Muchos ven ahí el fin del Presidente estadounidense, atribuyendo a Jobs cualidades de profeta. Es ir incluso más allá del papel de ídolo que le concede el ejército de applemaníacos, lo que da cuenta de la presión que tiene sobre sus hombros Tim Cook, que lleva poco más de un año al frente de Apple intentando dejar su propia firma. No lo logró en octubre del año pasado con el iPhone 4S que, dicen, era incluso un tributo al fundador: vendría a significar “para Steve”, dado que four (cuatro) se pronuncia como for (para) y S es la inicial del nombre del fundador.
Con ese yugo, la puesta de largo del nuevo iPhone 5 era la prueba de fuego de Cook. Y, a tenor del comportamiento en bolsa de la empresa durante la presentación, no la superó. Por si alguien lo dudaba, bastaba mirar al multitudinario público del Yerba Buena de San Francisco, que se quedó frío al comprobar que Apple no descubrió nada más que lo que llevaban días avanzando los medios a través de filtraciones.
Así que no hubo efectos especiales. Más bien al contrario: todo estaba previsto, lo que lleva a muchos a preguntarse si Apple está agotando su capacidad de sorprender. Juega en su contra la propia presentación, para la que Apple preparó un ensayado guión y una aún más preparada puesta en escena que recordaba al estilo de su antecesor. Cook se enfundó incluso el traje de showman que le enseñó Jobs, a base de vaqueros oscuros y camisa negra.
Es el atuendo con el que Cook subió al escenario, donde pasó demasiado rápido por los primeros compases de su presentación. No extrañaba que tuviera prisa por desvelar pronto el nuevo iPhone 5, para el que el guión preparado por Apple había reservado unas escogidas palabras: “Es un gran salto”, dijo Cook, repitiendo la misma expresión que usó Steve Jobs en 2007 cuando desveló el primer modelo del dispositivo. En el extremo cuidado de Apple por el detalle, parece muy improbable que fuera una casualidad.