Antes de continuar, habría que empezar con Gabriel Mariotto, quien afirmó que ningún monopolio aguanta la acción contraria de tres gobiernos populares. Obvio: el vaticinio está dirigido a Clarín (dejará de ser lo que es en el próximo mandato de Cristina) aunque puede exceder esa cuestion puntual y señalar un horizonte más vasto. ¿Expresa el vice de Daniel Scioli lo que imagina o repite lo que escuchó en un circuito más exclusivo? Otro de los misterios. A pesar de que se equivoca en la suma: no puede computar el popular período que gobernó Néstor Kirchner como opuesto al grupo mediático, ya que en esos cuatro años compartió con la empresa el himeneo de la celebración, datos y risas cómplices, marginaron olímpicamente al resto de los medios.
Sin interesarse en los ciudadanos, tanto El como el poderoso núcleo dominante.
Pero en lugar de cuestionar el anticipo de Mariotto por olvido matemático, habría que reconocerle la previsión de advertir por otro acontecimiento. Como no ignora el tardío disgusto de Néstor con Clarín, debe suponer que a Cristina le restan aún dos nuevos ciclos para completar la tarea iniciada en el actual; no alcanza con el que logrará el domingo 23. Como se ve, nada en política es suficiente. Sería esta declaración de Mariotto otro de los elementos confirmatorios sobre la eventual intención del cristinismo por continuar en el Gobierno, de la Señora eterna, bajo el disfraz o ropaje constitucional que puede aportar una reforma ad hoc, impulsada por indiscretos legisladores, como Diana Conti o púdicos especialistas, como Eugenio Zaffaroni. Aun así, el misterio no está resuelto, como el de la Virgen. Falta su voz.
Ocurre que Ella no se pronuncia y seguramente instruyó la suspensión del tema por mal clima, para no opacar el brillo de su victoria. Como es admiradora reciente de Steve Jobs, debe seguir sus mandamientos, más imaginativos y crueles que los casi seniles que aporta Ernesto Laclau. Si se aplica a uno de los doce o catorce postulados del americano hoy más famoso, acepta la máxima poco recomendable –para alguien del servicio público– de incorporar el secreto absoluto sobre todas sus acciones (aunque esa inclinación ya la practicaban los militares y Carlos Menem).
Al margen del silencio, quienes la recuerdan de antaño, estiman que nunca Cristina pretendería beneficiarse personalmente con las ventajas transitorias del poder omnímodo. Otros, críticos, sostienen que el presente la ha cambiado, tal vez desde que su finado marido y Alberto Fernández la introdujeron en la cínica novedad de que era un avance institucional –para la derrengada democracia argentina– que Ella pudiera sucederlo a El y, ambos, quedarse 16 años en la Casa Rosada. Que eran distintos a Menem.
Tiene a su favor Cristina para una reforma los tantos a conseguir el domingo y, a pesar de las declamaciones, una venia inocultable de todos los opositores, del socialismo al radicalismo en sus diversas expresiones. Dispone también de tradicionales carnadas para derribar convicciones legislativas, inclusive hasta puede cobijar otras reformas distritales para ser generosa con Scioli, por ejemplo, como en su momento Eduardo Duhalde negoció su permanencia con Aldo Rico. Para la tribuna electoral, hoy existe resistencia a la iniciativa y hasta se apela al álgebra para impedir que se concrete. Pero, en verdad, magia deberá hacer Hermes Binner para negarse a formas parlamentarias que ya consagró (por no hablar del sistema propuesto por su delfín santafesino, el gobernador electo Antonio Bonfatti, en su última plataforma) o rechazar Ricardo Alfonsín y Cía. los principios reformistas de Zaffaroni, de la misma comunidad jurídica de Carlos Nino en la que abrevaba su padre.
No es Zaffaroni un modelo a distinguir, claro, quien procede como un atrevido ciudadano común reclamando más derechos que obligaciones y, en ciertos casos, sorteando algunas con desparpajo. Parece olvidar que integra la Corte Suprema, en la que, se supone, no todo es filosofía, escritos y doctrina, elegido por exhibir presuntamente un traje más impecable que el de sus antecesores menemistas. Pero resultó al revés: Nazareno tenía apenas una farmacia y no la alquilaba para actividades licenciosas; Moliné no parecía olvidarse de declarar cuentas en el exterior y Vázquez, en apariencia, pagaba todos sus impuestos. Sin embargo, esas faltas de elegancia no distraen su proyecto de reforma, casi a la medida de Cristina.
Sigue el modelo de Nino, que derivó en desenlaces poco felices: bajo esa sombra jurídica, Alfonsín aceptó la reforma o reelección de Menen por bagatelas como el tercer senador, un falso primer ministro o un ineficiente Consejo de la Magistratura. Por no citar las sospechas de marroquinería u otros favores que enlodaron el acuerdo (entonces denunciado por alguien de cuna partidaria, Juan Manuel Casella), el negocio de curas, rabinos e imanes para discriminar ciudadanos como posibles presidentes o la frivolidad de decir que se aceptaba el capricho continuista de Menem porque era menos autoritario que su reemplazo natural (Duhalde), al que imputaban de enano fascista, cuando para enano le sobraba estatura y para fascista le faltaban lecturas.
Había una Cristina que, durante esa controversial reforma del '94 no sólo desconfiaba de su servicio, lo proclamaba. Pero también hubo una Cristina casada con quien impuso, en Santa Cruz, la reelección indefinida. Por lo tanto, tiene un misterio en su propio interior, un dilema. Los nombres, los ministros, son contingencias menores, pasajeras, por más que haya gente haciéndose los rulos.