Los científicos colocaron placas de Petri en cada habitación y utilizaron un muestreador de aire activo para atrapar los aerosoles que flotaban en el aire.
Varias veces al día también testearon superficies de la sala, así como la nariz y la boca de los estudiantes.
Luego utilizaron PCR, o reacción en cadena de la polimerasa, para determinar si el virus estaba presente en cada muestra y, de ser así, en qué niveles.
Los datos confirmaron que existía un vínculo claro entre la cantidad de virus que portaban los estudiantes y la carga viral ambiental. A medida que la cantidad de virus en la nariz y la boca de los estudiantes disminuyó durante su período de aislamiento, también lo hizo la cantidad de virus en el aire.
Las cargas virales fueron más altas cuando los estudiantes tenían síntomas que cuando estaban asintomáticos, aunque los científicos enfatizaron que todos emitían muchos virus.
Varios síntomas, como por ejemplo la tos, se asociaron específicamente a la carga viral ambiental más alta.
Los científicos les pidieron a los estudiantes que informaran con qué frecuencia se abrían las ventanas. En efecto, descubrieron que las cargas virales eran aproximadamente el doble en las habitaciones que tenían la ventana cerrada más de la mitad del tiempo.
El estudio tuvo algunas limitaciones, incluido el hecho de que solo incluyó a adultos jóvenes y que los síntomas y los datos de la ventana fueron autoinformados. Los investigadores tampoco indagaron en la cantidad de virus presente en la habitación que era capaz de infectar a otras personas.
No obstante, la evidencia del mundo real proporciona más sustento al principio de ventilación como método preventivo del coronavirus, así como de otras enfermedades virales.