Desde Barcelona fueron todavía más lejos. Daniel Sirera, líder del PP en el Ayuntamiento, pidió a Jaume Collboni y Salvador Illa que presionen para que la final se dispute en el estadio del Barça, que cuando esté completamente remodelado tendrá alrededor de 105.000 localidades. La candidatura catalana ya había sido impulsada meses atrás y ahora encuentra en el conflicto con Rabat una nueva oportunidad para instalarse como alternativa al Bernabéu.
Toda la pelea tomó otra dimensión después de que The Times publicara que Gianni Infantino habría ofrecido a Marruecos la final a cambio de respaldo político dentro de la FIFA, una versión que el organismo calificó de “falsa y engañosa”. Sea Madrid o Barcelona, ahí aparece un punto en el que PP, Gobierno y Vox pueden coincidir mucho más fácilmente: España no quiere organizar la mayor parte del Mundial para ver el partido más importante desde la otra orilla del Estrecho.
Pedro Sánchez durante una visita a Ceuta. Moncloa intenta contener la crisis sin romper la relación con Marruecos, mientras crece la presión política por el Mundial 2030.
FOTO: JORGE GUERRERO / AFP
PP y Vox llevan Ceuta al terreno electoral
La pelea por el Mundial llega en un momento perfecto para que PP y Vox mantengan viva una crisis que ya desbordó la frontera. Los populares vienen cargando contra Pedro Sánchez por la gestión de Ceuta, el reparto de menores y la relación con Rabat, mientras Abascal intenta ir un paso más allá y convertir la exclusión de Marruecos en una bandera de soberanía. No compiten exactamente con el mismo discurso, pero ambos encontraron un asunto con recorrido político de cara al próximo ciclo electoral.
En Génova, de hecho, la estrategia pasa por evitar que el debate migratorio vuelva a romper sus entendimientos territoriales con Vox, como ocurrió en 2024, y trasladar la presión directamente a Moncloa. La crisis de Ceuta permite cuestionar al Ejecutivo por el control de la frontera y su política hacia Marruecos; la pelea por la final agrega un elemento mucho más transversal, capaz de salir del debate estrictamente migratorio y conectar con una discusión sobre el peso de España dentro del Mundial.
El Gobierno intenta moverse en sentido contrario. Mientras descarta alimentar la ofensiva para expulsar a Rabat de la candidatura, Sánchez tomó personalmente las riendas de la situación en Ceuta y convocó a sus ministros para coordinar la respuesta al colapso y el reparto de menores. La intención es separar la emergencia fronteriza, que todavía ocupa la agenda y mantiene abiertas numerosas preguntas, de una escalada diplomática que podría comprometer una relación considerada estratégica por Moncloa.
Ese contraste explica por qué el asunto difícilmente desaparezca rápido. PP y Vox tienen incentivos para seguir llevando a Sánchez al terreno de Marruecos, inmigración y soberanía, mientras el Ejecutivo procura presentar el episodio como una crisis que debe gestionarse sin romper los puentes con Rabat. Y ahora el Mundial se metió en el medio: un torneo que todavía está a cuatro años de comenzar ya funciona como una herramienta más de una batalla política mucho más inmediata.
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