Piecita de atrás, otra mesa, solitaria pero en el mismo sitio, la señora Beatriz Sarlo fue consultada por el conductor (Marcelo Bonelli) y dijo sus cosas. Las que se corresponden con la mesura: calma radicales, todos juntos ahora, lo arreglamos entre todos o no lo arregla nadie, vengo descarnado, este viejo adversario despide a un amigo, con la democracia se come y se educa, no es posible una pelea por estas cosas y algo mas: en las manifestaciones le gritan “chorra” a Cristina.
También aclaró, ante una insinuación, que ella no se pondría, fuera de la ley, la vacuna anti Peste.
Hace tiempo que sabemos que el pensamiento, el verdadero pensamiento va por sus carriles sus vertederos y sus meandros y que el lenguaje televisivo es el de “entretenedor”, que nada profundo aparece allí y que el sedimento es el que sobrevive a la imagen. Poco y nada. Sostener una mentira en televisión es parte del juego presuroso. Ampliarla una cuestión natural. La propia regla de supervivencia del show, que debe continuar, la remplaza por otra con mas efecto instantáneo.
Aquella ensayista, que creciera junto a Carlos Altamirano y lograse su propio vuelo, en la televisión cae abatida por un corte y una quebrada y en tres minutitos volvemos.
Los libros de tesis de la Sarlo, los ensayos de Sergoio Berenztein, las citas de Eduardo Fidanza, las investigaciones de Ceferino Reato, caen abatidas ante el griterío que lleva a la sordera (…“ aquel que canta a los gritos no escucha su propio canto…” Atahualpa Yupanqui)
Esa es la cuestión en televisión. El grisáceo que multiplican las redes. El río revuelto que muchos pensadores televisivos y analistas “al toque”, al “toco y me voy” no terminan de entender… o si… y tal es su nuevo destino.
En la misma semana que la Sarlo dijo que no compraría la vacuna María Casanova (Moria Casan) estaba enredada en “me invitaron y no me invitaron” a que me vacunase públicamente.
Cosas veredes, Sancho, diría el compañero Marshall McLuhan, el primero que entendió de masajes en el mensaje. El lo avisó.