El infalible medio scrum volvió a acertar otra factura de tres a los 25 para dejar el asunto 6-0. Pero sólo cinco minutos más llegaría la jugada que silenció a todo el estadio: corrida por el centro de Leonardo Senatore, pasamanos compuesto por Felipe Contepomi, Bosch, Santi Fernández, Martín Rodríguez Gurruchaga, ruck pegado al ingoal y Julio Farias, el hombre de los 20 tackles, para levantarse y apoyar. Silencio.
La respuesta negra llegó, claro, con el pie de Weepu. Penales a los 35 y a los 37 para irse al descanso arriba por 12 a 7. Sólo 5 puntos de ventaja. Nada más. Un lujo made in el ADN argentino, que tuvo a la organización defensiva en su máximo exponente.
El que pegó de movida en el segundo tiempo fue la Argentina con un penalazo de Marcelo Bosch -de enorme Mundial- desde mitad de cancha. Pero enseguida, Weepu, cuándo no, contestó con el mismo cachetazo (15-10).
Pasaban los minutos y la defensa argentina continuaba respondieron a los embates, cada vez más furiosos, de los All Blacks. No se caía. Seguía de pie, dejando bien arriba el orgullo argentino.
Pero a los 26, y tras otro penal de Weepu (18-10), el ingoal celeste y blanco cayó. Pasamanos negro de derecha a izquierda, Rodríguez Gurruchaga que va mal a la marca y Kieran Read que se filtra para revolcarse en el alma argenta. Partido liquidado.
Luego del try del octavo, los Pumas se desorganizaron y Nueva Zelanda continuó sumando: otro penal de Weepu y otro try, ésta vez del segunda línea Brad Thorn.
Luego del pitazo final del galés Nigel Owens -de mala actuación-, los Pumas se abrazaron en la mitad de la cancha. Bronca, impotencia, angustia. Sensaciones que seguramente les deben haber atravesado el alma en ese momento. Orgullo.
El sentimiento que sentirán mañana, cuando la adrenalina haya bajado y se den cuenta de lo que hicieron, del Mundial que jugaron. Porque ellos, los 30, revalidaron el respeto argentino. ¿Le parece poco?.