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Una crónica: 21/03/2020

Conocedora profunda de la historia del Arte, la licenciada Adriana Laurenzi explica sus vivencias y las vincula con otras pestes, otros lugares. El mensaje es interesante sobre una globalización confirmada por el COVID-19, y que también entra en fase crítica por el mismo enemigo invisible sin microscopio..

Todo empezó en la lejana China, en la ciudad de Wuhan cuyo nombre ya figura en los anales de la historia. Algunos dicen que fue en el mes de noviembre 2019 que se registraron los primeros casos en el espacio de un gran mercado en el que comercializan de manera hacinada animales no domésticos. Nos reímos con las imágenes de un video en internet donde una chica china revolvía con una cuchara un plato de sopa de murciélago.

Nadie se imaginó que cuatro meses después el mundo entero o casi en su totalidad, se tildó en una pausa cuyo final es un misterio.

Las grandes capitales europeas están hoy desiertas como en las ciudades metafísicas de Giorgio De Chirico. La incansable Nueva York, las ciudades de California, San Francisco, Washington están desiertas, como lo está Buenos Aires, en este espacio del fin del mundo.

Desde el viernes 20 de marzo a las 0:00 hora el gobierno decretó la cuarentena obligatoria en todo el país. Se dispararon situaciones insólitas, miles de personas varadas a las que se les fue cerrando el alojamiento, los hoteles, los vuelos.

Nadie pudo predecir que el mundo se iba a detener de esta manera tan total y global. Nadie imaginó un escenario con millones de habitantes del planeta encerrados en sus casas, con la policía controlando la cuarentena, único método hasta ahora para tratar de parar la expansión del virus.

Varias reflexiones quiero hacer desde mi perspectiva personal con dos sentimientos encontrados. Personalmente la cuarentena no sólo no me asusta, sino que es una buena excusa para hacer a gusto lo que más me gusta sin tener interrupciones de ninguna índole: leer, escribir, estudiar. No me sobra el tiempo, no me aburro para nada.

El otro costado, el social me preocupa porque no puedo dejar de pensar en la necesidad de quienes dependen en su sustento del trabajo en las calles o en otros tipos de actividad que hoy no pueden hacer. En un país con una economía quebrada como en la Argentina lo que viene después del coronavirus no es nada alentador.

Yo había apostado, en una equívoca percepción numerológica, en lo bien que sonaba el 2020 pero la síntesis gráfica del doble 20 no tiene nada de mágico porque no se condice con la realidad. Hoy, en Italia la cifra de muertos supera los 700 en el término de 24 horas.

La Lombardía va a la cabeza en las cifras de letalidad. Por la televisión vemos las imágenes de la ciudad de Milán vacía, silenciada, siendo una ciudad poderosa,
industrial, de avanzada en el diseño y como muchas otras ciudades italianas hermosa.

La historia medieval está asociada a las cíclicas pestes que azotaron Europa provenientes del oriente y recuerdo especialmente el año 1348, con la peste negra que le dio pie a Boccaccio para escribir el "Decamerón", cien cuentos creados para entretenimiento de los jóvenes aristócratas que huían de la ciudad y también pienso en los hermanos Lorenzetti que pintaron los frescos con las alegorías del Buen y Mal Gobierno, en la Signoría de Siena, que en ese año se los llevó la peste. 

Pienso en Venecia bajo la peste de principios del siglo XX que llevó al cine Luchino Visconti con su “Muerte en Venecia”, basada en la novela de Thomas Mann, el joven y bello Tazio en las playas de Venecia para siempre asociadas a los acordes de la 5ta. sinfonía de Gustav Mahler. Ninguna otra música podría fundir tanta belleza y muerte.

Las pestes como las guerras son hecho excepcionales que pueden parar el ritmo de la sociedad. El coronavirus nos permite imaginar algo parecido a lo que la gente vivió durante las grandes guerras mundiales. Nadie queda afuera del problema, nadie escapa hoy a la orden de reclusión social. Nunca hemos sentido tan a flor de piel de qué se trata la globalización. Nunca es tan igualitario el peligro como el único remedio con el que contamos para todas las clases sociales. 

El virus no discrimina entre un partido u otro. Es la primera vez en años de grieta que los argentinos pensamos en primer lugar en el bien común. A las 21 horas todos salen a las ventanas o balcones a aplaudir a los médicos, enfermeras y yo agregaría a toda la policía que se arriesga el propio pellejo en la calle y en los hospitales.

Es hora de saber que quienes siempre se sintieron al margen de la mayoría deben someterse a las mismas reglas: no salir de casa. Cuarentena total es lo único que puede hacer la diferencia con la actual tragedia que vivimos ante el peligro de repetir las cifras del horror que tenemos en el ejemplo de Italia.

Dos fuerzas opuestas comparten la misma invisibilidad. Antoine Saint- Exupéry en El Principito decía que “Lo esencial es invisible a los ojos”, se refería esa fuerza que es el eterno motor del mundo que es el amor y también es invisible a los ojos este enemigo fatal que nos asedia y no vemos dónde puede estar.

Este sábado por la mañana salí por primera vez a comprar algo a la verdulería. El día no podía ser más hermoso de sol y temperatura templada, una mañana otoñal que a mi gusto es la mejor estación en la ciudad de Buenos Aires, pero las pocas personas que hicimos la cola a más de dos metros de distancia la una de la otra, seguramente sentíamos el mismo pánico a ese enemigo invisible que acecha, que quisiéramos destruir al lavarnos compulsivamente las manos pero que sabemos que se escapa y puede sorprendernos sin ser detectado.

En un país como el nuestro, con muchísimas personas que no cuentan con agua corriente ni cloacas, que viven hacinados es posible que caiga sobre ellos la peor parte si esto se agrava.

Estábamos en México en enero, cuando llegaron las primeras noticias del virus y creíamos que la China estaba muy lejos de este continente. Pero la distancia con China hoy está tan cerca como lejos estaba América de Europa en los años de la conquista.

Ojalá está extraordinaria experiencia global nos permita repensar muchas cosas y especialmente el valor del humanismo, término que nos legó la cultura italiana.

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