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Excepcional Jorge Asis: Creó al columnista Joaquín van der Ramos

El sorprendente 'kirchnerismo' irracional de Joaquín Morales Solá (La Nación), Eduardo van der Kooy (Clarín) y Julio Ramos (Ámbito Financiero), fue abordado con ironía por Jorge Asis.

POR JOAQUÍN VAN DER RAMOS                                                                         
El gobierno de Kirchner atraviesa una sucesión de desastres seriales al hilo.
Sólo pueden disimularse a partir, primero, de la vigencia de la Dictadura de Caja, que atenúa el rigor de las calamidades. Una Caja que mantiene aferrados a los gobernadores en carrera congelada.
Y a partir de la complacencia significativa de los grandes medios prebendarios de incomunicación. Los que prefieren no detenerse, aún, en las ceremonias explícitas de corrupción.
De las que resultan, por la insolencia del silencio, indirectamente cómplices.
Los desastres seriales del oficialismo pueden ocultarse, también, merced al fervor de los economistas pragmáticos.
Adictos a la celebración febril del superávit, la ficción globalizadora que los equivocados toman como logro gubernamental.
Incluso, los economistas suelen colocar un clásico gesto adusto para decir, por ejemplo, que  "no se registra ningún indicador que pueda ser preocupante, en el horizonte, a mediano plazo".
También, en la fila de los profesionales de la ocultación, deben situarse los empresarios siempre inocentes. Por honrosa definición, nada hay que reprocharles, porque en realidad nada hay que esperar de ellos. Sólo les interesa razonablemente hacer dinero.
Y lo hacen, algunos, a canilla libre. Protegidos por el cuento trucho del antineoliberalismo que les impone la máscara del progresista.
Telerman y Acevedo
Sin embargo, de un tiempo a esta parte, pese a la bonhomía de una sociedad explicablemente interesada en la insalubre faena de creerle, Kirchner no acierta a embocar una pelota en el aro.
Mantiene una pronunciada tendencia hacia la homogeneidad de la derrota.
Puede percibirse en la gran mayoría de las causas que pierde. En los acontecimientos que promueve y alcanzan un inexorable destino de fracaso.
Por ejemplo, vayan dos. Buenos Aires capital, y Santa Cruz.
Crisis que marcan, separadamente, dos hitos de la irrevocable vocación kirchnerista hacia la derrota política.
El gobierno nacional no pudo sostener la carísima convalecencia de Ibarra.
A pesar de tanto accionar basado en la inversión originaria de las tragamonedas. En la erupción orgiástica de caudalosas partidas publicitarias. En sondeos expresionistamente dibujados.
Ahora debe padecer las animaciones superadoras del show de Telerman.
En Santa Cruz, en cambio, el gobierno también debe soportar la carga de la fotografía, en condición de víctima, de Acevedo.
Con la contraposición de su categoría de maestro rural que vuelve a la modestia del aula.
Como consecuencia ilustrativamente gráfica, del repudiable desenfado autoritario con que Kirchner suele desempeñarse, todavía, en la devastación de su feudo.
Feudo del que supo servirse hasta la explotación, con su orgánica ideología de usurero. Y sin intenciones de elaborar, con tanto dinero, el menor plan de desarrollo, a ningún plazo.
Telerman representa, en cierto modo, lo que Kirchner -por culpa del Alberto-, se merece.
Un castigo. Alguien que sin nada en la mano le dobla la apuesta y emerge, con la impunidad de carecer de poder propio, hasta proponerse con un esquema, de tan inconsistente, innovador.
Entonces se proyecta irresistiblemente Telerman, mientras explota la habilidad de carecer de los apoyos con cuyo imaginario trafica.
Puede asegurarse entonces su presencia ascendente, que se perfila en el exclusivo hábito de su pertenencia. Los medios, los que retroalimentan la materia de la imagen.
Con la solvencia prensera de Oscar Feito, que le promueve el batallón cotidiano de entrevistadores.
Con la integración del economista desocupado Guillermo Nielsen, que sugiere algún probable acuerdo de entendimiento con otra imagen, que es Lavagna.
Lavagna es, en el fondo, una especie de Telerman, apenas trece años mayor.
Y por último con la señora Fajre. Por mera presencia conyugal, la señora Fajre de Kirschbaum sugiere el temible apoyo del Clarín. Lo cual tampoco, como aquí nada, es cierto.
Fajre trafica, a su pesar, con poderíos conjeturales. Ya que su marido, Ricardo Kirschbaum, es apenas un empleado jerárquico, un sobreviviente que puede aspirar, como objetivo, en el ocaso del diario, a una correcta indemnización.
Acevedo, en cambio, con su ponchito bondadoso de maestro de escuela, representa la imagen del calvario cotidiano de Santa Cruz.
Su elaborada humildad artesanal refleja el imposible mantenimiento de la dignidad.
En Santa Cruz, territorio surcado por las tinieblas del dispendio, por la corrupción trasversal. Por el culto del secreto que pesa como una profanación.
Gobierno trivial
La tercera catástrofe sucesiva, para ejemplificar el esbozo de esta antología del horror gestionario, tiene que ver con el maltrato de la historia.
La banalización explícita del 24 de marzo.
Con el marco de sus desaciertos, Kirchner logró convertir, el aniversario del golpe militar, en una muestra, algo excesiva, de la carencia de ideas que impregna la trivialidad de su gobierno.
Alcanzó entonces la hazaña inquietante de transformar, en meras fichas políticas intercambiables, a las enfrentadas señoras más emblemáticas. De Carlotto y de Bonafini.
Con el dinero que Kirchner suele derrochar con el objetivo de adueñarse de la calle, apenas alcanza a compartir, la calle, con una izquierda de camposanto.
Una izquierda que lo tiene sindicado, a lo sumo, como un vulgar oportunista.
Como un impostor que se calza forzadamente las gárgaras de sus reivindicaciones.
Ni siquiera Kirchner pudo armar, con la obscenidad de tanto dinero desaprovechado, un acto. La trivialidad del 24 de marzo se dilata entonces en la trivialidad del próximo 25 de mayo.
Conste que debió refugiarse en la seguridad del Colegio Militar. Y obligar a asistir, a los funcionarios, hasta el nivel de Director Nacional.
La obligación de escuchar sus invocaciones y catilinarias dista de constituir un avance en materia democrática.
Y a los efectos de escuchar una pieza oratoria donde se rescataba, por suerte, a San Martín, a Mariano Moreno, a Guillermo Brown.
Al que Kirchner no iba rescatar jamás era a Perón.
Producía entonces una cierta sensación de misericordia el contemplar los aplausos televisivos de los disciplinados gobernadores peronistas.
Los que aceptaban, con naturalidad, que Kirchner tergiversara lo más campante la historia. Como si aquel 24 de marzo del 76 no se hubiera derrocado un gobierno peronista.
De la identidad política presunta de los gobernadores entregados, que aplaudían la generalizada tergiversación.
Sin embargo abundan otros desastres para componer la antología selectiva de la ineptitud.
La crisis del agua deriva en arrebatos antifranceses de estudiante de colegio diferencial.
De improvisado que desconoce, por ejemplo, el funcionamiento interno de la Unión Europea.
Para facilitar los próximos negocios de los amigos resulta innecesario enojarse con los italianos, los franceses, los alemanes. Pronto, también, con los españoles.
El catastrófico desmanejo, en la cuestión de las papeleras, y de la hipótesis de conflicto con el Uruguay, demuestra que Kirchner se encuentra inhabilitado para conducir una calesita.
Aunque aplaudan los gobernadores prendidos a la Dictadura de La Caja.
Aunque los economistas adustos señalen indicadores que tranquilizan en el corto plazo.
Aunque los números de Artemio se eleven como globos sueltos de gas.
Sin embargo no todo está negativamente perdido. Se le puede reconocer a Kirchner, aparte del atributo de acumular poder, otra virtud.
La capacidad para mantener ocultas, amparadas por los rigores transitorios de la complacencia, las ceremonias explícitas de la cotidiana corrupción, que se apodera de las imposturas de su gobierno trivial.

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