Los funcionarios oficialistas se llenaron la boca diciendo que se habían hecho más de 100.000 obras públicas y que habían invertido US$70.000 millones, pero nada dijeron de lo que invirtió el sector privado en ese mismo tiempo, ni sobre la falta de viviendas que se perpetúa de generación a generación, ni de la ausencia de obras de infraestructura. Autocomplacientes, se felicitaron ellos mismos por el despilfarro.
Tampoco los privados hablaron de las oportunidades perdidas, del derrumbe de la construcción privada, ni de la destrucción de puestos de trabajo, ni criticaron la errónea decisión de prohibir las transacciones en dólares, ni sobre las carencias que hay en rutas, canalizaciones o urbanizaciones. Fueron tan autocomplacientes como los funcionarios y celebraron los miles de millones de dólares que embolsaron en estos años.
Cristina Fernández también dedicó muchos minutos de su discurso a enfrentar enemigos. “No me van a presionar ni buitres externos, ni caranchos internos”, sostuvo, tejiendo un puente entre los holdouts y el Poder Judicial, a los que sumó a los medios de comunicación no oficialistas y los candidatos de la oposición; ratificando que su rol, en el regreso, fue ocupar el centro del escenario político y disputando el poder con cualquiera que se le ponga delante o que ella crea que la desafía.
Pero lo más grave del discurso de regreso de la Presidente de la Nación es que, luego de casi un mes de ausencia, no hubo referencia a la recesión, a la inflación, a la pérdida de poder adquisitivo del salario, al default, al aumento de demanda de pagos de los holdouts en New York, ni al flagelo del narcotráfico y a ningún otro tema que preocupa a la opinión pública, como si fuéramos un país en el Paraíso, cuando en realidad, parece que estamos entre el Infierno y el Limbo.
Mil veces se ha hecho referencia al autismo y negación de la realidad que tiene el ADN kirchnerista, pero a tal punto llegó la Presidente de la Nación ante el “Club de la Obra Pública” que dijo que no se puede aumentar el Mínimo no Imponible del Impuesto a las Ganancias o las retenciones porque “sin impuestos, no se pueden hacer obras públicas”, mezclando dos aportes fiscales de diferente esencia y peso en el Presupuesto Nacional.
Una cosa es una retención a un producto que se exporta y se vende en dólares a una quita sobre un salario. El primero actúa sobre la rentabilidad, mientras que el segundo opera sobre el ingreso. Y, en el fondo, es injusto que el Estado se quede con una tajada exagerada del fruto del esfuerzo de los productores agropecuarios o de los trabajadores, más cuando hay otras imposiciones fiscales como el IVA o el Impuesto al Cheque que también reduce el poder de compra de las ventas o de los salarios.
Es cierto que las retenciones son claves para enfrentar el inmenso Gasto Público de la Casa Rosada, todo lo contrario que el Impuesto a las Ganancias, que no afecta en forma significativa el total de la recaudación anual, lo que permitiría un comportamiento diferencial que la Presidente de la Nación. Pero su “no” se repite una y otra vez.
A estas alturas, los sindicalistas creen que Cristina Fernández se niega a tocar el Mínimo no Imposible del Impuesto a las Ganancias para no ceder al reclamo de los sindicalistas. Antes, porque lo había iniciado Hugo Moyano; ahora, porque quiere hacer una demostración de fuerza y desafía a oficialistas y opositores a que la enfrenten. Así, lo que la Presidente de la Nación busca es el enfrentamiento, el conflicto; no un acuerdo o solución.
Esta obsesión de colocarse en el centro del ring de Cristina Fernández es una necesidad ante el escaso tiempo que le queda en el poder y ante el temor de enfrentar el famoso “Síndrome del Pato Rengo”, quizás, el mayor miedo que muestra la Presidente de la Nación, incluso superior a sus problemas de salud. Sus acciones lo confirman.
El ministro de Economía, Axel Kicillof, logró imponer en la Casa Rosada la sensación de que “está todo bien”, que se ganó la pulseada con el mercado, pero la orden presidencial es mantener la presión sobre el establishment, de allí la denuncia que realizó la AFIP contra empresarios y banqueros por supuestas cuentas no declaradas en Suiza.
El plan de la Casa Rosada es sencillo: ignoran, minimizan o critican a los opositores, seguir con el discurso de “va todo bien” en la economía, van a mantener la presión sobre los operadores cambiarios, bancarios y financieros, tanto desde el punto de vista fiscal, en el Congreso o desde el Banco Central; y protege la imagen presidencial, sobre todas las cosas.
Es más de lo mismo. Así pasaron el complejo 2014 y esperan durar todo el 2015. A decir verdad, nadie esperaba que el Gobierno se mantuviera tan firme luego de la derrota electoral del 2013. Desde el punto de vista político, el kirchnerismo se acerca a 11 años en el poder sin que aparezca un proyecto alternativo en el horizonte, los candidatos opositores no logran sacarse ventaja en la intención de voto, ningún partido o alianza política aparece con capacidad de disputarle espacios de poder al Frente para la Victoria y el peronismo sigue aletargado, para no decir entregado.
Pese a todos los problemas y debilidades de Cristina Fernández y del kirchnerismo, hay una importante parte de la opinión pública que sigue dándole su apoyo; pese a los problemas de recaudación, el Gobierno sigue financiando (y ampliando) la inmensa red de clientelismo político; Gobernadores e Intendentes se doblegan ante la billetera oficial y el “relato” sigue creando credibilidad a un proceso político que debería estar en profunda decadencia. Son un ejemplo impecable de construcción política.
El kirchnerismo ha comprendido, como pocos, que la opinión pública quiere ver a sus políticos ofreciendo soluciones, aunque ellas no alcance o no le lleguen; no escuchar una larga retahíla de quejas y críticas. El “denuncismo militante” arrincona a los funcionarios, pero no debilitan la capacidad y potencia política. En todo caso, esmerila, pero no causa un daño paralizante. El kirchnerismo no es menemismo, ni duhaldismo, nidelarruísmo.
Es cierto que las investigaciones judiciales están cada vez más cerca del entramado del “dinero negro” del Gobierno y ya tocó a la puerta de Cristina Fernández y sus hijos. Es algo que se repite con cada gobierno desde el regreso a la democracia en 1983: la corrupción es un ingrediente clave para desgastar a un Presidente de la Nación y sus funcionarios, pero eso no alcanza para construir una nueva hegemonía. Por eso, Cristina Fernández acierta en poner todo su esfuerzo en la política, dado que es allí, donde fallan los candidatos y fuerzas opositoras que quieren ganar en 2015.