Lo cierto es que, en lo que va del milenio, pasaron por la Casa Rosada gobiernos de diferente signo, desde el de la Alianza, con el radical Fernando de la Rúa como Presidente, los interinatos peronistas federales que siguieron a la crisis del 2001 y terminaron con la convocatoria a elecciones realizada por Eduardo Duhalde, la experiencia populista del matrimonio Kirchner y finalmente la coalición de derecha y la socialdemocracia en Cambiemos, a cuyo frente se encuentra Mauricio Macri.
A la vez, entre 2002 y 2018, de acuerdo con el método cambiario del Banco Central, residentes argentinos transfirieron al exterior unos US$ 163.000 millones, tomando como base el cálculo efectuado por Mariano Barrera y Leandro Bona que se tituló “La fuga de capitales en la Argentina reciente (1976-2018)”, donde se estima que salieron US$101 932 millones hasta 2015, a los que la Administración Macri les agregó US$ 62 mil millones en 3 años, de acuerdo con estimaciones de CEPA.
Según los autores, de 1976 a 2015 se extrajeron del sistema financiero nacional unos US$277.800 millones.
Por la avenida de las inversiones, en consecuencia, en el milenio el país dejó de recibir unos US$38.935,8 millones teniendo en cuenta lo que le hubiera tocado, de haber mantenido su anterior participación en el acervo del IED, la del final del siglo XX. A la que podría añadirse la sangría de divisas propias acumulada en el balance de pagos que supera los US$160 mil millones.
El director de DNI, Marcelo Elizondo, especificó que la participación de Argentina en el stock de IED hacia Latinoamérica retrocedió 5 veces en lo que va del milenio y quedó en el 3,4%, muy por detrás de Brasil (34,8%), México (24,8%) y Chile (12,6%); pero también de Colombia (8,1%) y Perú (4,4%).
Y que junto a Bolivia y Ecuador -excluida Venezuela, de la que no hay datos-, son los que menos IED recibieron en función de su producto bruto interno.
La progresión del acervo de IED acumulado en la región había crecido de US$460.857 millones en 2001 a 680.548 millones en 2005, a 1.965355 millones (1,9 billones) en 2012 y recaló en 2.230.432 millones (2,2 billones) en 2017, último registro anual de Cepal.
Frente a este panorama, el Presidente Mauricio Macri, desde que asumió, situó como principal objetivo de su política internacional la promoción del país para la recepción de inversión de origen externo, lo cual parecía apropiado “en la medida en que Argentina es una economía con baja tasa de inversión interna bruta en general y también de inversión extranjera directa (IED)”, acota Elizondo.
Entre los problemas de ajuste interno de la economía que provocó la inflacionaria intervención de las regulaciones energéticas en la estructura de los precios relativos y el endeudamiento para cubrir los abultados déficits fiscal y comercial, en un contexto financiero internacional adverso, el discurso aperturista de Macri sólo prendió en la atracción de capitales hacia limitados sectores: petróleo, gas y energías renovables, agro, principalmente.
Atrasos en 4.0
Pero Elizondo subraya también “dificultades para acceder a lo que está llamándose la globalización 4.0, que posiciona en línea a empresas a través de las fronteras para activar procesos productivos, comerciales, estratégicos y de crecimiento”.
El fenómeno de internacionalización productiva se acrecienta y ya existen vigentes en el mundo 3.322 tratados de protección de inversiones, como modo de sostener políticas de incentivos.
Vaticina que “mantener a la recepción de inversión externa como un eje crítico de la política exterior (que obviamente debe convalidarse con las condiciones internas) es, pues, muy relevante para esta administración, la próxima y muchas venideras”.
Señala en ese aspecto que “no es difícil constatar que, conforme los resultados, la débil vinculación productiva argentina no ha generado precisamente mejores resultados que la dinámica relación que muchos vecinos en la región lograron, como uno de los modos de avanzar en su progreso y prosperidad”.
Hasta el año pasado los flujos de IED venían creciendo mucho desde promediada la década anterior y, desde ese momento, han oscilado en montos anuales, algo más bajos o algo más altos (según el año), de aproximadamente US$2 billones en todo el mundo.
Aclara que, de todo el stock de inversión extranjera directa (IED) acumulada en el mundo, la enorme mayoría se encuentra hundida en los países desarrollados (Europa y USA), mientras que el envío de IED a los países emergentes ha permanecido constante y las oscilaciones han tenido que ver con la situación de los países desarrollados (no de los emergentes).
Aunque los datos de IED de 2018 no se habían publicado al momento en que Elizondo hizo el trabajo, la estimó en US$10.500 millones.