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La "ley del humo" o la intromisión a la vida privada de las personas

A continuación se publica una interesante opinión de un usuario de U24 sobre la prohibición de fumar en bares y restaurantes que interfiere en las libertades individuales de los fumadores.

Señor Director U24
Estimado Sr. Mainhard:
Luego de cierto aplacamiento de la polémica surgida en la Capital Federal, a raíz de la llamada "ley del humo", me atrevo a enviarle mi opinión (muy personal y discutible, por cierto) al respecto.
Antes que nada y para sortear malas interpretaciones, deseo aclarar que no
soy fumador (tampoco falopero). Lo cual nada significa, pero, al menos, aventará ciertas suspicacias.
La pretensión del Estado y de ciertos gobernantes por entrometerse en la
vida privada de la gente viene de muy antiguo. No quiero aburrir a nadie con una lección de historia. Valgan algunos ejemplos modernos. La tradición puritana, producto de la primigenia inmigración religiosa, ha originado en Estados Unidos, repetidas veces, la pretensión de cambiar ciertos comportamientos de la sociedad mediante leyes o reformas constitucionales tendientes a "moralizar" o erradicar determinadas conductas de los habitantes.
La más conocida, fue la enmienda a la Carta Magna norteamericana prohibiendo el alcohol. Las consecuencias negativas fueron brutales. Muertes por doquier por consumir destilados en malas condiciones. Surgimiento del crimen organizado en gran escala. Y la corrupción generalizada de muchas instituciones claves para el funcionamiento normal de la administración pública. La conocida serie televisiva, de la época del blanco y negro, "Los Intocables", hicieron populares a Elliot Ness y sus enemigos: Capone y Nitti, entre los más recreados. La "Ley Seca" fue un soberano dislate y quienes la pergeñaron tuvieron que admitirlo algunos años después, derogando la enmienda constitucional ad hoc y poniendo fin a la llamada "prohibición".
Sin embargo, el "imperialismo moral" estadounidense encontró, con el correr del tiempo, un nuevo adversario: las drogas. Y se transitó por el mismo camino que con el alcohol: atacar la oferta. Y se obtuvieron/obtienen los mismos resultados. A Capone y compañía los reemplazaron los carteles de la droga. El movimiento de dinero (estrictamente cash) que hoy mueven los alcaloides suma hoy 500 mil millones de dólares al año. Léase, dos Argentinas y media. Obvio, con ese dineral se puede comprar cualquier voluntad. Las "nuevas" consecuencias saltan a la vista. Colombia va rumbo a convertirse en un Estado fallido.
Bolivia corre a la secesión. Entre los talibanes y la amapola, Afganistán
ha implosionado. El mundo entero debe votar leyes anti lavado de dinero para intentar, sin ningún éxito, de poner coto a las finanzas de los jerarcas de la droga. Como han repetido hasta el cansancio múltiples Premios Nobel (Friedman, Becker, Buchanan, etc) y lo sabe hasta un estudiante de primer año de la carrera de Economía, "dada una demanda, siempre va haber una oferta a un determinado precio". A los efectos prácticos, los narcos ofertan una mercancía prohibida por el gobierno. Y dados los riesgos, la tasa de retorno se torna en casi infinita. En síntesis, para evitar que una minúscula porción de la sociedad se drogue, todo el resto debemos pagar los costos. La ciencia económica llama a esto "externalidades negativas". Traducido, pagamos impuestos para solventar la guerra contra los narcos, debemos soportar las locuras de los drogadictos  al momento de escasez de "falopa", cárceles atestadas por "perejiles" que transportan cocaína, mientras que los grandes distribuidores logran ganancias descomunales. No hay que ser muy avispado para caer en la cuenta que la guerra contra la droga tiene (y tendrá) el siguiente resultado: Narcos 10 Estados Unidos 0.
Dado que nadie quiere admitir que la guerra contra los alcaloides está perdida y no hay forma de que el consumo baje, el "imperialismo moral" norteamericano encontró un nuevo adversario: los fumadores. Y la  persecución ha adquirido ribetes de "guerra santa". Que lleva a absurdos como el siguiente: si a una persona en el baño de un avión comercial se le ocurre la peregrina idea de encender un cigarrillo, suenan las alarmas y  poco menos que es arrojado por el comandante al vacío; pero, si en el closet, el mismo sujeto, se "aspira alguna línea", está todo OK. Parece una joda para Tinelli...
La persecución a los fumadores ha llevado a una insólita histeria internacional, de la cual, nuestros legisladores, no quisieron quedar fuera. El humo en la Autónoma (anómala) Ciudad de Buenos Aires ha sido interdicto. Para ello se va a destinar abundante dinero (total sobra) para perseguir con fiereza a todo sujeto que exhale humo. La pregunta automática es: los funcionarios que no pueden controlar las emanaciones de gases producidas por los colectivos, que la droga se vende en la puerta de los colegios, que la inseguridad crece diariamente, que los excrementos de canes nos están tapando, que el tránsito vehicular es un caos y que los etcéteras pueden llenar varios tomos, podrán tener éxito en esta acometida? ¿Perseguir a los fumadores es más prioritario que las calamidades antes señaladas?
Existe el atendible argumento de que los no fumadores no tienen por que aspirar el humo originado por los viciosos del tabaco. Sin embargo, no existirán otras maneras de solucionar el problema, sin acudir a la "manu
militari" del Estado? Que la nueva legislación haya sido impulsada por los seguidores de K, imponiendo una nueva arbitrariedad del Estado respecto a los ciudadanos, no es sorprendente (es la regla en la Argentina del Gran Califa de Río Gallegos). Pero que una de las ideólogas y acérrimas defensoras sea una legisladora de PRO, demuestra prístinamente lo precario de la formación intelectual de quienes integran dicho espacio. Empezando por su "líder", excelente como manager de un club de fútbol, nulo en el mundo de la imaginación y las ideas.
Nadie pensó en una simple solución de mercado para arreglar el "conflicto" entre fumadores y alérgicos al tabaco? A tal efecto bastaba con una ordenanza de muy pocos artículos.
A partir de la promulgación de la presente, los bares, resturantes, boliches, varios etc, deberán manifestar expresamente que sus locales: a) Son libres de humo. Nadie puede fumar. b) Son aptos para fumadores. (si a Ud. no le agrada el tabaco, favor de concurrir a los locales mencionados en el primer inciso) c) Mixtos. Pero son la obligatoriedad de que ambos sectores estén perfectamente aislados, de manera tal que los fumadores no le rompan las pelotas a los no fumadores.  d) Los propietarios podrán cambiar de "rubro" libremente, con la condición que lo expresen claramente en la/s puerta/s de ingreso.
Dado que los dueños de locales no son boludos (los funcionarios creen que los únicos inteligentes son ellos), cada uno estudiará el mercado. Y ubicará su oferta en función de la demanda potencial de clientes. Puesto que sabemos que fuma alrededor del 30% de la población, es elemental que la mayoría de los bares, etc. buscará la demanda del 70% restante. Y los que puedan (y tengan ganas) de dividir los locales, podrán hacerlo libremente. Con lo cual, terminamos con las peleas y discusiones sin sentido y evitamos tener que llamar a la comisaría para que venga un patrullero y "ejecute" a quien/es osó/osaron encender un miserable pucho.
Da la sensación que la policía tiene arduo trabajo en perseguir delincuentes. No la hagamos perder el tiempo en "convencer" a los fanáticos de la nicotina.
Karl Popper escribió ya hace tiempo un famoso libro: "La sociedad abierta y sus  enemigos". Texto poco leído por estos lares. Y desconocido absolutamente por los legisladores de PRO, que "venden" que son liberales.
Burda mentira. Son tan estatistas como los extasiados por la Caja de K. En una sociedad abierta, las reglas son para ordenar la convivencia armónica entre las personas. Y  la mayoría de las veces, la solución de mercado es infinitamente superior y más justa que la del Estado, lo cual no significa que sea perfecta (second best). Este es un caso típico. Pero, desgraciadamente, ya casi no quedamos liberales en este país (tampoco en el mundo).

Atentamente,
Severo Ireneo Turro.

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