Los participantes recibieron dos dietas, cada una durante cuatro semanas: un gran desayuno y una pequeña cena, y un pequeño desayuno con una gran cena. Los almuerzos fueron iguales en ambos.
Los autores creyeron que el primer grupo aumentaría las calorías quemadas y la pérdida de peso.
No obstante, se sorprendieron viendo que los resultados del experimento no mostraron diferencias en el peso corporal ni ninguna medida biológica del uso de energía entre los dos patrones de comidas.
“Tampoco hubo diferencias en los niveles diarios de glucosa en sangre, insulina o lípidos”, escribieron en un artículo en The Conversation los investigadores Jonathan Kohnston, profesor de Cronobiología y Fisiología Integrativa en Surrey; Alex Johnstone, que tiene una cátedra de nutrición en Aberdeen; y Pedro Morgan, catedrático en Aberdeen.
Como todos los estudios científicos, este presentó algunas limitaciones. La mayor fue el periodo de tiempo de solo cuatro semanas, advirtieron los científicos.
“La crononutrición sigue siendo un área de investigación apasionante y cada vez hay más pruebas de que el horario de las comidas puede desempeñar un papel importante en la mejora de la salud de muchas personas. Sin embargo, nuestra investigación más reciente indica que la hora del día en que come su comida más grande no es tan importante para perder peso como se pensaba anteriormente”, sintetizaron los autores sobre el trabajo publicado en la revista Cell.
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