Mezclar narcotráfico y consumo no sólo es un concepto equivocado sino que es ridículo. Al permanecer juntas ambas temáticas, se pierde toda posibilidad de trabajar en serio en las Adicciones, ya que el sumario del Narcotráfico monopoliza el interés y la atención de las autoridades y de la opinión pública.
ESto sucede porque, obviamente, se prioriza la agenda de las fuerzas de seguridad (Policía Federal, Gendarmería Nacional, Prefectura Naval y Policía de Seguridad Aeroportuaria), de la Afip (lavado de dinero, delitos aduaneros), de la Unidad de Información Financiera, los presupuestos tan abultados como oscuros, que nada tiene que ver con las herramientas apropiadas para concientizar a los hijos y nietos de los legisladores y de sus electores acera de las adicciones, o bien lograr su recuperación.
Un procedimiento antidrogas nada tiene que ver con la fractura que sufre una familia al registrar la adicción de uno de sus integrantes o de personas cercanas, o con la destrucción progresiva y sistemática del individuo en las diferentes dimensiones propias del ser humano.
El error en la definición / simplificación en que incurre el Estado se relaciona con su propia fragilidad / desinterés demostrado en el crecimiento del narcotráfico y en la impotencia para recuperar adictos.
¿Por qué una política de prevención y recuperación de adictos debe quedar prisionera de la corrupción que, a menudo, atrapa a líderes de las instituciones, que caen en las redes de los recursos financieros del narcotráfico?
Aquí es necesario insistir otra vez : un ser humano adicto no es un narcotraficante y menos un corrupto. Su enfermedad requiere un tratamiento que le permita una certidumbre: él puede derrotar su adicción.
El Estado tiene una presencia pobrísima en prevención y recuperación de adicciones.
** Hoy día no hay programas escolares consolidados en el trabajo en prevención.
** No hay seguimiento de los casos que se acumulan en una escolaridad que cada vez más temprano se inicia en la problemática que antes era de los adultos.
** No se trabaja con las familias, cuando esto es clave para la recuperación de las adicciones.
En la Argentina del siglo 21, los esfuerzos más consolidados y eficientes para prevenir adicciones -o bien recuperar personas adictas-, los realiza la sociedad privada, no el Estado. Y eso se remonta al siglo 20, con la creación de esfuerzos terapéuticos tales como fue el Programa Andrés, del pastor Carlos Novelli, pionero de decenas de otros esfuerzos, a veces solitarios, a veces necesitados que se evalúe sus protocolos, a veces 'ninguneados' por las obras sociales y la medicina prepaga, pero siempre más poderosos que el Estado, que carece de una infraestructura específica.
Al fin de cuentas, el Estado no consigue urbanizar los barrios precarios... es difícil imaginarle logros que requieren una tarea especializada, sin grandes titulares ni minutos de televisión ni sobreprecios que enriquecen a algunos.
Quizás, en muchos casos, las víctimas de la problemática no resuelta le resultan funcionales a muchos esquemas de gestión de la corrupción tal como el que los 'punteros' organizan en barrios populares del Gran Buenos Aires.
Por todo eso, y muchos otros motivos, resulta novedoso y auspicioso que se defina la creación de una Comisión de Narcotráfico, por un lado; y una Comisión de Prevención de las Adicciones, por el otro. También sería interesante que alguna vez prospere algún proyecto de legislación porque hasta ahora nada sucede al respecto.
Y esto es decisivo que ocurra porque resulta un gravísimo error que las adicciones se encuentren como un capítulo de la Ley de Salud Mental, tal como si un adicto fuese un enfermo mental. Para el Estado argentino 2020, una persona con adicciones o es un narcotraficante o es un loco. Esta errada calificación debería rectificarse con prontitud.
La Ley de Salud Mental vigente no contempla la existencia de las tan necesarias comunidades terapéuticas, a las que o limita o combate sin ofrecer una alternativa mejor. El Estado, en vez de establecer una sinergia con los esfuerzos privados, censura sin exhibir sus herramientas de sustitución.
Sin duda que este exabrupto debería ser abordado en forma prioritaria por la futura Comisión de Prevención de Adicciones.
Hay mucho por hacer porque las adicciones resultan un tema cotidiano en el siglo 21. Y el Estado llega definitivamente con una demora notable. Hay mucha tarea pendiente.