El acuerdo, previamente elaborado, contemplaba la estratégica caída de un sistema que, de todas maneras, se encontraba, en la práctica, por el piso. Faltaba apenas el vigoroso empujón final.
Y como primer paso, a manera de ensayo de orquesta, como para afinar los instrumentos, precalentamiento de deportistas de competición, o aperitivo antes de lanzarse a los platos principales del menú, había que terminar con unos militares imprevisibles del sur, de un país de gente enfática y emocional, todavía llamado la Argentina, de clientela mayoritariamente católica.
Aquellos militares imprevisibles, habían ocupado dos islas de esencial interés geopolítico, económico y sentimental; un meadero de pingüinos inútiles, donde pastaban las más caras ovejas del mundo y menos de dos mil seres rubios que juraban fidelidad a la Reina.
Las Falklands -para los sensibles argentinos católicos eran las Malvinas- las islas, habían sido invadidas, en apariencias, fácil lectura posteriormente oficial, con el objetivo estratégico-militar de eternizarse en el poder.
Poder que, de todas maneras, aquellos militares igual perderían, aunque les hicieran engañosos servicios al mundo libre, en América Central, con magistrales enseñanzas del arte de manejar la parrilla.
El ensayo, o el aperitivo, funcionó a la perfección, la orquesta estaba en condiciones para ofrecer conciertos más imponentes. E importantes.
Sucedió que J. P. Wojtyla se trasladó a la capital de ese país, Buenos Aires, una semana después de recibir la visita de R. Reagan.
Y en la enfática ciudad de Buenos Aires, J.P. Wojtila distribuyó estremecedoras bendiciones al pueblo católico conmovido, mientras el poder vulgar masacraba, allá abajo.
En el sur todavía más real, masacraban con bombas y obtenían rendiciones. Acababan con el irritante problema, mientras un poco más al norte, en la ciudad de la fé y del espíritu colectivo, no había espacio para el dolor, porque repentinamente se recuperaba la democracia.
Sin embargo, aquellos militares imprevisibles jamás sospecharon que su aventura sería un preámbulo de la caída del comunismo. Pretendieron recuperar las islas y fracasaron, sin saber que en el fondo colaboraban prioritariamente con la caída de la utopía soviética real. De imaginarlo, tales escasamente imaginativos generales y almirantes, se sentirían justificados ante la historia, por haber servido de ensayo de orquesta, de aperitivo con sangre y sin aceitunas ni pistachos.
Pero no debemos detenernos en un tema tan accesorio, menor, apenas precalentamiento. O mejor: ensayo preliminar de orquesta. Porque Malvinas, como la llaman aún los sensibles argentinos, que doce años después iban a intentar la seducción de los dos mil rubios fieles a la reina, fue, apenas, un episodio, un punto de partida, piedra basal, simplemente el aperitivo de la gran comilona, el tubo de ensayo de la gran sociedad político-espiritual-militar de J. P. Wojtila y R. Reagan.
Porque, en adelante, con la fuerza ética de la fé y la iniciativa para la defensa estratégica, que también por comodidad se conocería como guerra de las estrellas, la operación sería formidablemente exitosa, venturosa.
Aparte, ya no por mera irresponsabilidad de los socios interesados, la operación fue necesariamente banalizada, manejada luego con increíble frivolidad, vivida con la profundidad coyuntural de un noticiero televisivo para las ocho de la noche.
Para que se consolidara la visión del mundo de un tranquilo espectador que contemplaba, desde su living, el magnífico derrumbe de estatuas de Lenin. Y la romántica imagen de dos alemancitos enamorados que se besaban, mientras otros muchachos rubios, que protagonizaban la historia, le pegaban fuertes golpes de maza al muro clásico, justamente en la puerta de Brandeburgo. Triunfaba la libertad, eran todos repentinamente libres y felices, y la manera capitalista de sentir la vida como un gran mercado representaba espectacularmente la única verdad universal.
Perfecto, pero una hora después se hicieron las nueve de la noche, y había terminado lamentablemente el noticiero televisivo de las ocho. ¿Qué demonios podían hacer ahora con tanta miseria blanca? Nadie estaba preparado para esta colosal irrupción del Tercer Mundo Blanco, millones de rubios repentinamente libres y con muy poco para comer, colmados de mafias y con armamento nuclear hasta en la heladera, con lógicos deseos de consumir como en las series sofisticadas de nuestra televisión (...).