En México, mujeres aprenden para sus esposos los secretos del strip tease
Un cuarto con tres espejos y dos fotos de hombres semidesnudos como únicos adornos en las paredes devolvió a Luisa María Güell la ilusión de vivir.

Un cuarto con tres espejos y dos fotos de hombres semidesnudos como únicos adornos en las paredes devolvió a Luisa María Güell la ilusión de vivir.
A sus 45 años, sentía que ya no gustaba al marido. Pero en el instituto que se inauguró en la ciudad México aprendió a desnudarse con cadencia y balancear las caderas a ritmos calculados.
Agotadas las 10 horas de aprendizaje, la idea inicial de parecer cachonda al marido había pasado a un segundo plano. "Fue curioso: aprender los secretos del strip tease me convirtió en una mujer segura de mí misma. Ir por la calle sin complejos de inferioridad ante las otras. Ver la vida con optimismo sin pensar si estoy gorda, flaca, fea o bonita, vieja, joven…"
—¿Y aquello de gustarle a tu esposo?
—"Ah, no te gusto… bueno". Ahora veo nuestra relación sin dramas. Ese es mi inesperado poder: decirle "¿a ti te gusta esto?, pues a mí me gusta aquello". Y si se lo gana, pues va y le hago un bailecito.
Luisa María debe el cambio en su vida a Andrea Garfias, una mujer de 32 años que después de ocho como striper en el Royal de la Zona Rosa del DF se retiró para poner su propio negocio: el Platinium High Class, un local que en el primer piso funciona como sex shop y en el segundo es una academia de strip tease.
Es viernes y Andrea ofrece su clase de las dos de las tarde. Pero Luisa María, quien es licenciada en contabilidad y madre de dos hijos jóvenes, ha venido a echar lo que llama "un pasito dominguero" y se alinea junto a las alumnas, ninguna de las cuales acepta aligerarse de ropas. Sólo la maestra se queda en una exigua malla negra.
—¿Sabes qué me gusta de este trabajo?— inquiere Andrea.
—¿Qué, qué te gusta?
—Verme. Ver mi cuerpo moverse al compás de una música. No sabes qué libre me siento. Eso es lo que trato de transmitirle a las chicas. ¡Y lo logro, créeme!
De un equipo de sonido salen los acordes de You cant leave you hat on, la canción que compuso Randy Newman en 1968 y con la cual Kim Bassinger se quita la ropa delante de Mickey Rourke en Nueve semanas y media.
Maureen Olamendi, dueña de una pequeña librería, se ha limitado a seguir la rutina ordenada por Andrea, pero de pronto empieza a improvisar y juega con las manos sobre su cuerpo como una bailarina china en el baile del abanico.
Tiene 38 años y apenas le restan dos horas de clase para concluir el curso. Se inscribió porque su socia en el negocio se acostó con su marido y ella cayó en una pendiente depresiva y de visitas a psicólogos que sólo acabó cuando, por casualidad, vio el anuncio de las clases.
—Tenía 20 años de casada. Antes de mi esposo apenas me había acostado con otro hombre. Pusimos la librería con una amiga. Ella y yo siempre andábamos juntas, me contaba sus experiencias con hombres y qué les gustaba a ellos: que una les bailara, se quitara poco a poco la ropa. Yo no hacía nada de eso con mi marido. Ah chingaos, pero la muy cabrona sí.
Suenan los últimos compases de You cant leave you hat on y Maureen contonea su cuerpo con frenesí hasta ejecutar, justo al final de la música, un movimiento tembloroso del vientre que parece imitar el clímax de un orgasmo múltiple.
Andrea se da cuenta de que observo con atención el éxtasis de la librera engañada por partida doble (o sea, por la socia y el marido) y, cuando el disco deja de girar, comenta:
—Si la ves cuando apareció el primer día. ¡Ay! daba pena. Su moral estaba en el suelo. Le daba pena bailar, moverse con erotismo. Y ahora: mírala.
Pero lo cierto es que Maureen, ataviada con el traje sastre azul marino que llegó a la clase, ofrecía la misma imagen de una mujer sufrida que va a adquirir otra vez cuando se vuelva a enfundar el vestido para irse a casa.
Para la próxima canción, una del salsero Eddie Santiago que habla de un tipo que moja sus sábanas blancas recordando a una mujer, Andrea libera aún más su vestimenta y reaviva los tonos oscuros de sombra sobre sus párpados: es morena, de unos 60 kilos de peso, senos grandes y un rostro ovalado, con cutis liso.
Está casada, con alguien a quien menciona a cada rato como Federico y de quien dice que es técnico de fútbol. "De fuerzas básicas. Ya tiene 62 años", explica.
Lo conoció en sus días de teibolera. "Llegó con 10 caballeros", recuerda, "y traía un traje color verde esperanza".
—Báilale a cada uno de ellos. Y después, me cobras a mí.— le ordenó Federico y pidió un baile para él, pero a otra chica. Andrea creyó que se refería a ella, aunque no estaba segura. Así que preguntó:
—¿Conmigo?
—No. Contigo quiero vivir.
Eddie Santiago finaliza sus lamentos al estilo de "he llenado tu tiempo vacío de aventuras más y mi mente ha parido nostalgia por no verte ya" y Santamónica Martínez, de 24 años, estudiante de psicología, es la última en despedirse de Andrea.
—Antes de irte, dime: ¿por qué vienes?
—Por mi novio.
—Pero, con qué objetivo.
—Para dejarlo con cara de imbécil.
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Publicado en el diario mexicano Crónica.