En una ciudad de más de cinco millones de habitantes, un paro superior al 50% y 10 horas de suministro eléctrico, en el mejor caso, lugares como Sorja se han transformado en cuevas de Alí Babá donde anida el crimen organizado; otros, como Shula, son vivero de insurgentes. Pero en Haifa, cerca del río Tigris, se reúnen ambas especialidades: delincuencia e insurgencia, que se nutren del descontento y la pobreza creciente. Esa cooperación es más mercantil y práctica que ideológica, pero fabrica pequeños héroes para el barrio: cuadrillas de delincuentes de jóvenes dieciochoañeros, y menores aún, reciben una paga de hasta 400 dólares al mes por atacar a los convoyes estadounidenses o buscar occidentales a los que secuestrar y extorsionar.
La céntrica Haifa (que equivale en Bagdad a la calle de Velázquez de Madrid o a la Diagonal de Barcelona) dista un kilómetro de la zona verde, donde se halla la gigantesca Embajada de Estados Unidos y las oficinas del Gobierno interino. Desde Haifa, los insurgentes disparan con toda impunidad sus granadas sobre la legación estadounidense y sobre la otra orilla del río, donde se yerguen los hoteles Sheraton y Palestina, cada vez más copados por una legión de mercenarios a sueldo mínimo mensual de 15.000 dólares y contratistas varios.
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Publicado en Periodista Digital.com