La presión aparece en un momento especialmente sensible para Europa. La BBC señala que Estambul y Múnich figuran entre los puntos con mayores reducciones, mientras que en la lista de destinos con más cancelaciones también aparecen aeropuertos clave como Frankfurt, París Charles de Gaulle y Ámsterdam Schiphol. No se trata de nombres menores: son nodos centrales para conectar con España, Italia, Portugal, Francia y buena parte del continente.
Por ahora, desde el sector insisten en que el impacto sobre el pasajero sigue siendo manejable. En Reino Unido, por ejemplo, Cirium calcula que apenas el 0,53% de los vuelos fueron cancelados, y las asociaciones de viajes sostienen que las salidas hacia destinos clásicos de sol y playa no están afectadas de forma significativa. Pero el mensaje de fondo es otro: las aerolíneas ya están limpiando sus calendarios antes de que el verano entre en su punto más caliente.
El Grupo Lufthansa -consorcio con actividades en las áreas de transporte aéreo, logística, catering y servicios de IT, que emplea a 120.000 personas y transporta anualmente más de 100 millones de pasajeros a través de más de 700 aviones que sirven 254 des
Lufthansa anunció el recorte de 20.000 vuelos hasta fines de octubre, en medio del encarecimiento del combustible aéreo y la presión sobre los grandes hubs europeos.
FOTO: NA
Combustible más caro, menos margen y pasajes bajo presión
El recorte de vuelos tiene una explicación de fondo: el combustible aéreo volvió a convertirse en el costo que más inquieta a las compañías. El precio del jet fuel se disparó desde el inicio de la guerra: una tonelada cotizaba alrededor de 831 dólares a fines de febrero y llegó a tocar los 1.838 dólares a comienzos de abril. Para una aerolínea, esa diferencia no es un detalle contable; puede definir la rentabilidad completa de una ruta.
Por eso muchas compañías empezaron a moverse antes de que el problema golpee con más fuerza. Air France, KLM, Air Canada, Delta y SAS ya recortaron parte de sus programaciones de verano, mientras Lufthansa fue más lejos y anunció que eliminará 20.000 vuelos entre ahora y fines de octubre. La lógica es simple: si el combustible encarece cada operación, las rutas con peor ocupación o menor margen son las primeras en caer.
El pasajero puede sentirlo de dos maneras. La primera, en el precio, porque varias aerolíneas ya trasladaron parte del aumento a sus tarifas. La segunda, en la disponibilidad, porque menos vuelos implican menos asientos y, en temporada alta, esa escasez suele empujar los valores hacia arriba. Aun así, no todo el mercado se mueve en la misma dirección: Wizz Air, por ejemplo, sostuvo que algunos precios en Europa estaban bajando porque ciertas compañías buscan atraer a viajeros más cautelosos.
El resultado es un escenario irregular. No hay una crisis homogénea ni un apagón aéreo, pero sí un verano más caro y más selectivo, donde las aerolíneas ajustan con bisturí: suben tarifas donde pueden, cancelan lo que no rinde y protegen las rutas que consideran estratégicas. Para quien viaje por Europa, el consejo es claro: revisar bien las conexiones, evitar escalas demasiado ajustadas y no dejar la compra para último momento.
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