La propia FIFA tampoco ofrecía alternativas accesibles. El organismo liberó cerca de 1.200 entradas de categoría 2 por 7.380 dólares, mientras los lugares de categoría 1 situados en el nivel inferior costaban entre 19.995 y 32.970 dólares. Los paquetes de hospitalidad, que incluyen comida y bebida, llegaban hasta los 34.500 dólares por persona.
Pero el dato más desorbitado apareció en el mercado oficial de reventa. Allí se publicaron entradas desde 7.440,50 dólares hasta una cifra cercana a los 11,5 millones de dólares. Que una localidad aparezca ofrecida por ese monto no significa que haya encontrado comprador, pero explica por qué el revuelo no resulta exagerado. Además, FIFA cobra al comprador una comisión del 15%, incluida en el precio final que muestra la plataforma.
Así, la escala va desde los 2.030 dólares que costaba originalmente la categoría más alejada del campo hasta publicaciones millonarias sin ninguna relación con el valor inicial. Para quien intenta comprar hoy, la realidad es mucho más concreta: entrar a la final difícilmente baja de los 4.700 euros y puede superar con facilidad los 30.000 si se busca una ubicación privilegiada o una experiencia VIP.
Gianni Infantino junto a Marco Rubio, en plena organización del Mundial 2026 y bajo críticas por el negocio de las entradas.
FOTO: AFP
El negocio de la FIFA detrás de la reventa
Los precios desorbitados no aparecen únicamente por culpa de vendedores aislados. FIFA habilitó para el Mundial 2026 un mercado oficial de reventa en el que, fuera de México, los propietarios pueden fijar libremente cuánto pretenden cobrar por sus entradas. A diferencia de ediciones anteriores, el organismo no obliga a respetar el valor original ni establece un límite que impida publicar localidades por cientos de miles o incluso millones de dólares.
El modelo tiene un detalle todavía más polémico: FIFA cobra una comisión del 15% al vendedor cuando logra desprenderse del ticket y otro 15% al aficionado que lo compra. Es decir, alrededor de cada entrada revendida, el organismo retiene el equivalente al 30% del precio acordado entre ambas partes.
La consecuencia es evidente. Cuanto más aumenta el valor de la localidad, mayor es también el dinero que ingresa FIFA. Por una reventa de 10.000 dólares, por ejemplo, el organismo puede recaudar cerca de 3.000 entre los cargos aplicados a comprador y vendedor. Si alguna de las entradas para la final publicadas por 2,3 millones de dólares hubiera encontrado comprador, las comisiones habrían rondado los 690.000 dólares. No existe constancia de que esas operaciones millonarias se hayan concretado, pero el sistema permite que sean ofrecidas.
FIFA presenta su plataforma como el camino oficial y seguro para evitar fraudes, pero decidió no frenar la especulación dentro de ella. Los vendedores ven cuáles son las localidades más baratas disponibles en cada categoría y pueden colocar las suyas al valor que consideren, mientras el precio final mostrado al comprador ya incorpora el cargo adicional del 15%.
Así, el organismo dejó de ser solamente el encargado de vender las entradas originales y pasó a participar también del negocio secundario. No fija directamente esas cifras disparatadas, pero permite que aparezcan en su propia web y obtiene una comisión cada vez que alguien acepta pagarlas. El resultado es una final en la que la escasez, la especulación y el interés económico de FIFA terminan empujando al hincha común cada vez más lejos del estadio.
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