Mauricio Macri debería ser el principal interesado en que sus expectativas no se desborden. El jefe de Gobierno porteño y presidenciable del PRO celebra por estas horas las victorias en Santa Fe -donde un PRO puro ganó las PASO- y en Mendoza -donde se mezcló en una alianza amplia liderada por la UCR.
Macri también desplazó a Sergio Massa de un eventual balotaje con Scioli.
Pero algunos elementos pueden configurar un escenario confuso, que aliente falsas expectativas. Por ejemplo, una seguidilla de triunfos de los referentes provinciales no necesariamente habla de lo que ocurrirá en octubre.
Para probarlo basta sólo con revisar los resultados de 2011. Antes de las PASO, el FpV perdió en Córdoba, Santa Fe y la Capital Federal. Entonces, los análisis ponían en duda la fortaleza de la candidata oficialista a la Presidencia. Sin embargo, en las primarias CFK obtuvo el 51% de los votos, que ascendió al 54% en las generales.
Otro dato a tener en cuenta es, obviamente, el peso de la provincia de Buenos Aires. Ese distrito aporta 4 de cada 10 votos nacionales. Ganar la provincia es una batalla aparte. Y Macri allí no tiene nada. No ha logrado a lo largo de sus años como dirigente forjar una estructura que sostenga su proyecto presidencial.
Distinto es el caso de Sergio Massa, que ha logrado articular una red de intendentes y dirigentes provinciales. Massa no atraviesa su mejor momento como presidenciable y dentro del Frente Renovador -que el tigrense lidera- comenzarían a aunar esfuerzos para que la provincia que ganaron en 2013 no se les escape en 2015 en manos del FpV que observan en recuperación.
Algunos arriesgan que mejor sería que Massa compitiera por la gobernación. El líder del FR por ahora sostiene su sueño presidencial.
Aquí se da la paradoja: 2 dirigentes opositores, uno tiene lo que al otro le falta. Pero las personalidades resultan muy fuertes como para sentarse si quiera a hablar de condiciones. Mientras, el cristinismo se entusiasma.