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Bergoglio: "Quien tenga un poquito más de poder que sirva un poquito más"

Miles de fieles desfilaron por el santuario de San Cayetano, del barrio porteño de Liniers, para pedir trabajo o agradecer por haberlo conseguido. El arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Bergoglio, ofició la misa central en cuya homilía aseguró: "El servicio debe hacer notar que es igual el que sirve y el que es atendido. Esto lo tenemos que hacer llegar a la vida del trabajo, a la vida del barrio, a la vida política y social". Los devotos se ordenaron, a pesar del frío en la Ciudad de Buenos Aires, en 2 filas de más de 20 cuadras para llevar sus plegarias. Los fieles comenzaron a ingresar al templo a partir de la 0:00, para venerar la imagen resguardada por un cristal. La consigna de la fiesta de cierre de la peregrinación y concentración -que comenzó a fines de julio- es: "Con Jesús y San Cayetano peregrinamos para recuperar la dignidad y los valores en comunidad". El texto de Bergoglio:

La escena de Jesús, el Maestro, lavando los pies a sus discípulos, es una de esas escenas del Evangelio que uno no se cansa de mirar y recordar.

El lavatorio de los pies ha quedado grabado en la memoria de la Iglesia y cada Jueves santo repetimos el gesto de Jesús y nos toca de nuevo el corazón: Nuestro Señor Jesucristo nos lavó los pies y nos enseñó que si lo imitamos seremos felices: "Si saborean esta verdad que el poder es servicio- y la practican, serán felices".

San Juan le pone un marco impresionante a este gesto del Señor. Nos dice que Jesús tenía conciencia de que era "su último gesto", porque "había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre".

El Señor quiso expresamente que su último gesto fuera éste de lavarle los pies a sus amigos. Los pies polvorientos y fatigados de camino.

En segundo lugar Juan nos dice que fue un gesto de amor "hasta el extremo".

Solemos decir que la Cruz fue el extremo del amor. Y es verdad; fue el extremo cruento: amar hasta la muerte.

Pero la vida tiene también otro extremo, que no es doloroso sino lindo: el extremo de amar con ternura hasta el detalle.

El Señor quiso que compartieran la Eucaristía plenamente purificados, como si ya estuvieran en el cielo, limpiándolos hasta de esas pequeñas manchas que parecen inevitables, las de último momento… Y quiso hacer este servicio personalmente.

¿Vieron que hay veces en que en las fiestas grandes, un detalle amenaza con arruinar la fiesta?

Bueno, por ese lado va este servicio de Jesús de lavar los pies y de decirnos que nos lavemos unos a otros: por el lado de perdonar también los detalles, que a veces es más difícil.

Y la tercera cosa que nos dice Juan es que el Señor era conciente de que en ese momento "tenía todo el poder del mundo en sus manos", que "el Padre lo había puesto todo en sus manos".

Y ¿qué hizo con ese poder absoluto? Lo concentró en un solo gesto, en un gesto de servicio: el servicio del perdón hasta en los detalles.

Y desde entonces el poder se convirtió para siempre en servicio.

Si el más poderoso usó todo su poder para servir y perdonar, el que lo usa para otra cosa termina haciendo el ridículo.

Con ese gesto sencillo Jesús "derribó a los poderosos de sus tronos y elevó a los humildes" como bien decía la Virgen su Madre santísima y Madre nuestra.

Por supuesto que los poderosos no se enteraron sino mucho después, pero con ese gesto del Rey del Universo quedaron vaciados de sentido todos los gestos que se hagan para acumular poder, para aparentar poder, para someter a otros o enriquecerse con el poder.

La antiimagen, la imagen opuesta, que refuerza el testimonio del Señor, es la de Pilato lavándose las manos.

Si hubiera sabido que tenía delante al Todopoderoso y que el Todopoderoso había usado su poder para lavarles los pies a sus discípulos, ¡nunca se hubiera lavado las manos! Con ese gesto entró para siempre en la historia del ridículo.

Y cada vez que los que tenemos algún poder nos lavamos las manos y le echamos la culpa a otros – a los hijos, a los padres, al vecino, a los anteriores, a la situación mundial, a la realidad, a las estructuras o a lo que fuere- aunque sea del sufrimiento más pequeño de nuestros hermanos, nos ponemos del lado de Pilato: vamos a engrosar la fila patética de los que usaron el poder para su propio provecho y fama.

El poder es servicio y el servicio, para serlo bien, debe llegar hasta el detalle más pequeño, ése que hace que el otro "se sienta bien atendido", dignificado.

Por eso lo de lavar los pies. Porque el Señor quiere que nos sintamos incluidos en lo suyo, en su vida de comunión con el Padre, y que no haya nada que empañe la grandeza de esa amistad. Él nos quiere a todos juntos.

Con ese gesto, al mismo tiempo nos iguala y nos hermana. Y nos hermana haciéndonos participar de ese poder: el del servicio entre iguales, el del servicio hasta que se note que es igual el que sirve y el que es atendido.

Esto que suele ser habitual en el ámbito familiar, en que el del cumpleaños invita y hace el asado, o la mamá sirve la comida hasta en el día de la madre, lo tenemos que hacer llegar a la vida del trabajo, a la vida del barrio, a la vida política y social… Y para esto no hay otro camino que el del testimonio.

Los discursos no alcanzan, se necesitan testimonios. El que tenga un poquito más de poder se tiene que poner a servir un poquito más.

Aquí la interna tendría que ser feroz, así como a veces se da esa interna linda en la familia en la que la madre y las hijas se disputan el delantal para lavar ellas los platos.

Quizás alguno piense que somos ingenuos al decir estas cosas.

Pero nuestro pueblo sabe muy bien lo que es el poder y lo que es el servicio. Nuestro pueblo sabe muy bien que venir a San Cayetano, a los pies del Poderoso San Cayetano, es un gesto religioso y -que por eso mismo- es un gesto político en el más alto sentido de la palabra.

Al tocar los pies del santo, al lavárselos con sus lágrimas, al musitar su pedido y suplicar el perdón de Jesús que limpia y dignifica, nuestro pueblo nos está diciendo a todos que el poder que Jesús le dio al santo es servicio, que todo poder es servicio y no hay que usarlo para otra cosa.

Lo dice en silencio, con el gesto manso y paciente de esta fila interminable de pies cansados y quizás sucios que, a los ojos de Jesús, son los pies más hermosos del mundo:

> hermosos porque son los pies de un pueblo que no se cansa de querer peregrinar en paz,

> hermosos porque son los pies de un pueblo que una y otra vez deja que su Señor se los lave y así recupera su dignidad;

> hermosos porque se lavan enteros los de todos juntos, porque no sólo queda limpio todo el hombre sino también todos los hombres, como decía Pablo VI;

> hermosos porque una vez limpios se ponen en camino para lavar los pies de sus hermanos, con la esperanza que da este gesto humilde y todopoderoso de un poder que incluye a todos en esos valores que forman la comunidad: la justicia, el trabajo, el pan y los detalles que nos igualan y nos dignifican y nos hacen sentir bien;

> hermosos hoy, 7 de agosto, porque en la cola peregrinan con Jesús y San Cayetano para recuperar la dignidad y los valores en comunidad.

Con San Cayetano le pedimos a la Virgen, quien como Madre le enseñó a Jesús esto de lavar pies, que nos lo enseñe a nosotros, que nos lo grabe bien en la memoria, para que cada vez que la vida nos pone ante la opción entre servir incluyendo o aprovecharnos excluyendo, entre lavar los pies a otro o lavarnos las manos ante la situación de los otros, se nos venga a los ojos esta imagen de Jesús y la alegría del servicio se adueñe de nuestro corazón y nos anime a trabajar por el Reino.

Buenos Aires, 7 de agosto de 2005.

Jorge Mario Bergoglio s.j.

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