Esto nos sirve de pretexto para "confirmar" nuestras monsergas sobre lo que a nuestro juicio habría que cambiar. Lo que, por supuesto, implicaría SIEMPRE (en nuestro concepto), un giro copernicano que nos enviaría nuevamente al inicio de todo.
No creemos sinceramente que existan posibilidades ciertas de un cambio real en nuestra suerte, mientras no comiencen a surgir indicios de que hemos aprendido a "tragarnos algunos sapos" en beneficio del bien común, ni sepamos mantener en el anonimato muchas de nuestras acciones cotidianas, aceptando que éstas deberían nutrirse primordialmente de paciencia y buena voluntad, como modestas bases que pudieran convertirse algún día en una amalgama diferente.
Los Kirchner no se diferencian del argentino medio en nada. Son tan intolerantes, autoritarios, improvisados, soberbios e implacables con los "otros" como lo es el común denominador. Son nuestro mejor espejo y nuestro mayor escarnio (suponiendo que hayamos decidido aprender desde ahora y para siempre). Su manera de vivir el "pago chico" se asemeja al culto por el encogimiento de hombros que nos caracteriza cada vez que las advertencias de la realidad jaquean nuestras acciones: enderezamos nuestros pasos en otra dirección inmediatamente.
Los uruguayos, de quienes nos decimos "hermanos" y que no tienen más que raíces comunes, nos han dicho en algunas oportunidades alguna verdad que no hemos querido oír, para diferenciarnos de ellos mismos: Batlle cuando aseguró en tiempos de Duhalde que "los argentinos hablan un idioma que el mundo no entiende", y más recientemente un ministro de Tabaré, en el caso de las papeleras, aseverando que no son ellos "tan veletas" como nosotros.
Y tienen razón, mal que nos pese. Existe en nuestra sociedad un culto enfermizo por constituirnos en "transgresores", identidad que no se cultiva en ninguna parte del mundo, salvo en algunos excéntricos países africanos. Una forma de ser que decimos nos diferencia de otros por nuestras habilidades para virar sobre nuestros talones cuantas veces se nos ocurra.
Por supuesto, ello ha generado y genera perplejidad en quienes nos tratan, y durante algún tiempo y en algunos períodos de nuestra historia, hemos logrado provocar en ellos una mirada de atención.
Hoy día, lo que ocurre con quienes nos conocen, es que intentan desesperadamente que no "saquemos más los pies del plato", o dicho de otra manera, que no hagamos más barullos que puedan provocar zozobras a otros; y tratan de disimular la irritación que les produce que nos presentemos como desheredados de la fortuna en orden a nuestros méritos "crecientes". Mientras tanto, y para curarse en salud, todos se aseguran de profundizar su propio desarrollo de los productos que hasta ahora les hemos vendido. Nuestros compradores de insumos han aumentado sus previsiones al respecto, dedicándose a incrementar la producción de lo que un día u otro podemos dejar de venderles , carne, trigo o gas, sin ninguna explicación que no provenga más que de nuestras propias incoherencias estratégicas.
Así es que por ahora, la "era" Kirchner no parece demasiado cercana a su fin.
Más bien parecería que tenderá a acentuarse su tendencia al aislamiento intelectual (con perdón de los intelectuales), y su fobia persecutoria. Ciertas ventajas comparativas internacionales,–absolutamente casuales y a las que no hemos contribuido ni por pienso-, favorecen por el momento los vientos que soplan a su favor.
Si el ser humano es el único ser viviente que, dicen, tropieza dos veces con la misma piedra, nosotros debemos ser los campeones mundiales del tropiezo permanente.
Mientras tanto, aumenta en forma sostenida la cantidad de pobres e ignorantes entre nosotros, inmejorable caldo de cultivo para el crecimiento alarmante de nuestras ya de por sí precarias estructuras sociales.