Parte de esos medios también sostiene operaciones de la OTAN fuera del territorio nacional. España mantiene una batería Patriot en Turquía y otra NASAMS en Letonia, mientras avanza en la modernización y ampliación de sus equipos. Esa contribución no deja al país sin protección, pero muestra que el número de unidades disponibles es limitado y que deben repartirse entre la defensa nacional y los compromisos asumidos con la Alianza Atlántica.
Francia e Italia poseen una estructura más robusta para enfrentar amenazas de medio y largo alcance. Ambas desarrollaron el SAMP/T y su nueva generación, equipada con radares capaces de detectar objetivos a más de 350 kilómetros y misiles Aster destinados a interceptar aeronaves, misiles de crucero y proyectiles balísticos. También disponen de defensas navales y una mayor experiencia industrial en este terreno, aunque sus sistemas tampoco levantan una cúpula continua sobre todo el territorio. Están diseñados para proteger zonas prioritarias, no para vigilar simultáneamente cada acceso marítimo.
Ahí aparece la ventaja que buscaría explotar una operación lanzada desde el Mediterráneo. Un Gerbera oculto en un buque mercante podría despegar a unos cientos de kilómetros de la costa, volar bajo y confundirse inicialmente con el tránsito civil. El reducido tamaño del aparato dificulta su detección temprana, mientras la utilización de un barco comercial complicaría la identificación inmediata del responsable. Un informe del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos ya vinculó a embarcaciones de la llamada “flota fantasma” rusa con una campaña de drones destinada a observar instalaciones, alterar aeropuertos y localizar vacíos en las defensas europeas.
Por eso España aparece como un objetivo “asumible” dentro del escenario atribuido a la CIA. Moscú no necesitaría superar todo el sistema defensivo ni provocar una matanza: bastaría con alcanzar una instalación poco protegida, generar un incendio o detener durante algunas horas la actividad de un aeropuerto. El daño material podría ser limitado, pero el impacto político resultaría enorme y colocaría a la OTAN ante una decisión incómoda: responder como ante una agresión militar o tratar el episodio como otra acción híbrida cuya autoría todavía debe demostrarse.
Los tres puntos donde Rusia podría poner a prueba a la OTAN
La posible operación con drones sobre el Mediterráneo forma parte de una preocupación mucho más amplia: que Vladímir Putin intente comprobar hasta dónde llega realmente el compromiso de defensa colectiva de la OTAN. Un informe del Belfer Center de la Universidad de Harvard analiza los escenarios que Moscú podría utilizar para dividir a los aliados, aunque no presenta una lista de objetivos confirmados ni anticipa una invasión inminente. Sus autores identifican dos hipótesis centrales en el flanco oriental y añaden una tercera posibilidad dentro de una guerra abierta en el mar Báltico.
Narva, en Estonia, aparece como el escenario más compatible con la estrategia híbrida rusa. La ciudad se encuentra junto a la frontera, posee una población mayoritariamente rusohablante y podría ser utilizada para construir el relato de una comunidad perseguida que necesita protección. El Kremlin podría fomentar disturbios, organizar una provocación de falsa bandera e introducir combatientes sin identificación junto con grupos locales. El objetivo sería ocupar rápidamente edificios públicos, puestos fronterizos y centros de comunicaciones antes de que los miembros de la OTAN acuerden si corresponde activar el artículo 5.
El corredor de Suwalki representa un peligro mucho mayor, aunque también menos probable. Esa estrecha franja ubicada entre el enclave ruso de Kaliningrado y Bielorrusia constituye la única conexión terrestre entre Polonia y los países bálticos. Si las fuerzas rusas lograran ocuparla, Estonia, Letonia y Lituania quedarían separadas por tierra del resto de la Alianza. A diferencia del movimiento ambiguo sobre Narva, una ofensiva en esta zona necesitaría tropas regulares, blindados y apoyo aéreo, por lo que equivaldría prácticamente al comienzo de una guerra convencional contra la OTAN.
Gotland completa el mapa, pero no aparece en el estudio como un tercer objetivo independiente. La isla sueca está situada en el centro del Báltico y permite controlar buena parte del tránsito marítimo y aéreo de la región. Dentro de una ofensiva destinada a aislar a los países bálticos, Rusia podría intentar un desembarco limitado, instalar defensas antiaéreas o utilizar sus aguas para cortar la llegada de refuerzos aliados. Suecia reforzó su presencia militar precisamente porque quien domina Gotland obtiene una posición privilegiada sobre todo el mar Báltico.
Los tres escenarios tienen escalas diferentes. Narva permitiría una ocupación rápida y difícil de atribuir; Suwalki exigiría una ofensiva militar abierta; Gotland adquiriría importancia dentro de una batalla regional más extensa. La amenaza contra España, Francia o Italia se ubicaría todavía un escalón por debajo: un golpe con drones que cause alarma, mida la reacción occidental y mantenga suficientes dudas como para evitar una respuesta automática de los 32 países de la Alianza.
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