** por sobre todas las cosas, es un gobierno peronista.
Sólo el peronismo dispone de la plasticidad y la audacia para cambiar sobre la marcha, esto es amagar con un plan expansivo en lo monetario y ejecutar uno ortodoxo y que claramente ha simpatizado a los mercados de deuda, a juzgar por la perfomance de los títulos argentinos en los últimos días.
Es imposible no recordar en ese sentido a la pirueta de Carlos Menem, de 'revolución productiva y salariazo' al Plan Bunge y Born, pero después llegó la convertibilidad y hubo sensación de bienestar para todxs.
Y aquí se produce la principal contradicción de la hora. Ese gigantesco movimiento político-social creado hace 74 años por un general nacionalista, es sinónimo de goce y de derechos. Pero ahora es tiempo de vacas flacas y hay que apechugar. Primero hay que ordenar y después veremos a ver…
Es probable que las mejoras lleven más tiempo de lo deseado y, entonces sí, asistamos a puestas en escena exageradas, a frases altisonantes y a discursos que algunos juzgarán incendiarios y agrietados. Lo digo por la actual vicepresidenta, Cristina Fernández, quien se reservará, en términos futbolísticos, la misión de “aguantar los trapos”.
Esta semana que concluye, la Vice hizo silencio de radio, pero en la anterior, anduvo de gira por el Gran Buenos Aires. Allí repartió a diestra y siniestra, propuso un 'nuevo pacto fiscal', para equiparar a la Provincia con los ingresos que recibe la Ciudad Autónoma, enfatizó que ella sabe quiénes la quieren y quienes la odian; y le aconsejó a Alberto Fernández que cada tanto se dé un baño de masas en La Matanza.
Esto que parece a simple vista, una conducción bifronte y disociada -en un movimiento verticalista como el peronismo-, puede ser la polea de trasmisión de algo novedoso en la política argentina. Es decir, el Presidente hace el trabajo amigable con los mercados y los poderes fácticos y Cristina se pone al hombro desde lo discursivo, a la base electoral del Frente de Todos. A no menos de 40% de votos conseguidos en octubre sobre 48% totales.
No hay muchas experiencias de conducciones colegiadas y, aunque la política no es extrapolable, es interesante la similitud que podría darse con los primeros años de gobierno de Felipe González en España. Allá por los `80 del siglo pasado, Felipe hizo dupla con Alfonso Guerra, que era su vicepresidente. González se encargó de meter a España en la Unión Europea, en la OTAN (recordemos que uno de los ejes vectores de la campaña socialista de aquellos años era “OTAN, de entrada no”) y de aplicar una reforma laboral que llevó a la izquierda y a los sindicatos a llamar al nuevo régimen laboral como “contratos basura”.
Mientras tanto Guerra, era el rostro Mr Hyde de esa trama política. Él trataba de franquistas a los opositores de derecha, decía: “la derecha siempre ha querido un estado residual para que los grandes grupos económicos puedan campar por sus fueros y que el Estado no pueda hacer nada”. El gobierno socialista se dividía en felipistas y guerristas, sin embargo, y a juzgar por los resultados, aquella era una sociedad que funcionaba a la perfección. Simplificando en categorías vetustas, uno iba por derecha y el otro por izquierda.
Mucho más acá y en estas geografías, tal vez Cristina se reserve el papel moral de las reivindicaciones más caras a su discurso, por ejemplo el aliento a Evo Morales en la comida que se celebró en Olivos entre los Fernández y el ex mandatario boliviano. Y Alberto quede encargado de lidiar con la real politik, y con las correlaciones de fuerza que pondrán límites objetivos a sus sueños y aspiraciones.
Por supuesto que ese juego de roles no será gratuito. Cristina sigue colonizando áreas sensibles del Estado, por caso, la segura designación de Cristina Caamaño al frente de los servicios secretos. Caamaño es una fiscal que preside el colectivo Justicia Legítima y tiene estrecha relación con la ex Presidenta. Horacio Verbitsky también está de enhorabuena, el periodista amplía su radio de influencia.
Tal vez, todo lo que suene a deformaciones exageradas, no sean más que garantías de gobernabilidad.