Fue precisamente Google, otro novato en el sector de la telefonía, quien puso sobre la mesa el único sistema capaz de acotar, hasta el momento, al fenómeno iPhone. En 2008 debutaron los primeros teléfonos equipados con Android que básicamente replicaban la idea que le había funcionado a Apple, aunque con un modelo de negocio distinto. En vez de fabricar sus propios dispositivos les ofrecían gratis a las compañías de electrónica un sistema operativo capaz de competir con el iPhone.
Google quería que Android fuera el nuevo estándar tecnológico para el mundo de la telefonía, al igual que Windows lo era para el PC. Su beneficio se basa en generar ingresos a través del uso de los dispositivos, principalmente las búsquedas por internet. Samsung, HTC, Motorola (que adquirió Google) y otros adoptaron Android ansiosos por subirse rápidamente al carro de lo táctil y las aplicaciones, y Steve Jobs enfureció: "Voy a destruir Android porque es un producto robado. Estoy dispuesto a ir a una guerra termonuclear por esto", aseguró el gurú de Apple a su biógrafo antes de morir el 5 de octubre de 2011.
Con la ayuda de Android, teléfonos como el nuevo Samsung Galaxy S III no solo han conseguido alcanzar al iPhone en el último lustro. Para muchos expertos, incluso lo superan en prestaciones, lo que pone en cuestión la capacidad de Apple para seguir liderando el cambio en un sector que reinventó y que empieza a poner a cada uno en su lugar.
Lo que empezó siendo en 2007 un desafío movido por la innovación ha pasado en 2012 a ser una guerra de patentes donde los abogados, y no los creativos, llevan la voz cantante. Un síntoma de que los productos han alcanzado su madurez. A pesar de todo, cabe prever que el esperado iPhone 5 volverá a causar furor, igual que sus antecesores, y batirá récord de ventas. Se formarán colas ante las tiendas de Apple, cuyas acciones están por las nubes. Eso entra dentro de lo previsible.
Es precisamente la falta de factor sorpresa lo que empieza a pesar sobre el exitoso iPhone, un dispositivo que está condenado a asombrar con cada nueva generación y para el que cumplir con las expectativas es sinónimo de conformismo, precisamente un concepto antirrevolucionario.