Bulgheroni tóxico (2da. parte): La misteriosa muerte de José Castaño
KOLUEL KAYKE (Investigación de
La historia de José
Mientras ingresaba a la pequeña oficina, la mujer sentada del otro lado hacía un gesto cordial invitándome a tomar asiento en un pequeño pero cómodo sillón.
Con pocas esperanzas, comenzó a relatar cómo fue que su apellido se convirtió en un caso emblemático en la pequeña localidad de Koluel Kayke.
Delma Castaño, hija de Etelvina Sepúlveda y José Castaño, relató meticulosamente la cronología del padecimiento y muerte de su padre, hace ya seis años.
Hombre nacido en Lago Posadas (por entonces el nombre del pueblo era Hipólito Irigoyen), jubilado de Servicicos Públicos Sociedad del Estado en el área de Saneamiento en 1990, compró una pequeña chacra la cual bautizó ‘Un Día Común’. Instalado en esa zona, su mujer, su suegra e hijos lo visitaban todos los fines de semana y nunca escaseaba el asado en familia.
En 1997, cuando la empresa Perez Companc instaló dos cigüeñas extractoras de petróleo a 150 metros de ‘Un Día Común’, que se sumaron a la que ya existía cuando él adquirió la parcela, comenzó a ocurrir un problema que, en adelante, le traería la desgracia a su vida.
José nunca encontró diferencias en el sabor del agua dulce con la que habitualmente preparaba su mate amargo, desde que despuntaba cada jornada. Sin embargo, cierta mañana uno de sus nietos (11 años en ese tiempo), de visita en ‘Un Día Común’, se sentó a desayunar con su abuela Etelvina y no pudo disimular el disgusto: "Abuela, esta leche está salada".
Etelvina respondió: "¿Cómo que salada?".
El pequeño insistió: "Sí, probála abuela, está salada".
Etelvina aceptó y resultó que era cierto. Fue hasta la azucarera pensando que se había equivocado de recipiente al endulzar la leche. Ella creyó que había echado sal en el pote del azúcar. Pero no. El azúcar estaba en la azucarera y el agua con la que se había diluido la leche en polvo estaba salada.
En esos días, la salud de su marido, José, había desmejorado abruptamente, algo había cambiado en su cuerpo, y su preocupación le llevó a contarle a sus hijas Norma y Delma qué sucedía con su padre.
Cada vez que José iba al baño, orinaba sangre y en la zona de su cuello le había aparecido un pequeño bulto.
Ellas le pidieron que se hiciera un chequeo médico, cosa habitual en él ya que cada tres meses, con lluvia o tormenta, se hacía una evaluación de rutina porque al tener 70 años quería prevenir cualquier inconveniente.
Entonces decidiero derivarlo a la Ciudad de Buenos Aires para que le realizaran otros estudios y le efectuaran quimioterapia, pero Don José no fue internado sino que quedó como paciente ambulatorio, instalado en un hotel, desde donde todos los días iba hasta el centro médico a tratarse.
Mario llamó unos días más tarde, y le dijo a Etelvina: "Mamá, decile a papá que no tome el agua de la chacra porque está contaminada con los productos que le echan a los pozos petroleros".
Uno de los bioquímicos que le realizó el análisis de orina a Don José detectó gran cantidad de sangre y le dijo a una de sus hijas (Norma), que pidiera la derivación para que lo examinara un urólogo.
José Castaño se hizo revisar por profesionales en Caleta Olivia el 15 de febrero de 1998, y le detectaron un pequeño tumor en la vejiga. En tanto, bulto que tenía en el cuello había adquirido una mayor dimensión y ya era del tamaño de un huevo.
Pero, en su lucha por sobrevivir, y tras muchos análisis, uno de ellos de sangre, demostró que Don José tenía plomo en cantidades alarmantes y esto no era un dato menor.
En Meprisa, una clínica privada de Caleta, lo operaron para retirarle parte del tumor de la vejiga. Mientras se realizaba la operación, sus hijas esperaban, impacientes, en una confitería frente al hospital. Estaban compartiendo un silencioso café cuando una médica conocida por la familia se les acercó y les dijo: "Les aconsejo que no le extirpen el tumor del cuello porque si llega a ser maligno es un cáncer fulminante y va a durar menos que un suspiro".
Desde el día cuando se le realizó el estudio en la vejija y se detectó el tumor hasta el día de la operación, éste había crecido el doble, y le realizaron una biopsia que confirmó el cáncer.
Entonces decidieron derivarlo a la Ciudad de Buenos Aires para que le realizaran otros estudios y le efectuaran quimioterapia, pero Don José no fue internado sino que quedó como paciente deambulatorio, instalado en un hotel, desde donde todos los días iba hasta el centro médico a tratarse.
El médico, de apellido Torchinsky, uno de los especialistas que lo atendió, le dijo a la familia que le asombraba la cantidad de pacientes con cáncer provenientes de la zona norte de la Provincia de Santa Cruz, que por uno u otro motivo terminaban derivados a la capital federal.
En mayo de 1998, la salud de José había desmejorado mucho y era indisimulable su deterioro físico. Regresó a Koluel Kayke. En julio de 1999, luego de nuevos análisis realizados en Comodoro Rivadavia, Chubut, confirmaron la peor sospecha: había metástasis en la vejiga, y nuevamente lo trasladaron a Ciudad de Buenos Aires hasta octubre de ese año para más tratamientos de control.
Cuando lo enviaron de regreso ya no pudo volver a cruzar la puerta azul de su chacra ‘Un Día Común’. Nunca más pudo levantarse de la cama. El tercer domingo de octubre, en el Día de la Madre, José fue internado. Murió el 4 de diciembre, día de su cumpleaños. Tenía 72 años.
La movida legal
La causa judicial se inicio cuando aún vivía José. Su mujer Etelvina y su hija Delma presentaron la demanda legal contra la empresa Perez Companc, por entender que la enfermedad de su padre era producto de la negligencia empresarial y también del Estado provincial porque no controló la actividad petrolera y provocó la contaminación del agua en la zona.
Increíble que los Perez Companc, luego tan filántropos con el Hospital Austral y el zoo Temaiken, resultaron contaminantes en la Patagonia.
El abogado José García Camed fue el asesor que llevó adelante la denuncia ante el fuero Federal pero faltaron las respuestas. La causa judicial se encontraba en el juzgado de Ricardo Napolitana, en Comodoro Rivadavia, y el fiscal era Norberto Bervell, pero nunca precisaron la evolución de la instrucción, a pesar que la familia –y ocurrió más de una vez- insistió en pedir explicaciones.
