Estas posturas dieron el origen a un largo debate (aún presente) entre democracia y libertad.
** Con la modernidad y los nuevos gobiernos populares del siglo 20, esa discusión incorporó los conceptos de igualdad o libertad.
** La Guerra Fría trajo consigo las sospechas, los espías, y el debate entre libertad o seguridad.
** Luego, las nuevas tecnologías del siglo 21 volvieron a moldear la discusión que se manifestó entre seguridad y privacidad.
** La pandemia con la que el mundo recibió la nueva década nos trae otro debate que aún comienza, privacidad o salubridad.
¿Hasta qué punto los ciudadanos estamos dispuestos o debemos ceder nuestra privacidad, nuestra intimidad con tal de proteger la salud del cuerpo colectivo?
¿Hasta dónde puede la salud pública intervenir en la vida de las personas?
¿Cuanta información estamos dispuestos a publicar?
El dilema de la publicidad de la información no es nuevo, desde hace mucho tiempo, expertos denuncian que cada vez más las empresas privadas hacen uso (en muchos casos ilegal) de nuestra información para vendernos productos, detectar patrones de comportamiento e incluso preferencias electorales.
Recientemente una app que nos envejecía le dio a sus creadores información sobre el nombre y la cara de millones de personas en todo el planeta. Más de una vez los gobiernos debieron salir a explicar porque sus apps oficiales solicitan autorización para usar los micrófonos de los celulares, entre otros permisos aparentemente innecesarios.
Sin embargo el nuevo debate nos presenta una perspectiva totalmente diferente, porque lo que hoy se pone en juego no es la compra de tal o cual producto, ni siquiera un posible fraude electoral, lo que hoy está en juego es la salud de todo el planeta. Es la vida o la muerte de millones de personas.
La nueva propuesta de “rastreo de contactos” de Apple y Google, en donde nuestros teléfonos ya tendrán precargada un app sobre Covid-19 que registrará el tiempo que estamos en contacto con otras personas, almacenará esa información y en caso de que uno mismo o una persona con la que hayamos tenido contacto den positivo por coronavirus nos enviará una alerta notificándonos de la situación. Es una innovación que despertó más de una alarma respecto de la privacidad de las personas y la protección de los datos personales vinculados a la salud.
La polémica en Israel, donde el gobierno autorizó la utilización de tecnología de rastreo para seguir el movimiento de personas contagiadas sin la necesidad de que éstas den el consentimiento, se suma a las polémicas en Corea del Sur donde también se hizo pública la información de personas infectadas.
Todos estos casos nos remiten a las mismas preguntas:
¿Hasta qué punto estamos dispuestos a llegar para controlar el avance del Covid-19?
¿Cuánta información es suficiente?
¿Quién controla la información?
El problema reside en que más de una vez el mundo fue testigo del uso ilegal, la venta o la manipulación de datos privados.
Si los medios de comunicación argentinos han accedido a escuchas telefónicas claves en causas judiciales
¿Cuánto tardarán en tener la lista de los infectados?
¿Qué sucederá cuando algún portal publique los nombres y direcciones de cada uno de ellos?
En la última semana, la medida adoptada por el gobierno porteño, avalada por la Nación, respecto de los adultos mayores y el permiso para poder circular, extiende este debate al terreno de las libertades individuales.
Las cámaras que controlan la temperatura corporal en las estaciones de tren son, sin dudas, una medida innovadora pero inquietante. Desde una perspectiva diferente pero con la misma pregunta: ¿Cuál es o será el límite al cuidado de la salud?
Hoy, la única certeza con la que contamos es que no queda claro ni cuándo ni cómo terminará esta crisis global.
Tampoco sabemos cómo serán nuestras relaciones en el futuro, ni con otras personas ni con el gobierno.
Tal vez nos despertamos una mañana y estaremos obligados a tomarnos la temperatura con el celular para poder salir de nuestras casas o deberemos someternos a controles diarios.
Sin embargo, aquello que asustaba a Tocqueville es lo que hoy nos puede salvar la vida.
Las decisiones estatales, tomadas por gobiernos democráticos y basadas en argumentos científicos, están orientadas a velar por el bien común, aun cuando eso ponga en un segundo plano las libertades individuales.
Más que nunca, el todos debe estar por encima del yo.