En un país en donde cerraron unos 5.000 tambos, casi 1.200 estaciones de servicios y abandonaron sus tareas 95.500 productores agropecuarios, el tema más comentado en los medios es el pase de Mónica López del Frente Renovador al Frente para la Victoria, justo una persona que ya pasó por cinco o seis agrupaciones políticas, que no tracciona un solo voto y que puede causar más daño con su llegada a Daniel Scioli que a Sergio Massa con su partida. ¿Cómo se entiende?
Ocurre que estamos frente a una campaña que comenzó en 2011, cuando Daniel Scioli y Mauricio Macri quedaron con la última oportunidad de postularse para Presidente de la Nación; se acrecentó cuando Sergio Massa se convirtió en el catalizador del rechazo a Cristina Fernández en la Provincia de Buenos Aires; y terminó de tomar forma cuando se comenzaron a cerrar los caminos para un acuerdo que polarizara la elección.
La campaña electoral transcurren como si fueran un reality shows: los candidatos son los protagonistas, se los muestra al lado de la gente (para fingir que son iguales a los votantes, cuando no es verdad), lanzan frases más o menos huecas, más o menos “chispeantes”; pero evitan todo tipo de definición y transitan encerrados dentro de un esquema de conveniencia hacia su votante fiel, el mismo que tienen asegurado desde agosto.
Daniel Scioli dice que está a 4 puntos de alcanzar su meta (ganar en 1ra. vuelta), pero no escapa de su esquema de campaña para salir a buscar a ese grupo de ciudadanos que lo convertiría en Presidente de la Nación. Por su parte, Mauricio Macri dice que está a poco que ingresar en el balotaje que lo convertiría, supuestamente, en Presidente de la Nación. Sin embargo, un día es opositor, otro día intenta ser pseudokichnerista, otro día no habla del “Caso Niembro”, otro día lo minimiza. La duda y no violar los postulados casi “sagrados” de Jaime Durán Barba, lo mantienen tan lejos de su meta como hace dos meses.
Por fin, Sergio Massa, el que muestra la campaña electoral más 'armadita', con un esquema más desafiante, con una cadena de anuncios bien articulados, fue vaciado de dirigentes por la acción combinada de sciolistas y macristas en menos de 2 meses y, ahora, cuando las encuestas del massismo dice que está a un paso de entrar en el balotaje, siguen con el drenaje de concejales, legisladores y candidatos como hace tres meses.
La Unión Cívica Radical, que hace 6 meses se ilusionaba con ganar en 8 provincias, en crecer territorialmente y en convertirse en una de las tres bancadas con mayor cantidad de Diputados Nacionales en un Congreso menos concentrado; está paralizada, lista para estallar en internismo, más interesados en hacer renunciar a Ernesto Sanz a la conducción del partido que en poder ganar algo de poder con Mauricio Macri o María Eugenia Vidal.
En medio de concienzudos análisis sobre la cadena de traiciones partidarias de Mónica López, todos los días se producen novedades en el Caso Nisman, que no pasan de las páginas de Judiciales, como si ya no fuera importante la posibilidad de que un Fiscal de la Nación pudiera haber sido asesinado en la Argentina. Los secundario se impone a lo primordial.
¿Qué motiva hoy a los argentinos a votar? Si el bolsillo es la variable que domina, se entiende que no se hable del Caso Nisman, pero entonces los candidatos presidenciales deberían hablar del cierre de estaciones de servicio y tambos, de los problemas macroeconómicos, del cepo y del déficit fiscal, de la inflación y de los salarios. Los potenciales ministros de Economía deberían ser protagonistas de la campaña, pero hasta ahora, salvo Sergio Massa, la lista de 'candidateables' es tan larga como la de las parejas del “Bailando 2015” y, como en el show de Marcelo Tinelli, cualquiera puede ser eliminado la semana que viene o ser ganador en octubre.
La recesión va camino a cumplir 2 años, el sector privado hace cuatro que no genera empleo, el Presupuesto 2016 impone un esfuerzo de endeudamiento y giro de fondos del Banco Central como nunca antes se ha visto. Y sin embargo no se habla de la cuestión económica como se debería y no hay ataques fuertes y directos hacia la pésima conducción económica que tuvo Cristina Fernández en estos últimos 4 años de gobierno o los 12 de gestión kirchnerista, por si alguien no tiene aún en claro ese balance.
En la semana que un ex ministro de Néstor Kirchner, uno de su máxima confianza, confesó haber recibido dádivas, nadie en Cambiemos o el Frente Renovador salió a recordar que hay más de 500 causas judiciales paradas por casos de corrupción de funcionarios kirchneristas, algo inexplicable en un país con una campaña electoral normal.
A estas alturas, el cansancio de los votantes y el desinterés de los ciudadanos se combinan con candidatos extenuados, comandos de campaña agotados y estrategias repetidas. La única que parece tener la fuerza, la creatividad, la audacia de seguir apostando a jugar fuerte es Cristina Fernández, quien un día anuncia una campaña para castrar mascotas, no duda en usar una cadena nacional para apuntalar la candidatura provincial de su hijo o envía un proyecto de Ley al Congreso, con la seguridad de que será aprobado en menos de un mes y medio.
Desde hace 2 meses, Daniel Scioli y Mauricio Macri pelean por ganar 3 o 4 puntos de intención de votos para alcanzar sus objetivos electorales. Quizás, como sus metas son tan pobres, tan pequeñas, tan limitadas tenemos una campaña pobre, pequeña, limitada. Quizás, en el fondo, la campaña termine por tener el color e intensidad que tienen los candidatos con mayores posibilidades de ganar.
Se extraña le épica de Raúl Ricardo Alfonsín, la incansable gira nacional de Carlos Saúl Menem, el acartonamiento de Fernando de la Rúa, el esfuerzo enorme que hizo Néstor Kirchner para ser electo por Eduardo Duhalde o del implacable máquina del marketing político que se armó alrededor de las 2 elecciones de Cristina Fernández. Pero de liderazgos 'blandos', no podemos esperar más que campañas blandas, discursos blandos, menajes blandos y, cuando llegue uno de ellos al poder, un gobierno blando.