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'El histrionismo como único argumento'

A continuación, una interesante descripción del gobierno K.

El desaforado discurso de Kirchner del reciente 9 de julio, nos ha reafirmado la impresión de que el actual gobierno padece, entre otras, una rara enfermedad: creer que las comunicaciones públicas debieran exteriorizarse histriónicamente mediante aspavientos, arengas furibundas,  gimoteos lacrimógenos y exhibiciones de patoterismo, como armas de supuesta convicción.
En el mundo de la política, nunca como ahora hemos tenido representantes más eximios de este peculiar arte cuasi circense,  que se suma al uso de adverbios y sinonimias ridículas repetidas hasta el hartazgo, como parte integrante de estos métodos utilizados para ganar supuestamente mayor  crédito ante sus oyentes.
Si por algunos asuntos poco felices será recordado el gobierno de los Kirchner, éste será uno de ellos.
El Presidente, aquejado de este vicio como nadie, nos dispensa a troche y moche su ceño fruncido de maestro ciruelas, sus extrañísimas morisquetas, unos raros balanceos gimnásticos al hablar y, últimamente, ojos húmedos y voz quebrada, como producto de una suerte de histeria emocional incontrolable.
Todo esto ocurre siempre ante un público previamente reunido con el propósito de vivarlo y agradecerle alguna prebenda específica (cuya concesión se diluye luego, por supuesto, en el tiempo).
Mientras tanto, nos aporrea el oído con la repetición hasta el hartazgo de sus "fuertemente" (la estrella de sus palabras) y "con mucha fuerza" (otra vez), aplicados machaconamente a la supuesta devoción con que realiza sus tareas, que  presenta como un acto heroico sin par, por el que todos los argentinos deberíamos estarle reconocidos de por vida.
Por su innata habilidad para escarbar siempre en la basura. Por traernos capciosamente una y otra vez,  sus emocionados testimonios trucados de la verdad. Por la magia de su dedo índice siempre en alto, señalando horizontes lejanos e indefinidos. Por sus ya clásicas zambullidas "en palomita" sobre parroquianos convocados por medio de algún oportuno choripán.
La Argentina de Kirchner es un gran show. Todo se declama, se decontractura, se vulgariza, forma parte de un escenario de montaje teatral. Ha quedado atrás, -infortunadamente-, la austeridad que caracterizó la historia de nuestros mayores.
Como correlato, las calles se han ido llenando, -a imagen y semejanza-, por multitudes vocingleras que copian lo que suponen pertenece al mundo posmoderno de las reivindicaciones.
Hace pocos días nos preguntábamos cómo era posible que un gobierno con tan pocas ideas, sin mayor preparación y bastante improvisado, con protagonistas que se calzan un casco industrial como De Vido mientras "inspecciona" llanuras donde debieran existir gasoductos desde hace rato, o se olvidan un vuelto dinerario en un botiquín de algún baño privado como Miceli, haya podido mantener en vilo hasta hoy día a la opinión pública.
Nos hemos consumido durante cuatro años en el análisis extático de un gobierno presidido por quien quizá jamás en su vida haya leído un libro  como Kirchner (¿Bergoglio dixit?), y formado por centenares de adláteres con una endeble preparación personal. Presentándose no obstante los unos a los otros, como miembros de una casta superior.
No es casual que nos falten electricidad y gas, que el costo de vida suba sin control, que la corrupción vaya en camino de trepar a extremos dignos de figurar en el libro de Guiness, y que el método elegido para evitar las malas noticias, sea matar al mensajero.
Posiblemente en algunos días ó meses, -¿quién puede calcular la velocidad de un alud?-, asistiremos al creciente crujir de los "mejores cuadros políticos de los últimos 50 años" (sic) y tendremos que hacer nuevamente una genuflexión ante el reino bolivariano para que nos envíe su sucio y caro fuel oil.
Mientras asistimos a los cacareos de quienes se tragan a menudo las eses al hablar y cambian las leyes de educación con la velocidad de quien se calza un par de zapatillas, a la par que promueven el tácito rechazo de la excelencia bajo pretextos de "inclusión", el mundo histriónico va extendiendo sus alcances: de tanto grito y manoseo cuesta distinguir cuál es el límite entre la grosería y la inmoralidad.
Cuan útil hubiera sido que estos "salvadores providenciales" recordaran las enseñanzas de algunos dirigentes ilustres del mundo de la política, que han probado con éxito que un buen gobierno no está llamado para hacer solamente lo que el pueblo pide, sino más bien lo que en definitiva redundará en su verdadero beneficio.
De algún modo, tendremos que tejer en alguna era posterior a la actual, un nuevo tejido social basado en la cultura, el respeto, la igualdad de oportunidades y el olvido a perpetuidad de estos  mistificadores de la política, que no han proveído más que al progreso de su propio enriquecimiento.
Sin que logre conmovernos ni un ápice el recuerdo de las lágrimas de Cristina, -que es Kirchner-, la senadora múltiple y primera dama-candidata de la  dinastía "Dedo"; nuestra mejor versión autóctona de un escaparate exquisitamente decorado por Bulgari y Louis Vuiton.
CARLOS BERRO MADERO

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