La vuelta del periodista Jorge Lanata a la televisón con un programa dedicado íntegramente al vice, provocó un pico máximo de tensión sobre el tema. Además, el tema complicó de manera inesperada la interna del kirchnerismo.
Es que el escándalo Boudou tomó la forma como caso paradigmático del ejercicio del poder en la Argentina, donde el tráfico de influencias es la cara más cotidiana de la corrupción. Y la Presidente avala todo el circo.
Es decir, que un fondo de inversión fantasma se quede con el millonario negocio de la impresión de los billetes argentinos; que amigos de la infancia del vicepresidente tengan intereses en la empresa que sucedió a Ciccone tras su quiebra; que el propio Boudou haya intercedido por ella ante la AFIP para obtener mejores condiciones. Y lo que es peor aún, que en medio de esta polémica, el Banco Central de la República Argentina haya confirmado la impresión de nuevos billetes.
Del otro lado, los argumentos del ex militante de la UCedé siguen siendo endebles y vagos. Su defensa sólo se limitó a denunciar operaciones, pero nunca a clarificar su propia responsabilidad. Por estos días, el kirchnerismo deberá decidir entonces entre desligar a su gobierno de las sospechas crecientes o embarrarse en el esquema oscurantista que propone Boudou. Por ahora, YPF es el tema. A Boudou, lo mandaron
a inaugurar obras a Misiones, bien lejos. No sea cosa que se siga hablando del escándalo.