El falso consenso y la verdadera democracia
Eliseo Álvarez ha logrado algunos productos estupendos en Canal á, donde ocurren algunos eventos culturales interesantes en la Argentina más cerca de la barbarie que de la civilización.

Eliseo Álvarez ha logrado algunos productos estupendos en Canal á, donde ocurren algunos eventos culturales interesantes en la Argentina más cerca de la barbarie que de la civilización.
Anoche, por ejemplo, un Pacho O'Donnell impecable entrevistó, en francés al filósofo Bernard Henri-Lévy, uno de los más conspicuos integrantes de la corriente que en los '60 fue bautizada como 'Los Nuevos Filósofos'.
Fue un grupo de jóvenes intelectuales estrechamente ligados a la revolución de París, llamada "el mayo de 1968". Ellos eran estudiantes marxistas -leninistas o trotskystas o maoístas-, que participaron activamente en la famosa revuelta: Bernard-Henri Lévy, Jean-Marie Benoist, André Glucksmann, Maurice Clavel, Jean-Paul Dolleé, Christian Jambnet, Philippe Némo, Guy Lardreau, Françoise Lévy, y otros.
Luego, se alejaron progresivamente de la izquierda.
La Nueva Filosofía pretendió ocupar el lugar del estructuralismo, que sucedió al existencialismo. Todos ellos, militantes activos del marxismo maoísta francés, evolucionaron como antimarxistas en diferentes grados.
La reacción antimarxista fue más significativa en razón de su formación universitaria con maestros de tendencia marxista como Louis Althusser, Michel Foucault, Jacques Lacan e incluso Jean-Paul Sartre.
Foucault fue el pionero en reconocer el valor positivo de la nueva corriente.
Lévy, nacido el 1948, trascendió por su texto "La Barbarie del Rostro Humano", en el que afirmó que la barbarie del rostro humano es justamente el socialismo. Allí acusó a los socialistas: "(...) creen en un Dios que llaman proletario; en su resurrección, que llaman sociedad sin clases; en su martirio sin fin, que definen dialéctica. (...) El marxismo es el opio del pueblo".
En el diálogo con Pacho, fue muy interesante -entre otros fragmentos- cuando Lévy cuestionó la búsqueda obsesiva del consenso, desde los gobernantes hacia el resto de una Nación.
Para Lévy, la búsqueda obsesiva del consenso es la negación de la democracia.
Los dichos de Lévy son, para los políticos argentinos decadentes y sin capacidad para generar ideas atractivas para la sociedad que dicen representar, una desautorización notable porque ellos procuran ocultar su mediocridad e inseguridad, en el consenso.
La Argentina se encuentra seriamente enferma por una igualdad hipócrita. Por cierto que no somos iguales en el acceso a la educación, a la justicia, a la seguridad, a la vivienda ni a la salud. Pero los argentinos gustan de presumir de que pertenecen a una sociedad igualitaria.
Y ese errado acceso a una sociedad de oportunidades igualitarias lo trasladan a otros aspectos de la vida comunitaria en la que sí debería prevalecer la idea de la meritocracia.
Por ejemplo, la meritocracia en la función pública resultaría revolucionaria y progresista, pero los sindicatos no lo entienden porque perjudicaría a los ATE, UPCN y otras agrupaciones que lucran con la burocracia.
Para Lévy, el éxito de la democracia no es el consenso sino el disenso y el inconformismo.
Porque toda persona se encuentra disconforme con el sistema en que vive es que intentará perfeccionarlo asistiendo a las urnas, periódicamente, en busca de lograr una mejora.
Por cierto que semejante concepto de democracia es revolucionario porque, además no se vota al individuo sino a la propuesta que representa el individuo.
En estos tiempos en que la dirigencia absurda y antigua pretende que los partidos superen al individuo, que las estructuras humillen a la persona, sometiéndola al falso concepto de la verticalidad y la disciplina partidaria, es probable que recuperar la propuesta como elemento que defina el voto ayude a neutralizar o condicionar a las corporaciones políticas.
No faltará quien recuerde el lado controversial de Lévy: su admiración por el 1er. ministro israelí, Ariel Sharón, y sus controversias con los pensadores musulmanes en defensa de su cultura judía-francesa. Pero es interesante rescatar un concepto que puede resultar muy útil en una Argentina necesitada de rediscutir sus principios fundacionales.
Lévy, en su ensayo "La pureza peligrosa" (La pureté dangereuse, 1994) descubre con agudeza y precisión el cansancio ideológico, el derrumbe de los códigos morales, el vivir al día, el ahogamiento del horizonte espiritual y la tendencia consiguiente a los placeres físicos, sensuales, etc., marasmo espiritual que presenta un peligro: los fundamentalismos que acechan y que pueden rebrotar en este terreno propicio, caracterizado por un pluralismo de ideas sin fuste.
Para Lévy, el remedio contra el fundamentalismo es el pluralismo. La gran idea, la nueva religión, es la idea de la pluralidad. La verdad absoluta no existe, sólo existen las verdades relativas, y el pluralismo de "verdades" resultantes es la gran riqueza occidental.
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(*) U24, Ciudad de Buenos Aires, Argentina, 2004.