El lanzamiento de las Sony A7 en 2013 marcó un punto de inflexión para la tecnología fotográfica dirigida a usuarios avanzados. Esta cámara sin espejo venía dotada de un sensor de imagen de tamaño completo, mayor que el que emplean muchas cámaras de objetivos intercambiables.
Esta clase de sensores de imagen, que por lo general ofrecen mejores prestaciones, hasta entonces estaban reservados para cámaras profesionales. Pero Sony tuvo el acierto de poner sus dos modelos iniciales a un precio lo suficientemente atractivo para que un público más amplio accediese a esa tecnología.
La serie Sony A7 fue evolucionando rápidamente con nuevos modelos y un gran número de objetivos mientras el resto del sector miraba para hacia otro lado.
Pero Sony también estaba dotando a sus cámaras con prestaciones tecnológicas muy avanzadas; como tener la capacidad de grabar vídeo con calidad profesional e introducir mejoras mediante software como un enfoque automático con seguimiento al ojo tremendamente efectivo. Una prestación muy útil para hacer retratos.
En definitiva, Sony logró que sus dos principales competidores, Canon y Nikon, movieran sus fichas y lanzaran su propio sistema de cámaras sin espejo. Aunque la respuesta está claro, llegó tarde. Seguramente por aferrarse demasiado a sus divisiones de cámaras réflex. Para peor, lo celulares de ultima generación, vienen con más de una cámara que cumplen las mismas funciones ofrecidas los dos históricos del sector.
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