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Bush llega a Colombia: "Una visita inexplicable" (y contradictoria)

Mauricio Sáenz, Jefe de Redacción de la influyente revista 'Semana', de Bogtá, escribió acerca del arribo de George Bush a Colombia. Según Sáenz, como un alumno que se acuerda de estudiar sólo la víspera del examen final, el Presidente estadounidense decidió despertar a la realidad de que está a punto de perder ante la historia la asignatura latinoamericana.

BOGOTÁ (Semana). El lunes pasado, a menos de 48 horas de embarcarse en el Air Force One para viajar a América Latina, el presidente George W. Bush dijo palabras que jamás se le habían oído.
Hablando ante la Cámara de Comercio Hispano-norteamericana, el mandatario se declaró amigo de los necesitados de la región, anunció una serie de medidas para mejorar el nivel de vida de las gentes, y dijo, entre otras frases, que "los trabajadores pobres de América Latina necesitan un cambio, y los Estados Unidos están comprometidos con ello".
Es muy posible que Bush haya dicho esas palabras completamente seguro de que con ellas conmovería a millones al sur del río Grande.
Porque las dijo con la misma convicción con la que hace unos años afirmaba, sin el menor sonrojo, que era su deber invadir a Iraq para impedirle a Saddam Hussein apuntar sus armas de destrucción masiva contra la civilización occidental y para castigarle su participación en los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001.
Hoy está plenamente comprobado no sólo que ambas afirmaciones eran mentira, sino que la Casa Blanca de Bush conspiró para ocultarlo. Y sin embargo, Bush sigue impertérrito. Pero ya entendemos por qué. Al fin y el cabo, el periodista Bob Woodward documentó más allá de toda duda la capacidad del Presidente para negarse lo evidente.
Probablemente si en las elecciones de mitaca de hace algunos meses no hubiera sido derrotado su partido republicano, a Bush jamás se le habría ocurrido "recordar" de un momento a otro a América Latina.
Pero la victoria de los demócratas lo dejó muy mal parado. Están cada vez más envalentonados y parecen decididos a bloquear todas las iniciativas de esta Presidencia en retirada. Y la "empresa" de Iraq, con ese país en medio de un baño de sangre, está lejos de producir los resultados esperados.
Cualquiera diría que es un fracaso. Pero Bush sigue diciendo que es un éxito de la democracia y la libertad.
Aunque los periodistas radiales se empeñen en llamarlo de esa forma, Bush ya no es el hombre más poderoso del mundo. Los presidentes de Estados Unidos dejan de serlo en la segunda parte de su segundo mandato, cuando ya no pueden ser reelegidos y la atención del país se dirige a preguntarse quién será su sucesor.
A esos Presidentes se les suele llamar "lame duck", lo que se puede traducir como "pato insignificante". Pero a Bush le dicen "dead duck", o sea "pato muerto". Porque con sus abismales niveles de popularidad, Bush ni siquiera puede influir en la escogencia de su sucesor.
Fue en medio de semejantes tinieblas que Bush, de un momento a otro, resolvió acordarse de América Latina. El Presidente había declarado en su primera posesión, en enero de 2001, que en su mandato sus vecinos del sur estarían en la primera línea de sus prioridades.
Parecía que iba a ser así, porque además el primer viaje que hizo allende sus fronteras fue precisamente a México. Pero luego vino el 11 de septiembre, y las cosas cambiaron. Si Washington volvió a pensar en sus vecinos, fue para ponerles una disyuntiva peligrosa: o se avienen a respaldar la invasión a Iraq, o se exponen a perder sus ayudas y sus privilegios comerciales.
Desde entonces, Latinoamérica comenzó a ser objeto de una indiferencia casi ofensiva, sobre todo en los temas relacionados con la pobreza extrema y la desigualdad. Y la ausencia de ese gobierno obsesionado con su aventura en Irak tuvo sus efectos.
El primero fue el fracaso en 2005 de su proyecto de Área de Libre Comercio de las Américas, o ALCA, que dio paso a la búsqueda de acuerdos bilaterales de comercio y a la promoción del libre mercado como solución para todos los males.
Y el segundo, no menos importante, fue que Washington le abrió el camino a una cascada de presidentes izquierdistas, y a la creciente influencia del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, quien ha tenido el espacio abierto para difundir su credo anti imperialista (léase anti norteamericano), armado de una chequera inagotable de petrodólares.
Ahora, como un alumno que se acuerda de estudiar sólo la víspera del examen final, Bush decidió despertar a la realidad de que está a punto de perder ante la historia la asignatura latinoamericana. Y su reacción, a juzgar por lo que trajo en su viaje, es tardía y débil.
La Casa Blanca parece haber escogido cuidadosamente los países del itinerario.
La versión convencional dice que Brasil, el primero, está en la lista por la importancia de un acuerdo para promover el uso del etanol como componente del combustible automotor.
Uruguay, para avanzar hacia el tratado de libre comercio planteado por su presidente, Tabaré Vásquez.
Colombia, para expresar el apoyo de la Casa Blanca al gobierno de Álvaro Uribe, el más incondicional aliado de los Estados Unidos en Suramérica.
Guatemala, para estrechar los vínculos con un país que lucha por consolidar sus instituciones democráticas.
Y México, el importante vecino fronterizo del sur, para tratar un tema muy significativo: el control de la migración ilegal.
Pero aunque la Casa Blanca no lo admite, buena parte de la motivación está en hacerle contrapeso al hombre al que Bush se cuida de mencionar: Chávez.
Desde esa perspectiva, la gira tendría el objetivo de promocionar el gobierno del socialista Lula da Silva como líder del subcontinente, sacar a Uruguay del Mercosur, respaldar a Uribe como némesis del venezolano en su propia frontera, premiar a Guatemala por su apoyo al bloquear la aspiración de Venezuela de acceder al Consejo de Seguridad de la ONU, y agradecerle a México no haber elegido a otro izquierdista, Andrés Manuel López Obrador.
Pero la estrategia parece, por lo menos, improvisada.
Para comenzar, la credibilidad de Bush en la región anda por los suelos. Una reciente encuesta realizada sobre 20.000 residentes de 18 países encontró que Bush tiene un nivel de rechazo en la región de más del 85%.
Por eso, que Bush trate ahora de ubicarse como defensor de los pobres latinoamericanos es un esfuerzo poco menos que ridículo.
Por otra parte, el mismo gobierno que ha criticado a Chávez por "comprar" los afectos de los gobiernos vecinos a punta de camionados de plata, ahora quiere hacer lo mismo, pero por menos.
En efecto, los programas sociales anunciados por Bush llegan tarde y son menos cuantiosos en recursos que los del venezolano. Y, por supuesto, parecen más interesados y oportunistas.
Y ningún analista serio de la región creería que Lula está dispuesto a convertirse en el representante de Bush en la región, por más acuerdo para producir etanol que firme con él.
A lo que se suma que en el tapete no está permitirle a Brasil exportar libre de aranceles su producto a los Estados Unidos, ni abrirle sus mercados agropecuarios, lo que sería la verdadera concesión.
Y si se trataba de apalancar a Brasil, la visita a Uruguay es contraproducente, pues al proyecto integracionista de Lula, que es mucho más serio que el de Chávez, no le sirve en absoluto el acuerdo de libre comercio con Montevideo, pues sacaría de hecho a este país de Mercosur.
Los estrategas de Washington no tuvieron en cuenta, en todo caso, que Lula ya le ganó de mano a Bush, pues hace pocas semanas entregó una serie de ventajas comerciales a Tabaré a cambio del compromiso de Uruguay de desistir del acuerdo con USA.
Y a Brasil tampoco le sirve la visita a Uribe, pues en los temores de la cancillería de Itamaraty sigue vigente el de que el apoyo militar a Colombia termine por exportar la producción de cocaína a su territorio.
Pero aun si sus estrategias estuvieran mejor diseñadas, a Bush probablemente se le escapa que, tal vez con la única excepción de Uribe y el mexicano Felipe Calderón, ninguno de los demás Presidentes visitados están particularmente emocionados de pasar a la posteridad en un abrazo fotográfico con el artífice de la tragedia de Iraq.
Aunque tal vez no lo sabe, el fantasma de esa campaña sangrienta le seguirá a dondequiera que vaya.
En todos los países que ha visitado las protestas populares han estado a la orden del día. Porque el fantasma de las víctimas inocentes de sus guerras preventivas lo acompañará mientras viva.

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