADRID ( Vanitatis). Una mujer delgada, vestida de negro, se sienta ante las cámaras. Lleva unos papeles arrugados y su rostro está pálido. Es 1 de julio de 1974 y el presidente de la República Argentina, Juan Domingo Perón, ha muerto hace unas horas. Nadie esperaba ver a la viuda, Isabel Perón, dirigir un mensaje a la nación. “No le acompañó en el lecho de la muerte. Estuvo en otra habitación preparándose para lo que se avecinaba”, recuerda para Vanitatis, Rosario Álvarez, entonces ama de llaves del matrimonio. Pequeña y de aspecto frágil, parece que va a desmayarse. “Continuaré en la presidencia hasta el final. No quiero ser reelegida y desautorizo cualquier iniciativa para presentar mi candidatura, pero quiero cumplir con el mandato heredado de mi marido”.
 
Se convirtió en la primera jefa de Estado de su país. Entonces conoció el brillo del poder y la soledad de la prisión. Ahora es una anciana de 84 años con los achaques de una mujer de su edad que vive recluida en un chalé adosado de la localidad madrileña de Villanueva del Pardillo. Apenas sale. Ni siquiera para ir a la parroquia como acostumbraba y, cuando lo hace, la acompaña su chófer. Los que se cruzan con ella por la calle saben que es la viuda de Perón, la gran desconocida. La Señora, como la llaman, “no quiere hablar de viejas historias. Ni de su vida ni de política”, nos responden las personas que la cuidan. Isabel quiere seguir en la sombra con sus recuerdos.
 
La vida de la ex primera dama de Argentina es el relato de una niña-mujer que quería huir de su entorno. Dejó la escuela para dedicarse a su pasión: bailar. Con 20 años ingresó en el Teatro Nacional de Cervantes. No logró destacar y aceptó una oferta para irse de gira con el conjunto musical Joe y su ballet. Corría 1955 y María Estela Martínez (nombre real), de 25 años, adoptó el nombre artístico de Isabel. La noche de Fin de Año actuaba en Happyland, un 'night-club' de Panamá. Entre los espectadores, un hombre de 55 años se fijó en la bailarina que movía las caderas al son del jazz y ritmos caribeños. Al finalizar el baile, Isabel recibió un mensaje. El general Juan Domingo Perón, expresidente de la República Argentina en el exilio, quería conocerla y no rehusó la invitación.
 
Compartiendo calle con Ava Gadner
 
Isabel no tardó en preguntarle al general si necesitaba una secretaria. “Sí, pero no tengo dinero”, contestó Perón. “Yo, para usted, trabajaría gratis”. Dejó los escenarios para convertirse en su ayudante y acompañante. “Mentiría si dijera que no sentí tristeza al dejarlo, pero algo demasiado importante se cruzó en mi vida”, escribió en uno de sus cuadernos, a los que ha tenido acceso Vanitatis. 
 
Sin rumbo fijo, buscaron un país que les concediera asilo político. La solución la sugirió el entonces embajador argentino en la República Dominicana. “¿Con lo que ha hecho usted por el pueblo español por qué no va a España? Así se hizo”, explica Mario Rotundo, amigo personal y ayudante del general. Corría 1960. Esperaban que Franco aceptara su petición de residir en Madrid, pero él no quería verles en público y envió a una actriz como emisario para ofrecerle un piso en la calle doctor Arce, en el mismo edificio en el que vivía la actriz Ava Gardner.
 
Allí permanecieron hasta que les cedieron una casa en Puerta de Hierro que bautizaron como ‘17 de Octubre’, la fecha fundacional del peronismo. Entre aquellas paredes gestarían el regreso del político al poder. “Allí pasamos una vida dedicada al bien común, llena de sacrificios, sinsabores, privaciones… Allí teníamos nuestro hogar, donde nacieron nuevas esperanzas y deseos de seguir sirviendo a los intereses de la Nación. Por allí desfilaron argentinos de todos los matices políticos”, escribió con su propia letra Isabel. Años difíciles, de soledad y penurias económicas. Rosario recuerda cómo el general pasaba las horas en su estudio escribiendo y grabando discursos políticos. Isabel se convirtió en la esposa silenciosa y obediente, siempre en la sombra. Era una mujer de contrastes, de altos y bajos. “Cambiaba de ánimo según soplara el viento. Cuando pasaba cualquier cosa, se ponía muy nerviosa y pedía que la dejaran sola”, retrata Rosario. Le gustaba mostrarse con Perón e insistía para que la acompañase de compras por la calle Serrano o al cine a la Gran Vía.
 
“Él no quería casarse. Temía que los argentinos pensaran que había abandonado a Evita. Estaba empeñado en recuperar su cadáver, robado años antes de la tumba. Florez Tascón, su médico y amigo, lo convenció: Tú lo que tienes que hacer es casarte y ya aparecerá. Desde ese día, ella nos pidió al servicio que la llamáramos Señora”, concluye Rosario. “No tenían un duro –dice Mario–. Isabel se enfadaba porque el Seat que conducía la dejaba tirada a mitad de camino o porque no podía ir a la peluquería o comprarse unos zapatos. Alquilé una estancia en la Gran Vía para que Perón tuviera una oficina, una sede para sus negocios. Yo regentaba una distribuidora de libros y me hice cargo de la edición de una revista”. Isabel fue una de las “redactoras”. Con el seudónimo de MAESMA (María Estela Martínez) escribía una columna de opinión en la que trataba asuntos de mujeres como la celulitis, las dietas… y por la que cobraba 40.000 de las antiguas pesetas.
 
Los años del exilio
 
La relación entre Perón y Franco era nula. “Pilar Franco, su hermana, se interesó por la situación de la familia a través del cantante argentino de tangos Carlos Acuña. Este me comentó si sería posible limar las diferencias entre ellos y le sugerí que concertara una reunión entre Isabel y Pilar. De mujer a mujer sería más fácil”, recuerda Mario. Isabel la invitó a su casa. Fue una charla de mujeres. Un primer paso para que Pilar se convirtiera en la aliada que fue más adelante. A la señora de Perón le esperaba un reto más importante. Perón tenía prohibido pisar suelo argentino, pero seguía siendo el líder del movimiento peronista. Necesitaba un emisario que hablara por él. 
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Ese papel lo asumió Isabel. Viajó a Argentina para retomar el diálogo con el partido, participó en mítines y se reveló como una mujer incansable, entregada, que soñaba con reencarnar el mito de Evita. Pero Isabel no era Evita, la líder de los “descamisados” que promovió los derechos de los trabajadores y el acceso al voto de la mujer. Isabel era la voz del pensamiento político de Perón, sin autonomía e ideas políticas propias. 
 
En una carta de Isabel escrita a su marido desde el hotel Intercontinental de Génova le dice: ‘Tengo mucha fe y grandes esperanzas. La gente es seria y de una vez por todas sabremos qué hay y qué no hay. De todas maneras las cosas las hemos hecho cuidadosamente, desconfiando hasta de nuestra sombra. (…) En cuanto a mi salud, me persigue con una botella de vitaminas y yo, como siempre, protesto. Ya como y duermo mejor. Sabes que soy una pila de nervios y, sobre todo, responsable. Bueno, choti. Muchos besos de tu gordita (ja, ja)”.
 
Perón regresa triunfante a su país en 1973 e Isabel asume el cargo de vicepresidenta. Intentaron “crear una segunda Evita”, pero no tenía su fuerza, su rebeldía y tozudez. López Rega, el Brujo, convertido en ministro, hizo el resto. Tenía la influencia de un “sacerdote” sobre Isabel. Fue su mejor etapa. Viajó en representación del Gobierno a Ginebra, Roma o a Madrid disfrutando de cenas y recepciones privadas con Franco, los príncipes de España, el presidente Andreotti o Su Santidad Pablo VI. 
 
El general muere el 1 de julio de 1974 e Isabel ocupa su puesto. “No era fácil sustituir a Perón. Quise renunciar a la presidencia cuando falleció, pero no me dejaron. Dijeron que me ayudarían. No contaron con que yo no sería una mujer manejable. A partir de ahí, Isabel Perón les dejó de convenir. Había que atacarla, difamarla. Puedo decir con orgullo que no abandoné mi puesto a pesar de las presiones, aún sabiendo lo que ocurría”, se lee en sus notas. Prometió no cambiar la política de Perón, pero no cumplió. Cambió el Gobierno por uno más conservador y dio carta blanca a los militares. En este endurecimiento, tuvo mucho que ver el Brujo, su gurú espiritual. No vacilaba, ni siquiera, ante Isabel, que sufría frecuentes ataques de nervios. Cuenta un “ayudante” “que llegó a abofetearla. La escena no se repitió. Los escoltas de la señora amenazaron con matarlo si volvía a repetir la agresión”.
 
Los grupos políticos retiraron el apoyo a Isabel, que no afrontó la crisis y mostraba debilidad en comparecencias en televisión en las que pedía paciencia por la mala gestión de sus ministros: “Al fin y cabo, son buenos”, intentaba justificar. Las luchas internas crecían mientras ella seguía con su actividad pública: audiencias, viajes, discursos... Isabel presidió consejos en los que se aprobaron decretos en virtud de los que se mató y aniquiló. El 24 de marzo de 1976 un golpe de Estado acaba con sus 20 meses de gobierno. Era una mujer enferma, agotada, sin amigos ni aliados. Hasta su gurú espiritual había huido. “Los militares irrumpieron en la casa de los Olivos. A mí me dijeron que la señora había pedido que cogiera ropa y a sus dos perros. Nos llevaron a la residencia militar El Messidor. Ella siempre tenía frío. No había revistas, ni libros. Nada. Rezábamos rosarios a todos los santos. Me confesó que nunca había pensado terminar de esa forma. Lloraba mucho. No había nada que hacer y les pidió que la dejaran pasear. Tiraba flores al lago: una por mí, otra por ella y otra por el pueblo argentino”, recuerda Rosario.
 
De nuevo a Madrid
 
Tuvo que enfrentarse a cinco procesos judiciales y la condenaron a siete años y once meses de prisión por malversación de fondos públicos, por aceptar regalos –joyas y cuadros– de directivos del banco de Buenos Aires y por apropiarse de un inmueble en nombre de su partido. “Nunca tomé un céntimo de nadie y mucho menos de las arcas de mi país”, escribió años después. Pronto la trasladan a la finca que Perón tenía en San Vicente. Isabel está en su casa. Pasaba las horas trabajando en el jardín, restaurando muebles y encuadernaba libros en mal estado. Su salud empeoró. “Sufría crisis nerviosas. Intentó suicidarse. Me pidió que fuera a por un rosario que le había regalado el papa Pio XII. Cuando regresé, no la encontraba y había una caja de Valium vacía. Me pidió que la enterraran con el anillo y el rosario. Llamé a los médicos”, relata su ayudante. 
 
El general Videla la dejaba libre el julio de 1981. Tiene 50 años y solo había cumplido cinco años de su pena. Isabel volvía a España con Pilar Franco que fue a Argentina para acompañarla en su regreso. Dos maletas para su nueva etapa. Se instaló en un piso cercano a Los Jerónimos y se acostumbró a una vida solitaria y asceta. Su mente fallaba. “Una noche me llamó y me pidió que me llevara de su piso el sudario de Evita porque desprendía luces blancas y azules. Me gritaba: ‘Quítamelo, quítamelo de aquí’, relata Mario.
 
Ella habla de aquellos años en un borrador: “Soy muy conservadora para todo. Me gusta volver siempre a los mismos lugares, comprar en las mismas tiendas y que me atiendan las mismas personas. Cuando vivía con Perón era asidua de la calle Serrano y de la cafetería California, donde iba a comer o desayunar. Si era posible, nos sentábamos. Me gustaba leer mucho, ir a conferencias de todo tipo para enriquecerme y escribir. También me gusta el teatro y el buen cine. Conocer el mundo, sus pensamientos y sus costumbres. Me gusta la moda. No hay que ser frívola para vestir bien, ir a los desfiles y opinar sobre un tema tan femenino y que nos gusta tanto a las mujeres. No olvido el deporte. Recorro todos los días diez kilómetros. Como el general Perón ya no se encuentra, no puedo practicar esgrima. Éramos una pareja muy completa”. 
 
No volvió a casarse aunque mantuvo algunas relaciones sentimentales. A lo largo de estos años, ha mantenido contactos con algunos políticos argentinos a los que ha ofrecido su ayuda. Como ha confesado, le costó caro embarcarse en la vida política. “Lo intenté con mi mejor voluntad y con buena intención. Me preparé, pero no fue suficiente. Hay personas que no estamos a la altura de las circunstancias, pero es el destino. Quizás si lo hubiera sabido antes, me hubiera preparado mejor. He pagado un precio por lo que represento; por ser quien soy… pero injusto”.
 
Pocas veces se la ha visto después. En 2007 la vimos entrar en la Audiencia Nacional apoyada en su abogado Antonio Hierro para afrontar una nueva cita con la Justicia. Jueces argentinos reclamaban su extradición por varias desapariciones y asesinatos cometidos por la Triple A durante su mandato. Lo negó todo: “No soy más que una humilde mujer con un destino, el que Dios quiso proporcionarme”.

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