El asunto hoy radica en la falta de paridad dentro de este debate, la diferencia en el peso de las declaraciones, ya sea por la relevancia que le dan los medios o por el peso propio de los emisores, aleja la discusión del ámbito racional y la lleva a los extremos del espectro político. La famosa grieta es tan solo el nombre actual de una realidad tan vieja como el Río de la Plata. Lo nuevo no son las diferencias ideológico-políticas en la Argentina, lo nuevo son los canales de difusión. Estos nuevos canales, parte de la esfera pública, potencian los mensajes y los hacen replicar, una y otra vez, dentro de los distintos polos.
Entonces, ¿Qué tienen en común las declaraciones de Susana Giménez y las fotos de Marcelo Tinelli en Punta del Este?
Lo que sucede es que dentro de las sociedades polarizadas, las nuevas tecnologías aplicadas a la difusión de la información logran “encerrar” los mensajes dentro de las distintas comunidades. Comunidades que no sólo no logran interactuar entre ellas sino que hacen todo lo posible por aislar y expulsar a las voces disidentes.
Por ese motivo, cuando Susana Gimenez aparece en el centro de la escena, proponiendo resolver la pobreza mandando a la gente al campo, ignorando, con o sin intención, la cruda realidad de más de 15 millones de personas en la Argentina y minimizando la complejidad de una problemática histórica, la discusión entre quienes la critican y quienes la candidatean pareciera ocupar el mismo espacio (o incluso más) que la reforma impositiva en la provincia de Buenos Aires, un tema que, por mucho, tiene más relevancia dentro del futuro de nuestro país y los índices de pobreza.
El espacio de la opinión pública es finito, limitado, las conversaciones se superponen y compiten entre sí por la relevancia. Entonces las horas, notas, y palabras dedicadas a discutir el valor de de la palabra de un conductor de televisión para hablar del hambre cuando pasa sus vacaciones en Punta del Este, son, decididamente, horas, notas y palabras que no se dedican a informar u opinar sobre las deudas de nuestro país con las Naciones Unidas.
Entonces, ¿Son los algoritmos y los medios los responsables de todos los males?
No, claro que no. Sostener esta postura es tan ingenuo como peligroso. Los medios alimentan, pero los ciudadanos consumimos. La teoría de la aguja hipodérmica dentro de la comunicación masiva, que en resumidas cuentas sostenía que el mensaje de los medios impacta de forma directa en las opiniones y creencias de los consumidores, ya fue descartada. Los ciudadanos no somos una hoja en blanco, nos aproximamos a la información con creencias que moldean nuestra lectura.
Los algoritmos están diseñados para encerrarnos en nuestras creencias, en nuestros círculos y comunidades que replican esos mensajes que queremos ver, leer y escuchar. Pero somos nosotros, los usuarios, los que alimentamos y moldeamos esos algoritmos. Son nuestras interacciones las que le dan vida a las comunidades.
Si bien quien escribe cree, en parte, en la lógica “Amigo-Enemigo”, de Carl Schmitt, como la esencia de la política, es el debate, la discusión y la argumentación racional la que puede encontrar esos puntos en común necesarios para la reconstrucción de un país en crisis. Son esos escasos puntos en común dentro de un océano de diferencias los que garantizarán nuestro futuro. Y son esos los que todavía no aparecen.
Ahora bien, ¿Es esto un problema? ¿Por qué nos debería importar la calidad del debate político de cara al futuro?
Otro de los “pilares” de la teoría de Habermas es la relación entre participación y argumentación pública. Los argumentos triunfadores dentro de la esfera pública son los que mayor influencia tendrán por sobre las decisiones políticas. Decisiones que estarán basadas en debates realizados previamente de manera racional.
Hoy, la razón parece estar muy alejada del debate público. 280 caracteres no son suficientes para sentar posiciones sensatas sobre los desafíos a los que nos enfrentamos como país, la realidad no se analiza con zócalos y panelistas. La realidad requiere de un análisis profundo donde la pretensión de objetividad sea reemplazada por una aceptación de las subjetividades. Subjetividades que no pueden ser dejadas de lado a la hora de emitir una opinión, pero que sí pueden ser aceptadas como puntos de partida.
Será entonces que, al pago de la deuda, a la lucha contra la pobreza, la inseguridad y la inflación, deberemos sumar un nuevo desafío: la vuelta del debate político, racional, constructivo y enriquecedor.