Casi todos los guionistas se adhieren a la noción de "mostrar, no contar", pero Netflix parece haber escupido sobre esa regla y ahora está obligando a sus escritores a romperla, y más. Es casi milagroso que este mismo servicio de streaming haya sido el que, hace apenas unos años, decidió hacer Roma y El irlandés.
La transformación del gigante
El cambio refleja una transformación más profunda en el modelo de negocio de Netflix. La plataforma, que revolucionó el consumo audiovisual hace una década, hoy parece más cercana a los proveedores de cable tradicionales que intentó reemplazar. Con aumentos de precios cercanos al 100% en los últimos años, la introducción de publicidad y acuerdos millonarios por contenido deportivo en vivo, la compañía se aleja de sus orígenes disruptivos.
La estrategia de "narración explícita" marca otro hito en esta evolución, priorizando la retención de suscriptores por sobre la calidad narrativa. Para muchos críticos, esto confirma que Netflix ya no compite por la excelencia del contenido, sino por mantener un flujo constante de "ruido de fondo" que justifique la suscripción mensual.
Esta última noticia llega apenas un año después de que se informara que Netflix estaba pidiendo a sus escritores y directores que se aseguraran de que hubiera suficiente drama en los primeros cinco minutos de una película para que el espectador siguiera viéndola y no la apagara.
Continuamos nuestro camino hacia la idiocracia.
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